Opinión


Pasmosamente modernos: el origen de la maquinaria estridentista

Pasmosamente modernos: el origen de la maquinaria estridentista | La Crónica de Hoy

La prisa, la exaltación, el deleite ante el golpe de aire de la novedad, de las máquinas maravillosas, de la forma de llevar esa insospechada voz a la nueva literatura, a la declamación, hasta a la radio, maravilla de maravillas en los locos años 20 del siglo pasado, eran parte de la tensión que animaba al sorprendente italiano Filippo Tommaso Marinetti, padre del futurismo, de esa vanguardia literaria y estética que acabó coqueteando con el fascismo de Mussolini, no sin antes dejar en el aire, como quien sopla un diente de león, partículas fascinantes que intoxicaron a un puñado de mexicanos.

Había que tener mundo, mirar hacia afuera o estar exiliado para captar, fuera de México, los sonidos insólitos que se desprendían de los escritos de Filippo Tomasso Marinetti, autor de los todavía sorprendentes textos de lo que, a partir de 1909, se conoció como futurismo, y que con algunas particulares mutaciones, sin negar la cruz de su parroquia, los mexicanos conocimos como estridentismo.

Marinetti escribía con una pulsión enamorada de la tecnología, de la velocidad, de las máquinas. Se atrevió a crear imágenes que hablaban de ese mundo transformado que era el del joven siglo XX.

“Los escritores se han entregado hasta ahora a la analogía inmediata. Han comparado, por ejemplo, el animal al hombre o a otro animal, lo que casi equivale, más o menos, a una especie de fotografía. Han comparado, por ejemplo, un fox-terrier con un pequeñísimo pura sangre. Otros, más avanzados, podrían comparar ese mismo fox-terrier trepidante a una pequeña máquina Morse. En cambio, yo lo comparo con el agua hirviendo”, escribió, apasionadamente en 1909.

Tenaz, aquel italiano continuó produciendo sus propuestas literarias y estéticas: sus exaltados manifiestos llamaban a tirar los museos a la basura; ignorar el arte y la experiencia estética como se conocía hasta ese momento. Cuando escribió, en 1912, su “Manifiesto técnico de la literatura futurista”, ya iba encarreradísimo: “¿Por qué servirse todavía de cuatro ruedas exasperadas que se aburren [se refería a los autos], desde el momento en que podemos separarnos del suelo [se alborotaba con los aviones]? Liberación de las palabras, alas desplegadas de la imaginación, síntesis analógica de la tierra, abrazada por una sola mirada concentrada toda entera en palabras esenciales… Queremos expresar en literatura la vida del motor, nuevo animal instintivo cuyo instinto general conoceremos cuando conozcamos los instintos de las diferentes fuerzas que lo componen. Nada es más interesante para un poeta futurista que la agitación del teclado de un piano mecánico. El cinematógrafo nos ofrece la danza de un objeto que se divide y se recompone sin la intervención humana”. 

Todavía, Marinetti llevó sus ideas al terreno de la declamación, con su “Declamación Dinámica y Sinóptica”, de 1914, que ensamblaba a la perfección con su texto literario de dos años antes: “El declamador futurista debe declamar con sus piernas como con sus brazos. Este deporte lírico obligará a los poetas a ser menos llorosos, más activos y más optimistas”. Alegremente, Marinetti daba de saltos encima de las cenizas de los últimos románticos.

En aquellos días del muy joven siglo XX, los gritos de Marinetti llegaban hasta América. Unos lo escucharon antes que otros, y produjeron ráfagas insólitas, llenas de sueños de progreso, un progreso diferente al que habían anhelado los porfirianos. El futurismo de Marinetti era toda una tentación literaria.

PRIMER ECO: UN MEXICANO EN NUEVA YORK

Nueva York, 1918: un joven periodista se esfuerza por ganarse la vida editando periódicos. Hizo sus primeras armas como reportero en el viejo Imparcial. Era hijo de uno de los primeros muertos en combate durante la revolución maderista. La vida lo había llevado a la política, a algunos cargos públicos, y, desde luego, a presenciar la caída de Madero. Se había involucrado con el villismo, se había exiliado a París, a España, y luego, con la obligación de mantener a su familia, a su madre viuda y a una hermana, viuda también, cruzó el océano de vuelta a América, se ganaba la vida haciendo periódicos y extraños negocios en la Ciudad de Hierro.

Ese joven periodista se llamaba Martín Luis Guzmán.  En 1917 edita un periódico que se llama El Gráfico. Desde luego escribe, aunque refunfuña en su correspondencia con su amigo Alfonso Reyes: “¿Las letras? To hell with them!! Volveré a ellas cuando pueda mantenerlas”. Pero los gritos de Marinetti se escuchaban hasta Nueva York: Guzmán cayó en el encanto futurista y produjo una pequeña joya, un eco apenas: lo llamó “Mi amiga la credulidad” y era, es, un fascinante canto de amor a la que, en aquellos años era la compañera indispensable de un periodista: la máquina de escribir mecánica:

“Cuentan los biógrafos de Henry James que el ruido de la máquina de escribir Remington era fuente de inspiración inagotable para aquel consumado artista… Yo, que no he querido ser menos que nadie, resolví desde luego deshacerme de mi vieja y fiel Underwood, a cambio de la cual, mas una pequeña suma de ribete, he adquirido una Remington flamante y sonora. ¡Qué estruendo tan melodioso el suyo!”.

El mexicano injertado en neoyorquino se deja seducir por Marinetti: “Como tanto mi mujer como mis hijos opinaron, después de la primera audición, que no existe instrumento superior a la Remington para evocar las ocultas armonías, hemos hecho a un lado la pianola y el fonógrafo, no nos acordamos de Beethoven ni de Caruso, y solo gustamos ahora de escuchar mañana y tarde, a los grandes maestros de la máquina de escribir”.  Era una maravilla, decía Guzmán, eso de ejecutar, a dos manos y hasta en dos colores -rojo y azul- desde un canto de la Ilíada hasta -faltaba más- hasta una proclama de Marinetti.

Pero Martín Luis Guzmán no estaba llamado a ser paladín de las vanguardias ni, mucho menos, a suscribir con entusiasmo los manifiestos de Marinetti. Bien podríamos llamar a aquel texto un juego, un experimento, un coqueteo, si se quiere.

Quién sabe qué habría salido si Guzmán hubiera elegido por objeto literario, a un objeto con menos potencial que la máquina de escribir.

… Y EL SALTO AL ESTRIDENTISMO

Los manifiestos futuristas olían demasiado a entusiasmo por el futuro como para que pasaran inadvertidos en América. Pero tendrían que pasar algunos años para que en tierra mexicana alguien los recuperara, los hiciera suyos, les diera su toque peculiar y particular y acabaran embarcados en aventuras literarias que llegaron a rebotar en la expresión más avanzada de la modernidad que entusiasmó a los futuristas y que contagió a otros en tierras lejanas: la radio.

Y en México las cosas empezaron en diciembre de 1921, cuando el centro de la ciudad de México amaneció literalmente tapizada con una hoja volante de insólito diseño: Aquella hoja se llamó “Actual No. 1 Hoja de Vanguardia. Comprimido estridentista de Manuel Maples Arce”. En aquella hoja estaba la semilla de diente de león, el eco de Marinetti, el futurismo empapado del sol de México:

“En nombre de la vanguardia actualista de México, sinceramente horrorizada de todas las placas notariales y rótulos consagrados sé sistemas cartulario, con veinte siglos de éxito efusivo en farmacias y droguerías subvencionales por la ley, me centralizo en el vértice eclactante de mi insustituible categoría presentista, equiláteramente convencida y eminentemente revolucionaria”. Así empezaba el texto de Manuel Maples Arce.

Y si Marinetti había llamado a reventar los museos, las colecciones de arte, y esa vieja forma de mirar las pinturas, Maples Arce decidió no quedarse atrás: su primer párrafo del manifiesto remataba: “Muera el Cura Hidalgo, Abajo San Rafael, San Lázaro, Esquina, Se prohíbe fijar anuncios”.

Comenzaba aquel sueño literario: lograrían caminos interesantes, insospechados. Tendrían una ciudad para hacerla suya; llegarían hasta la radio. Se llamaron, a sí mismos, estridentistas.

(Continuará)

 

 

 

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