
Hoy, la joven de 28 años es considerada por la revista Nature como una de las 10 personas más importantes para la ciencia, pese a que como buena hacktivista es buscada por la justicia estadunidense, luego de ser demandada por distintas editoriales, en la que destacada Elsevier, la mayor editorial de libros de medicina y literatura científica del mundo.
Las universidades dedican una parte importante de sus presupuestos a pagar suscripciones a revistas académicas. La Universidad de Harvard declaró en 2012 que no podía pagar los precios que imponían las editoriales, una suscripción podría costarle al año más de 3.5 millones de dólares, según un artículo del periódico inglés The Guardian.
Si una de las universidades que recibe millones de dólares por sus colegiaturas y donaciones tiene problemas financieros por el pago a las editoriales, ¿cuál es la situación de una universidad pública de un país tercermundista? Simple, no puede darles acceso a todo ese conocimiento a sus estudiantes, investigadores y profesores.
Pero, ¿cómo regular la monstruosa industrial editorial que controla el conocimiento científico? ¿Cómo no desincentivar la producción de artículos académicos? ¿Realmente los investigadores reciben un pago económico justo o proporcional a las sumas que las editoriales cobran?
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