Opinión


Un mundo raro, el presidente y Alicia en el país de las maravillas.

Un mundo raro, el presidente y Alicia en el país de las maravillas. | La Crónica de Hoy

--Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tu estás loca.

--¿Cómos sabes que yo estoy loca?

-- Tienes que estarlo o no habrías venido aquí.

El gato de Cheshire a Alicia.

Creo, como le sucedió a Alicia de Alicia en el país de las maravillas (Carroll, Lewis, 1865) que estamos cayendo por una madriguera profunda. Es una extraña sensación, caída libre, en la que nos dejamos ir. Primero era un túnel horizontal, que ha pasado de pronto a la verticalidad. No hay asideros. Es exactamente igual al reporte de la ASF (Auditoría Superior de la Nación). No sabemos si el gobierno de la 4T se desprendió de cien, doscientos o trescientos mil millones de pesos. Cualquiera de esas cantidades, me parece inabarcable y en este descenso extraño todo es posible. Me refiero al costo de la cancelación del no aeropuerto de Texcoco, fulminado de un plumazo, cuando se encontraba en plena construcción. El señor presidente Andrés Manuel López Obrador decidió cambiarlo por el aeropuerto de Santa Lucía, que  servía a los militares, ahora tan cercanos al gobierno, y a quienes se les ha encargado múltiples tareas. Lo de la 4T es, en serio, la transformación. Mutaciones aquí y allá, como el SARS-Cov 2.  Finalmente descendemos y nos volvemos chiquitos y grandotes como Alicia, que, metida en el hoyo, decrece y luego alcanza una altura brutal que la hace llorar y topar con el techo. Así nosotros. Llevamos, según reportes oficiales del martes por la tarde, 181 mil, 809 muertes por la Covid 19 y se han aplicado 1.8 millones de vacunas en este país de más de 126 millones de personas. En la Argentina hay menos decesos, pero más de 51 mil seres humanos, al día de hoy, han muerto por el furioso coronavirus que nos visita. La población argentina, según datos del 2018, suma 46  millones de almas. Y, a pesar de las cifras, el presidente argentino, Alberto Fernández, de visita en México, proclama que él y  nuestro primer mandatario mexicano, son los “presidentes de la pandemia”,  los que han resuelto mucho de la gravedad de la enfermedad de la Covid (Sic). Es como beber té con el Sombrerero Loco. Claro, aquí  no sé qué le habrán ofrecido al presidente de la Argentina, quien de pronto también juega en el juego al que Alicia se somete. En lugar de que lo paseen por Teotihuacan y pueda admirar las magníficas edificaciones prehispánicas, lo conducen a Chilpancingo al Homenaje a la bandera, lo convidan a presenciar la Mañanera y el presidente argentino, otro populista, enarbola las cualidades del presidente mexicano. Después de todo, Andrés Manuel López Obrador quiere pasar a la Historia como el mejor jefe que ha tenido la nación mexicana, que es como decir que uno quiere escribir la gran novela de nuestro país o producir el medicamento que terminará con la Covid 19. Desde que se generó mi conciencia política, hace varios años, nunca oí a un presidente “neoliberal” mexicano admitir semejante deseo, aunque lo acariciara. Finalmente, y eso se debe saber, la Historia suele ser muy exigente y despiadada. Juzga con sumo rigor.

Conocer a la Reina de los Corazones es otra de las diversiones de este viaje a la profundidad de la madriguera. Si la reina no está de acuerdo con alguien, la monarca ordena su decapitación. Un poco así sucede con la prensa crítica y ocurrió con la Auditoria Superior de la Federación. “Yo tengo otros datos”, respondió el presidente ante las observaciones de sus gastos. Y agregó que, de “ser amigos”, los solemnes auditores corregirían. De inmediato, Agustín Caso Raphael, Auditor Especial de Desempeño de la citada ASF, apuró un comunicado en el que admitía “inconsistencias en la cuantificación realizada”. O sea, amigos sí son, pero no íntimos, porque hasta ahora no han modificado las cifras en el gasto de la Secretaría de Cultura, sobre el aeropuerto de Santa Lucía y su estructura sin estructura, sobre el capricho del Tren Maya,  del dinero destinado a programas sociales que no sacan al buey de la pobreza del atascadero, sobre lo que cuesta mantener a Pemex etcétera.

Es un universo muy insólito este que recorremos como si fuésemos la versión ficcional de Alicia Liddel, la niña para la que Lewis Carroll, un diácono anglicano, lógico matemático, fotógrafo y escritor británico, llamado en realidad Charles Lutwidge Dogson (1832-1898) escribió Alice in Wonderland.

La falsa tortuga, uno de los personajes de la obra, que a pesar del caparazón tiene cabeza y patas de novillo se aviene con nuestra realidad. Existe una Secretaria de la Función Pública que certifica la transparencia de los actos del gobiernos y de sus funcionarios, pero que no apoyó a la Auditoría Superior de la Nación, aunque ahora dicen que sí, porque son amigos los auditores de un presidente de mecha corta, que se enfada como la Reina de Corazones. Por esa reina, por cierto, meto la mano en el fuego  para afirmar que no es  neoliberal , que sólo quiere las cosas como ella lo juzga conveniente.

Pululan muchos otros y extraordinarios personajes por el gran libro de Lewis Carroll. Yo tengo diversas ediciones y perdí, en una malhadada mudanza en que me robaron libros, la que más apreciaba, una de los años 40 del siglo pasado, que era de mi papá, y que venía con los dibujos de  John Tenniel, un ilustrador maravilloso de la época de Carroll.

Muchos son los personajes fascinantes de Alicia en el país de las maravillas. Podría continuar haciendo comparaciones descabelladas. Las elecciones intermedias están por llevarse a cabo y muchas disputas y arrebatos se pondrán en movimiento. ¿Nos sumergimos en la profunda madriguera del Conejo Blanco? ¿Actuamos desde ahí? ¿Queremos continuar con una cámara baja que le bebe los alientos al habitante número uno de Palacio Nacional? ¿Nos sentamos a la mesa del Sombrerero Loco? Sí, pero sin la compañía de un violador de mujeres que se encamina, con la anuencia del presidente López Obrador, para la gubernatura de Guerrero. Esto último nomás no. Mientras, continuemos con el principio: ¿qué tanto tiró la 4T a la basura, como se preguntó el economista Macario Schettino en un Tweet,  “cien, doscientos o trescientos mil millones de pesos”? Cualquier cantidad de ese tamaño es un montón.

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