Opinión


¡Qué desperdicio de facha!

 ¡Qué desperdicio de facha! | La Crónica de Hoy

Si me aseguraran que Boris ­Johnson, el nuevo primer ministro de Gran Bretaña, no es una persona locuaz ni extravagante, y mucho menos desparpajada, estrafalaria e incapaz de aventurarse en empeños peligrosos para su país, sin duda exclamaría ¡Pues qué desperdicio de facha!

Ya en mi última colaboración semanal me refería al caldo de cultivo político que los dramáticos vacíos de poder y las ausencias de liderazgos con visión de Estado han creado y que dan, desgraciadamente, lugar a la irrupción en la escena pública de regímenes populistas encabezados por personajes mesiánicos como los que recientemente se han hecho del poder en varias latitudes. Uno de ellos, me parece que es Boris Johnson, quien ha conquistado el poder en su país con la casi única promesa de salir de la Unión Europea y materializar el brexit, cueste lo que cueste.

Con este encumbramiento político de Johnson, se ha prolongado el efecto de aquello que analizamos en este mismo espacio con el título de Brexit: Política, Populismo y Manipulación, donde pasamos revista a los detalles de la que bien puede ser considerada la mayor y más sofisticada manipulación electoral de los últimos tiempos, precisamente con motivo del referéndum en donde los británicos decidieron ir adelante con el brexit. Analicemos con más detalle a este curioso y polémico personaje.

Boris Johnson, decíamos, llegó a la oficina del Primer Ministro, en el número 10 de Downing Street, con la promesa de aprobar un acuerdo de transición para el brexit antes del 31 de octubre o salir sin acuerdo. El acuerdo, que permitiría a Gran Bretaña salir de la Unión Europea con un periodo de ajuste para evitar las distorsiones económicas, no había generado un consenso en el Parlamento, obligando a su predecesora, Theresa May, a poner en juego su renuncia.

Tras tres décadas de Boris Johnson en el sistema político británico, el periodista Fintan O’Toole de The Guardian, examina su personalidad y su forma de hacer política mediante el bluffing (un engaño para aparentar el dominio de la situación). En el artículo “Boris Johnson can’t be found out: we all know he’s bluffing”, recoge una cita de Johnson en la que describe cómo “la política es una repetición constante, en ciclos de duración variable, de uno de los mitos más antiguos de la cultura humana, de cómo hacemos reyes para nuestras sociedades y cómo después de un tiempo los matamos para lograr una especie de renacimiento “. Pero lo que más llama mi atención, en este enredado panorama económico para la Unión Europea y, desde luego, para Gran Bretaña, es que Johnson comienza su periodo sin grandes expectativas y sólo con una gran promesa: la de salir de la Unión. Y la verdad es que en muchos sentidos podría ser un salto al vacío o, en el mejor de los casos, caminar en un cuarto totalmente a oscuras.

La estrategia de bluffing de Johnson está presente en su habilidad para crear su imagen pública: la de un político carismático que improvisa, que dice lo que tiene que decir y que no tiene pelos en la lengua. Un político nacido de los medios de comunicación, en donde empezó a moldear esa personalidad mordaz y pendenciera. Todo está considerado cuidadosamente en la imagen de este personaje, el cual seguramente trabaja mucho en que su rubia cabellera se vea desaliñada. La llegada a la oficina del primer ministro es producto de esta manera de actuar en política que los británicos han llamado, Boris Being Boris, una forma de expresarse de forma honesta, más allá de las convenciones sobre lo políticamente correcto y a la vez con cinismo para establecer temas en la agenda pública.

El bluffing de Johnson puede observarse en otros puntos de su carrera como los ataques a las regulaciones de la Unión Europea durante sus años como periodista. La parodia que realizó sobre estas reglas, aludiendo a una supuesta prohibición a las patatas fritas con sabor a camarón es falsa, pero busca ejemplificar la sobrerregulación que establecen las políticas de la Unión. Sus opositores han señalado que estas exageraciones son mentiras, pero pierden de vista el efecto que Johnson crea para poner estas reglas en el debate.

La gestión de Johnson como alcalde de Londres entre 2008 y 2016 estuvo marcada por éxitos en renovación urbana, reducción de las tasas de asesinato y marginación en la ciudad como preparación para los Juegos Olímpicos. Pero también fue un periodo de gastos excesivos en obra pública y un proceso de encarecimiento del costo de vida y la vivienda en la ciudad, desplazando a los habitantes del centro. Estos problemas se derivaron de grandes promesas para iniciar megaproyectos que costaron más de lo planeado, como un sistema de autobuses o un teleférico, o que no iniciaron, como un nuevo aeropuerto en una isla del Támesis.

En varias ocasiones, Johnson se ha separado de la plataforma del partido conservador, como cuando declaró acerca de la propuesta de eliminar la ley seca en 2005: “Me atrae mucho. Puede que me esté desviando de las políticas Tory en esto, pero no me importa.” O acerca de salir de la UE en 2013: “Si dejáramos la UE, terminaríamos este debate estéril, y tendríamos que reconocer que la mayoría de nuestros problemas no son causados por Bruselas, sino por el cortoplacismo crónico de los británicos, la gestión inadecuada, la pereza, las bajas habilidades, una cultura de fácil gratificación y subinversión tanto en capital humano como físico e infraestructura.” Incluso, durante su periodo como Canciller del gobierno de May, criticó el plan de brexit de May como un “chaleco suicida envuelto alrededor de Gran Bretaña”.

El actual Primer Ministro basó su campaña entre los compañeros de partido señalando que él era el único capaz de liderar los esfuerzos de un Parlamento dividido y concluir este capítulo de la historia británica. Sus compañeros de partido saben que su promesa es un bluff, pero necesitan su liderazgo para que el acuerdo genere estabilidad.

Un acuerdo exitoso llevaría a Gran Bretaña a formar parte de la European Free Trade Association (EFTA), de la que forman parte los países que han rehusado incorporarse a la UE como Suiza, Noruega e Islandia, que enfrentan aranceles de alrededor de 3%. Pero una salida sin acuerdo significaría que Reino Unido continuará su relación con la UE como un tercer país, bajo las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Esto implica enfrentar aranceles mayores al 10%, así como la pérdida de movilidad en servicios financieros.

La confianza que Johnson tiene en su plan se basa en la amenaza de aprobarlo para el 31 de octubre o salir de la Unión sin acuerdo de transición. Es imposible saber si cumplirá este bluff, pero sus compañeros de partido y su experiencia han mostrado que estos ultimátum pueden no cumplirse. O’Toole señala que esta promesa limitada le permite no desilusionar a nadie en caso de fracasar. Interesante… si no estuviera tanto en juego.

 

 

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