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Relato de un instante: Moctezuma y Cortés cruzan miradas por primera vez

¿Cómo habrá sido aquella primera noche de Hernán Cortés, sus hombres y sus aliados en la gran Tenochtitlan? ¿Cómo esa noche en la ciudad que no vacilaron en igualar a la poderosa Venecia? ¿Cómo esos aposentos a donde llegaron? ¿Cómo era mirar, por primera vez, al tlatoani Moctezuma?

Relato de un instante: Moctezuma y Cortés cruzan miradas por primera vez | La Crónica de Hoy

“¿Acaso eres tú? ¿Es que ya tú eres? ¿Es verdad que eres tú Motecuhzoma?”, fueron las palabras de aquel hombre, que, remontando toda clase de obstáculos, finalmente se había salido con la suya y ahí estaba, a las puertas de la gran Tenochtitlan, dirigiéndose al poderoso señor que, a lo largo de semanas, le había enviado emisarios con valiosos presentes, encareciéndolo a quedarse en el camino, a no llegar, finalmente, a la ciudad de los mexicas.

Pero la ambición y la obsesión por trascender de entre los hombres de su tiempo habían sido más fuertes: ahí estaba, frente a frente al tlatoani, al que nadie osaba mirar a la cara. Y él, Hernán Cortés, lo estaba haciendo. Y, tal vez sin ser demasiado consciente de ello, quebrantaba el orden del mundo que, hasta ese instante, había marcado la vida en aquella ciudad. Se había bajado del caballo en cuanto le avisaron que Moctezuma y su séquito se dirigían al sitio de encuentro. Así, de pie, con su voluntad y su astucia, precedido por su fama, esperó al dueño de Tenochtitlan.

EL ENCUENTRO.
—“Sí, yo soy”, fue la respuesta.

Y el señor de los mexicas les abrió, con su discurso, la puerta de su reino. Era una peculiar mezcla aquella tropa: estaban sí, los extranjeros, con otro color de piel, portadores de objetos y animales extraños, sucios de tierra y sudor; con la huella de los muchos días andados y la marca de las muchas incertidumbres cargadas en las espaldas; siempre armados y siempre cubiertos, para que nadie, en ese complicado abrirse paso por la tierra que iban conociendo, los tomara desprevenidos.

Pero también venían, con ellos, esos con quienes trabaron alianza y cercanía en su viaje hacia Tenochtitlan; tlaxcaltecas, mujeres de más lejos, que acompañaban y servían a los hombres, y una de ellas, que sobresalía de entre todas, porque era “lengua”, intérprete de los recién llegados, y a la que se trataba ya con respeto y miramientos,

 De todo eso estaba enterado Moctezuma, y ahora los tenía ahí, y les permitiría la entrada y les daría  un sitio para estar y reposar.

“Llega a la tierra” —continuó Moctezuma—“Ven y descansa. Toma posesión de tus casas reales; da refrigerio a tu cuerpo”.

Por boca de aquella mujer, la “lengua” Malintzin, Cortés comprendió que el tlatoani le daba la bienvenida. Respondió a la altura de las circunstancias:

—“Tenga confianza Motecuhzoma, que nada tema. Nosotros mucho lo amamos. Bien satisfecho está hoy nuestro corazón. Le vemos la cara, lo oímos. Hace ya mucho tiempo que deseábamos verlo”.

Y para Cortés, mirar a aquel hombre, señor de todo lo que los rodeaba, tenía su importancia, y era mucha: “El gran Montezuma” —recordó, muchos años después, Bernal Díaz del Castillo—“venía muy ricamente ataviado según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que ansí se dice lo que calzan; las suelas de oro y muy preciada pedrería por encima de ellas, y los cuatro señores que le traían, venían con rica manera de vestidos a su usanza…otros cuatro caciques traían el palio sobre sus cabezas y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma, barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos señores, ni por pensamiento, le miraban en la cara, sino los ojos bajos e con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos e sobrinos suyos que lo llevaban del brazo”.

Sería, después, entre los mexicas, motivo de comentario y escándalo: ese extranjero, el que encabezaba a los visitantes, se había atrevido no sólo a levantar el rostro ante el tlatoani. ¡Lo había tocado! ¡Lo había mirado a los ojos! Muy descarado y muy valiente había que ser para quebrantar las advertencias y las recomendaciones acerca del rígido ceremonial mexica.

Díaz del Castillo habla del obsequio que Cortés llevaba para Moctezuma: “un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margaritas, que tienen dentro de sí muchas labores de diversidad de colores, y venía ensartado en unos cordones de oro con almizcle porque diesen buen olor” —que, pensando en el modo en que olerían los extranjeros no era un mal detalle—, y ese momento fue aprovechado por el europeo: “cuando se lo puso le iba a abrazar, y aquellos grandes señores que iban con el Moctezuma le detuvieron el brazo a Cortés, que no le abrazase, porque lo tenían por menosprecio”. Pero aquel hombre no se arredró. Había tocado al tlatoani.

...Y ENTRARON A TENOCHTITLAN. Después, se contó cómo los habitantes de la gran ciudad miraron a los recién llegados: con recelo, con sorpresa, sorpresa de sus cabellos, de sus extraños animales, de la suciedad que cargaban, de su desagradable hedor. Ruidosos, hablantes de una lengua dura, rasposa, chocante a los oídos de los mexicas. La sorpresa se tiñó de temor y desconcierto cuando un estruendo quebró el aire de esa mañana de noviembre de 1519: era un sonido extraño, más que un rugido de jaguar, más cercano que los truenos de las tormentas. Un humo pestilente dominó el ambiente: los extranjeros habían accionado los extraños artefactos que portaban y a los que llamaban arcabuces, aquellas armas tremendas, espantosas, de las que los enviados habían hablado con anterioridad.

La gente se asustó, se dispersó, corrió a refugiarse en sus hogares. Pero los extraños y sus aliados ya eran conducidos a “unas grandes casas”, el palacio de Axayácatl, donde habrían de hospedarse.

“Allí nos llevaron”, escribió Bernal. “Donde tenían hechos grandes estrados, y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitán y, para cada uno de nosotros, otras camas de esteras y unos toldillos por encima,  que no se da más cama por muy gran señor que sea; y todos aquellos palacios muy lucidos y encalados y barridos y enramados”. Cortés recibiría un lujoso obsequio: un pesado collar con camarones de oro.

Nadie durmió tranquilo aquella noche en Tenochtitlan: unos, acicateados por la ambición y por eso que los hombres llaman “maravilla”. Otros, los naturales, los mexicas, desde el más humilde hasta el más encumbrado, atenazados por la inquietud y la incertidumbre.

A la mañana siguiente, les llevaron de desayunar: tortillas blancas, “gallinas de la tierra” fritas, huevos de gallina, agua limpia, leña partida, carbón, cántaros y vasijas, agua y pastura para los caballos.

Nada volvió a ser igual en la gran Tenochtitlan.

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