Opinión


Todo lo que cambió

Todo lo que cambió | La Crónica de Hoy

En primer lugar, la política exterior reordenó a la política interior de muchas maneras, algunas inesperadas. El talismán nacionalista según el cual “la mejor política exterior es la política interior” no se sostuvo ni unas semanas y, por el contrario, la agenda norteamericana esculpió sus duros perfiles a la agenda nacional.  

En consonancia, la ubicación e importancia de la Secretaría de Relaciones Exteriores se multiplicó y, en consonancia también, vimos disminuir el peso relativo de la Secretaría de Gobernación. De repente, nuestra Cancillería asume funciones insospechadas y ocho subsecretarías de aquí y allá (de la Guardia Nacional, de la Secretaría del Bienestar, del Trabajo, etcétera, deben ser coordinadas por aquélla) y eso sólo al comienzo de este cambio.

La hospitalidad y buen trato a los migrantes que atraviesan el territorio nacional (esa buena intención con la que arrancó el gobierno) no pudo ser. Ni siquiera se pudo mantener la “contención disimulada”, practicada realmente por el gobierno del presidente Peña. Ahora la contención de migrantes es manifiesta, militarizada y masiva y se volvió el principal componente de política.

Por tanto, la Guardia Nacional adoptó una prioridad insospechada: ya no la lucha contra la criminalidad, ya no la seguridad interior, sino el férreo control de las fronteras.

El cambio previo o detonante: las agendas se habían entremezclado. El TLC, los asuntos comerciales, el agua, la migración, la seguridad, que habían tenido su propia cuerda y su propio cauce institucional y diplomático, se precipitaron hacia una sola canasta y todo tema fue intercambiable por el otro. La venturosa consigna maestra “cada asunto por sus méritos” y que había articulado toda una época de la política exterior, fue sustituida por un cambalache desordenado a gusto y conveniencia del señor Trump.

La militarización del sur está rompiendo economías locales y regionales, no por informales o precarias menos dinámicas para miles de personas que comercian, trabajan, trasladan bienes, migran, van y vienen en subsistemas vitales.

Por eso los mensajes y el discurso de la buena recepción, el propósito de ofrecer trabajo y trato digno se evapora. En su lugar aparece otro mensaje: el del orden, el de la necesidad de saber quiénes son ésos que pisan nuestro suelo, el de no poder entrar. La xenofobia y el racismo se abre paso entre nosotros.

Mientras eso pasa en el terreno, en Chiapas y el resto de la frontera sur, el discurso también se modifica en la conversación entre gobiernos. Estados Unidos exige abiertamente que México asuma su responsabilidad en los flujos migratorios, lo que es más: se parapetan y nos señalan desde Fox News: “Ustedes no han hecho nada con los migrantes, a partir de ahora, lo harán todo”. Y nuestro país no parece preparado para articular una política y un discurso que se oponga a esa exigencia unilateral.

           Y lo peor: los migrantes que han sido deportados de regreso, desde los E.U., también se multiplican y multiplican los problemas en los albergues de México, especialmente en los estados del norte del país. Hablamos de decenas de miles de seres humanos en pocos meses que están configurando ya una crisis humanitaria de grandes dimensiones. México deberá afrontarlas (según los términos del acuerdo migratorio), pero hasta hoy no cuenta con los recursos humanos ni materiales para paliarla, ya no digamos decorosamente solventarla.

Del otro lado, Trump se anota un triunfo más que simbólico y utiliza a México en su competencia frente al Partido Demócrata. Éste es uno de los ejes principales de su posible reelección. De tal suerte, y por añadidura, el acuerdo resulta una arma muy útil en la competencia electoral estadunidense y favorece a quien más daño infringe a México y a los mexicanos de este y del otro lado de la frontera.

Mientras tanto, en la misma semana en que E.U. “tuiteó” nuestra primera “evaluación”, las estrellas se alinean a su favor: la Corte de Estados Unidos autoriza el uso de 2 mil 500 millones de dólares para la construcción del muro en la frontera con México y Guatemala es arrastrada en camino a convertirse en “tercer país seguro”. Al paso que vamos y como vemos, todo parece indicar que —en los hechos— acabaremos siguiendo los pasos de esa hermana república centroamericana.

Después del acuerdo, hete aquí un panorama de lo que cambió. 

 

(Aunque este texto se benefició ampliamente de la conferencia recientemente organizada por el IETD en la que Tonatiuh Guillén, Natalia Saltalamacchia y Leonardo Curzio fueron los expositores centrales, el autor de este artículo es el responsable único de su contenido).

 

 

 

ricbec@prodigy.net.mx

@ricbecverdadero

 

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