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Tomaba y enseguida buscaba drogarme

Israel, rehabilitado en la unidad del CIJ-Iztapalapa, cuenta a Crónica que se inició con el tabaco a los 15 años, hasta tocar fondo con la cocaína y el cristal.

Un hombre mirando por la ventana
Un hombre mirando por la ventana Un hombre mirando por la ventana (La Crónica de Hoy)

Su juvenil rostro y su sonrisa franca le hacen lucir mucho más joven de la edad que tiene. Entra con absoluta seguridad en una pequeña habitación pintada de blanco. Se sienta a un costado de su entrevistadora, se observan sus delgadas manos muy bien cuidadas y sus uñas perfectamente pintadas de rojo; un tono muy tenue de maquillaje, rímel en sus pestañas y los labios muy bien delineados lucen un labial en tono rojo-anaranjado.

Se sienta y confiesa que en su hogar siempre ha habido amor, protección y apoyo, sin embargo, en algún momento de la vida, trastabilló y cayó en el consumo de drogas. En los últimos tres meses, después de muchas terapias y una intensa labor de autoconocimiento, logró dar con el origen que lo llevó a las adicciones.

Tiene 36 años, se llama Israel y su familia es todo en su vida: “los quiero mucho, somos muy unidos. Mi hermana y yo crecimos con mucho amor; siempre nos procuraron bastante. Si no fuera por ellos, en definitiva, yo no estaría aquí, doy gracias por los padres que tengo”.

En un pequeño salón de la Unidad de Hospitalización Iztapalapa, de los Centros de Integración Juvenil (CIJ), en entrevista con Crónica, nostálgico, se queda con la mirada perdida, mientras cuenta, que en ese lugar logró entender por qué comenzó a fumar a los 13 años; a los 15 siguió con alcohol. Alrededor de los 22 años conoció los poppers (inhalables). Antes de cumplir los 30 años, el hermano de su primer novio le ofreció la piedra (el crack) y finalmente la cocaína.

El origen fue una sexualidad reprimida, “además de otras cositas que traigo y en las que debo seguir trabajando”. A los 18 años se definió como homosexual y aunque entró a la unidad de hospitalización por su adicción a las drogas “con la ayuda de mi psicóloga y todo el extraordinario equipo de trabajo de esta unidad descubrí algo que siempre había tenido muy guardado”.

Por ahora, agrega, no sabe si quiere ser trasvesti, transexual, transgénero o a lo mejor género queer, es decir, el que no se identifica como masculino o femenino e incluso se pueden tener los dos géneros “ahorita trabajo en este proceso de definición, pero lo importante es que ya di el primer paso”.

Durante la entrevista Israel con total confianza reitera el profundo amor a sus padres, aunque admite cierto temor porque “siempre hemos vivido en un matriarcado. A mi papá lo quiero mucho, pero siempre ha estado ausente. La de las decisiones es y ha sido mi mamá. Sin embargo, ahora, después de tantos años de vivir con ese secreto por tanto tiempo guardado, quiero ser realmente yo, y eso mi mamá ya lo sabe”.

A mediados del año pasado, Israel se dio cuenta que el novio con quien tuvo una relación de 10 años, lo engañaba desde hacía 9 años, “decepcionado me perdí en drogas y alcohol, casi cada fin de semana, hasta que se le presentó una oportunidad de trabajo en el interior de la República, donde conoció a un muchacho con quien terminó consumiendo cristal. “Yo traía mil pesos, compré dos gramos de cristal. Este muchacho me dejó solo en el hotel porque se tenía que ir a trabajar, eso fue un viernes. Me dejó el cristal, la pipa, cervezas y traumazol (inhalable), todavía le llamé a una escort, estuvimos juntos y cuando se fue me quedé solo”.

En su rostro se dibuja una amplia sonrisa, y confiesa “me siento muy bien, sí. entré muy sacado de onda, muy dopado, me dieron medicamento a dosis caballo —carcajea—, para controlar mi ansiedad de drogarme, no me podía mantener en pie. Cuando llegué pensé que sólo estaría 30 días, que no estaba tan mal y tampoco pretendía quedarme los 90 días”.

“En estos casi 90 días, siempre recibí un trato muy respetuoso, muy humano y me voy con mi agradecimiento profundo a todo el personal: los doctores, el equipo médico, enfermera, psicólogos, psiquiatras, a mi psicóloga la aprecio mucho, me voy realmente muy satisfecho, vienes aquí a conocerte, a sacar tus demonios, tienes ángeles que te cuidan, y el que no lo aprovecha, la verdad, es un tonto.

“Mis jefes no saben que tengo la intención de llegar con mis uñas pintadas, un poquito de rímel y con tantito maquillaje; tengo que ir poco a poco en esto, no puedo ir tan rápido en esta transformación, pero me gusta mucho vestirme de mujer —suspira y vuelve a sonreír ampliamente—, mi trabajo ahorita está seguro —suelta la carcajada—, pero deja que llegue el momento, quién sabe qué vaya a pasar…”

Para esta semana, Israel ya se habrá reincorporado a su trabajo… “Si no me quieren, entonces me voy a algún otro trabajo donde pueda ser yo misma; aprendí que no puedo ir por la vida pidiendo permiso para ser lo que quiero ser”.

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