
Nada hay más peligroso que un ignorante que cree saberlo todo. Ese es el temor que ha generado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras el lanzamiento de misiles a la base siria desde donde presuntamente habían salido los bombarderos que rociaron con armas químicas a la población civil.
La situación de Siria, convertida para su desgracia en el centro nodal de la lucha geopolítica mundial, es extremadamente compleja, y no admite soluciones fáciles. Es seguro que los analistas del presidente estadunidense conocen, con bastante detalle, los intríngulis de la situación, y que presentarán a su jefe los pros y contras de cada posible movimiento. Lo que no está claro es si Trump pondrá atención a sus análisis o si mejor escuchará a su instinto (que es decir, a sus vísceras).
Hay una manera sencilla —y, por lo mismo, imprecisa— de entender las cosas. Es poniéndolas en blanco, negro y matices de gris.
En esa visión, tenemos a un presidente sirio, Bachar el Asad, que heredó el puesto de su padre y que ha sido apoyado históricamente por Moscú (primero por los soviéticos, ahora por la Rusia de Putin). Este presidente es un dictador, es laico, es corrupto y ha sido implacable contra toda oposición. Su ejército controla sólo una parte del país.
Otro apoyo importante de Asad es la República Islámica de Irán. Se dice que hay razones de identidad religiosa detrás: Asad pertenece a la minoría aleví, que es una rama del chiismo, que a su vez corresponde a la rama del islam practicada en Irán. El grueso de sus opositores son sunitas, que es la rama del islam mayoritaria en toda la península árabe y en el norte de África.
Del otro lado hay una serie de grupos combatientes en contra de Asad, resultado de la “primavera árabe” que acabó con los regímenes nacional-populistas en otros países de la región. Esta oposición no está unificada: algunos de los grupos combatientes eran originalmente promotores de la democracia; otros piensan más en imponer un régimen integrista, teocrático: son Al-Nusra, filial de Al-Qaeda y el Estado Islámico.
La receta se completa con las milicias del PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, que lucha por el establecimiento de un Estado socialista en un territorio que comprende partes de Siria, Irak, Irán y Turquía, en donde se asienta el pueblo kurdo. Este último hecho hace que el gobierno de Ankara por lo menos cierre los ojos ante las atrocidades de Asad.
Estados Unidos apoya nominalmente a la oposición “democrática y moderada”; Arabia Saudita va más allá, porque intenta diezmar lo que percibe como expansionismo iraní, y no ha dudado en financiar extremistas musulmanes. Otras potencias menores de la región también tienen allí su mano: Emiratos Árabes, Qatar, Egipto.
En la guerra civil siria, las distintas facciones luchan entre sí, y todas contra el gobierno. Una lucha sin tregua y sin cuartel. De hecho, el Estado Islámico ha luchado más en contra de los otros grupos suníes y de los kurdos que contra el régimen de Asad.
Esta es la versión sencilla. Si uno se mete más a fondo en el tema, encontrará divisiones dentro de las divisiones; se topará con extraños compañeros de cama (por ejemplo, las facilidades que dio Israel a los yihadistas suníes para combatir a Hezbolá, la guerrilla chiita libanesa que apoya a Asad); también se encontrará con grupos palestinos suníes que luchan del lado del dictador chiita, con que Irán es proveedor del grupo islamista Hamas y con un montón de datos contradictorios que hacen complicadísima la solución de un rompecabezas endemoniado.
Recordemos ahora que Trump prefiere que los informes que recibe sean cortos y no muy complejos; no le gusta leer más que una página por tema. Ya media cuartilla es bastante. También se sabe que el presidente de Estados Unidos prefiere que los informes ya tengan una posición definida: es decir, que no le presenten puntos de vista contradictorios.
David Priess, un especialista en el tema de los informes, ha señalado que no tiene caso producir un reporte de 20 páginas cada día, si el Presidente no lo lee. Lo importante, dice, es que la “comunidad de inteligencia” hace una suerte de traje a la medida, según el estilo y las preferencias del mandatario en turno.
No tengo idea de qué tanto sabía Trump acerca del conflicto sirio antes de ser electo, pero es lógico suponer que su conocimiento era insuficiente. El hecho de que el tema sea tan complejo y Trump no esté dispuesto a empaparse en él, debe generar zozobra.
Agreguémosle a ello algunos rasgos del carácter personal del mandatario: su agresividad, su teatralidad, su poca aversión al riesgo, y encontraremos los ingredientes para una decisión equivocada.
Ahora, dos pizcas de sal para no sentirnos tan mal.
La primera, que tras el lanzamiento de los misiles Tomahawk en Siria, la popularidad de Trump aumentó menos de un punto porcentual, dentro de los márgenes de error. Eso significa que jugar al halcón no le trae premio en las encuestas. Trump, atento a ellas, ya lo sabe.
La segunda: Quien le entrega los informes al presidente de Estados Unidos es la Oficina de Seguridad Nacional. Steve Bannon ya no trabaja ahí. Ese último dato debe generar, por lo menos, un leve suspiro de alivio.
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