Opinión


Un presidente educador

Un presidente educador  | La Crónica de Hoy

Ninguna ciencia, decía Antonio Gramsci, más ligada a la política que la pedagogía. Recordemos a Platón y su afán, en La república, por hacer del rey un filósofo; a Santo Tomás empeñado en educar al monarca cristiano, o el esfuerzo de Maquiavelo, por educar al Príncipe. 

La educación ciudadana tiene el mismo propósito: influir sobre la política. Pero la política también actúa como fuerza que inculca determinados significados y valores en los ciudadanos, es decir, la política, como la escuela, es también una fuerza educadora.

La acción educativa de la política tomó especial vigor en México con la decisión presidencial de ofrecer día con día una conferencia de prensa, televisada en cadena nacional.  No intento ironizar, desde luego, sino usar la metáfora para mover a la reflexión. La nación entera se ha metamorfoseado en gigantesco salón de clases que escucha, con desigual atención –como ocurre en la escuela-- el mensaje del maestro. 

Sería fantástico que los ciudadanos pudieran conversar y discutir con el presidente cara a cara, como sucede, a veces, en un aula. Pero eso es materialmente imposible. La pedagogía que observamos a diario en las “mañaneras” es una pedagogía directiva, unidireccional, no dialógica, muy alejada de las pedagogías activas que pregonan teorías políticas como la democracia deliberativa.   

¿Qué es lo que los ciudadanos están realmente aprendiendo en estas insólitas clases diarias? Creo que los alumnos ya se acostumbraron escuchar la machacona repetición que hace el presidente de algunas ideas básicas, pero su preocupación por los pobres y su condena a la corrupción (las ideas más poderosas de su discurso) pierden valor frente a la obsesión por atacar, descalificar y, a veces, insultar, a sus adversarios, que son muchos, y a quienes, en estricto castellano, deben calificárseles de sus enemigos.

 

En estos ejercicios pedagógicos el Presidente corre peligros enormes. El mayor de ellos es el de improvisar. Cuando el presidente habla a diario y toca temas que no ha reflexionado con anticipación o que no conoce, corre el riesgo de equivocarse, de enunciar ideas de las cuáles no está cabalmente convencido o de contradecir algo que dijo previamente. 

En una clase el error del maestro es inocuo, pero en esta aula especial, no puede haber margen amplio al error. Aquí no se puede jugar con las opiniones, porque tal juego es un agravio a la sociedad o al público. No obstante, es difícil, casi imposible, que en un ejercicio pedagógico que dura dos o tres horas cada día, el expositor no resbale, incurra en balbuceos, errores o contradicciones.

En realidad, todos los presidentes de la República han sido maestros, pero López Obrador ha concebido un sistema pedagógico propio que ha mostrado una eficacia enorme. Esa eficacia se comprueba en los elevados porcentajes de aceptación que registra el presidente en las encuestas que se realizan periódicamente.

GGN

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