Opinión


Valente Quintana: las historias de un detective mexicano

Valente Quintana: las historias de un detective mexicano | La Crónica de Hoy

Sí, le temían en los bajos fondos del México de los años 20 y su fama fue duradera, pues vivió hasta fines de los agitados años sesenta del siglo XX. Valente Quintana respondía al ideal del detective que por esos años flotaba en el imaginario de la cultura occidental. Tamaulipeco, de él se contaba que, apenas con la primaria terminada, había cruzado la frontera, y en Brownsville lo acusó de robo un norteamericano dueño de la tienda de abarrotes donde trabajaba. Para probar su inocencia, él mismo hizo la indagación y logró señalar al verdadero ladrón. Con eso, el muchacho no sólo limpiaba su nombre. También encontró su destino.

Dio cauce a sus habilidades en una escuela, la “Detectives School of America” y habría trabajado con las autoridades estadunidenses. Así fue ascendiendo y ganando experiencia. Pero para nombrarlo comandante de grupo se requería que renunciara a su nacionalidad mexicana. Entonces, Quintana decidió volver a México.

Regresó en 1917. Tenía 27 años y solicitó empleo en la Inspección General de Policía. Era, al principio, un policía de crucero. Pero un par de años más tarde solicitó su cambio a las comisiones de seguridad, donde pudo mostrar sus habilidades como detective. Cuatro años después de su ingreso a las fuerzas policiacas capitalinas, se hizo famoso, al detener a los autores del atraco al tren de Laredo, que había causado un escándalo por el enorme botín —nada menos que 100 mil pesos en oro y en plata— y por la gran violencia con que se había cometido; los criminales mataron a ocho soldados y a dos civiles. Resolver el caso le valió a Quintana su ascenso a la jefatura de las Comisiones de Seguridad de la Inspección General de Policía del Distrito Federal.

Sus colegas estadunidenses comenzaron a llamarlo El Sherlock Holmes mexicano, un año después de su primer gran triunfo: Quintana logró detener a un banquero norteamericano prófugo, J. L. Armfield, culpable de un fraude por 300 mil dólares. Con la policía de su país pisándole los talones, Armfield había logrado escapar a territorio mexicano. Quintana lo atrapó aquí.

El detective mexicano resolvió numerosos casos: robos de toda índole, algunos muy sonados, como el cometido en el hogar de los descendientes del Marqués de Jaral de Berrio, o la oleada de robos perpetrados por un dueto de maleantes conocidos en el rumbo de Santo Domingo como Los burros. Pero además de Los burros, fueron presas de Quintana El Charrascas, El Flaco, El Gendarme y muchos más, culpables de toda clase de ilícitos.

DUELO DE ANTOLOGÍA. Era inevitable que las habilidades del detective Quintana llamasen la atención de uno de los personajes más extravagantes del México de los locos años veinte: Concepción Jurado, más conocida por su otra identidad: el majadero, atrabancado, prepotente y asquerosamente rico Carlos Balmori, compadre del rey de España, comandante de los tercios marroquíes, que gustaba de desafiar a duelo al primer incauto que se le pusiera enfrente y a cortejar, a fuerza de cheques con muchos ceros, a las simpáticas y audaces flappers que revoloteaban a su alrededor.

Ya se han narrado en Historia en Vivo las pesadísimas bromas y engaños que la señorita Jurado, una dulce anciana en aquellos días, solía gastar a los personajes más encumbrados del país, quienes, lejos de guardarle rencor eterno a doña Concepción, y pasado el sofocón, se convertían en cómplices de aquellos montajes que tenían nombre propio, balmoreadas, y sus ejecutores, balmoreadores.

Pues bien: el detective Quintana pasó a engrosar la lista de víctimas de Jurado-Balmori. Al coincidir en una reunión, el estridente millonario le confió al investigador que una mujer, vestida de hombre, le robaba cantidades escandalosas de dinero, cada noche, en una de sus fábricas mexicanas. Estaba seguro, agregó el magnate, siempre vestido con amplia gabardina, gazné y sombrero encasquetado, que esa mujer se encontraba en ese mismo salón donde conversaban. Prometió a Quintana convertirlo en un hombre rico, si desenmascaraba a aquella delincuente.

El detective puso manos a la obra: escrutó a detalle a cada uno de los invitados. Ninguno escapó a su cuidadosa observación. Pero por más que se esforzó, no encontró a la misteriosa mujer disfrazada. Terminaba la velada, y Quintana hubo de reconocer su derrota. Balmori actuó como siempre: a gritos. Regañaba al desconcertado investigador, al tiempo que iba despojándose del sombrero, de la gabardina y del mostacho: quedó ante Valente Quintana una viejecita que, muerta de risa, le anunciaba que era un balmoreado más.

En ese duelo formidable, Valente Quintana había sido derrotado.

UN ASESINATO, UN MAGNICIDA. En muchos otros casos Valente Quintana corrió con mejor suerte. En 1926 dejó la policía para establecer su despacho privado, el Bufete Nacional de Investigaciones Valente Quintana, con oficinas en la céntrica avenida San Juan de Letrán. A pesar de haberse retirado del servicio público, muchas veces fue llamado para colaborar en el esclarecimiento de casos importantes, como el asesinato del revolucionario cubano Julio Antonio ­Mella. Tocó al detective interrogar a Tina Modotti, fotógrafa italiana, pareja de Mella.

Aunque Quintana fue amigo cercano del general Arnulfo R. Gómez, uno de los dos militares que habían aspirado a disputarle la Presidencia de la República a Álvaro Obregón que ambicionaba reelegirse, fue llamado por el Centro Obregonista, para solicitarle se hiciera cargo de las investigaciones del atentado contra el general manco, ocurrido en 1927. En aquel atentado, las autoridades actuaron con celeridad; capturaron y fusilaron a los presuntos responsables, y, de paso, inculparon y llevaron al paredón al jesuita Miguel Agustín Pro. Pero los obregonistas no estaban satisfechos. Deseaban saber qué responsabilidades habían tenido cada uno de los fusilados y las razones por las cuales habían sido ejecutados con tanta prontitud.

El detective indagó: pudo establecer la culpabilidad de todos, menos del padre Pro. A la policía capitalina no le gustó la indagación paralela, y mucho menos que Quintana advirtiera que Álvaro Obregón corría peligro de ser asesinado. En desquite, comenzaron a perseguir al detective: le prohibieron trabajar en México, y cuando Quintana se disponía a marcharse a Sudamérica, en el verano de 1928, mataron a Álvaro Obregón. Entonces, el detective no se marchó: el presidente Plutarco Elías Calles deseaba que se hiciera cargo de la investigación.

Pero medio mundo quería estar en la investigación. Obregonistas y callistas ya habían maltratado al sujeto atrapado en el restaurante La Bombilla, y aquel dibujante se había encerrado en el silencio. Quintana, como si fuese un preso más, permaneció tres horas junto a José de León Toral, sin poderle sacar ninguna declaración. Sólo al día siguiente, cuando todo mundo se había dado por vencido, el detective pudo empezar a trabajar.

Valente Quintana siguió con su despacho, y durante la presidencia de Emilio Portes Gil volvió al servicio público como Inspector General de Policía del Distrito Federal. Creó el primer cuerpo policiaco femenil y un Escuadrón Selecto para vigilar el centro de la ciudad. Aunque se le acusó de corrupción, jamás disminuyó su prestigio, y aún en la década de los sesenta seguía resolviendo crímenes desde su despacho. Aun en esos días de cambio, mirar al detective era como adentrarse en las leyendas, a punto de desvanecerse, de los primeros tiempos del México posrevolucionario.

 

 

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