Opinión


Un pequeño paso

Un pequeño paso | La Crónica de Hoy

Dicen que todos los que vivimos la llegada del hombre a la Luna con una edad superior a la primera infancia nos acordamos de lo que estábamos haciendo cuando supimos la noticia. Yo tenía ya veintidós años, de modo que debería guardar un recuerdo indeleble del acontecimiento pero la verdad es que me parece que mi memoria ha fabricado su relato con aportaciones posteriores, fotografías que vi después, documentales más recientes, películas... De aquel día guardo la impaciencia ante nuestra pequeña televisión en blanco y negro, la larga espera de las anunciadas noticias del espacio agravada por un interminable partido de fútbol que a todo el mundo a mi alrededor parecía interesarle mucho más que el desembarco en nuestro satélite... Como correspondía a la estación veraniega estábamos en un pueblo de la sierra madrileña. Un amigo de entonces me comentó que había preguntado al guarda de su villa que pensaba del acontecimiento y éste le contestó con rostro grave: “creo que es algo tan hermoso como el Evangelio...”.

Pero debo decir que mis más vívidos recuerdos de la travesía lunar son anteriores a la aventura de la NASA y sus tres valientes astronautas. En primer término, por supuesto, cuando yo tenía ocho o nueve años, vino Julio Verne con su novela “De la Tierra a la Luna” (seguido de una segunda parte, “Alrededor de la Luna”). Los aventureros yankis del Gun Club, encabezados por su presidente Impey Barbicane, mandan un proyectil a la Luna disparado por un enorme cañón. En él viajan varios audaces que no llegan a desembarcar en nuestro satélite sino que deben contentarse con girar en torno a él atrapados en su órbita. Como suele ocurrir en otras de sus novelas, Verne tiene varios aciertos casi proféticos: el proyectil parte de Florida, como el Apolo XI ciento cuatro años después, y tarda en llegar 97 horas, es decir cuatro días y una hora, con lo que el genial novelista se equivocó sólo en 60 minutos respecto al vuelo de la NASA. La imagen que más me impresionó de la novela es la del perro de los expedicionarios, cuyo cadáver arrojado al espacio les acompaña mansamente atrapado en la estela del proyectil... Muy poco después de Verne vinieron para mí los dos prodigiosos álbumes de Tintín, “Objetivo: la Luna” y “Aterrizaje en la Luna” (por razones obvias este título español no es demasiado acertado, sobre todo comparado con el espléndido del original: “On a marché sur la lune”). Como siempre ocurre en sus historias, la peripecia real a la que se refiere no puede competir con el encanto, el humor y hasta el drama del cómic de Hergé. Ahora tenemos películas y fotografías de la llegada a la Luna de los astronautas americanos, pero los niños de mi quinta e incluso algo mayores fuimos definitivamente a nuestro satélite en el cohete a cuadros blancos y rojos en que nos llevó Tintín y allí conocimos unos paisajes lunares de línea clara que ningún retrato mecánico posterior nos hará olvidar. Y aún sumo en mi memoria literaria otro relato inolvidable de expedición a la Luna, escrito por el gran Herbert George Wells, a mi juicio el novelista inglés más extraordinario de comienzos del siglo XX. En “Los primeros hombres en la Luna” no se entretiene demasiado buscando verosimilitud en la propulsión de su vehículo espacial: el doctor Cavor, protagonista del cuento, ha inventado una sustancia —la “cavorita”— que invierte la fuerza gravitatoria. Embadurnada con cavorita, la cápsula espacial que lleva a Cavor y un amigo cae hacia la Luna. Pero el viaje es lo de menos, lo que interesa a Wells es describir lo que encuentran al llegar: porque nuestro satélite está habitado y allí vive una civilización subterránea de selenitas (este gentilicio es inventado por H. G. Wells) gobernados por el Gran Lunar, el primero de los extraterrestres de inmenso volumen cerebral, cuerpo diminuto y pésimas intenciones. Las aventuras de los dos humanos entre los selenitas son apasionantes, a veces divertidas y otras dramáticas, con un final cruel y quizá un cierto tono de parábola, muy del gusto del autor inglés. Borges también fue devoto de esta novela, lo que me hace sentir bien acompañado...

Famosamente, Neil Armstrong acompañó su primer paseo lunar con la frase “es un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad”, una de esas citas históricas ya indelebles, como “veni, vidi, vinci” o “sangre, sudor y lágrimas”. No quiero regatearle en modo alguno mérito a la hazaña de la NASA, que admiró a quienes fuimos jóvenes hace cincuenta años, pero desde este rincón de la biblioteca que es mi verdadera biografía he querido recordar esas otras travesías por el espacio que no tuvieron —¡ni necesitaron!— más combustible que la imaginación.

 

Fernando Savater

 

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