
Hace diez años, cuando escribí en estas mismas páginas sobre la entonces reciente película La dama de oro de Simon Curtis, usé esa historia para reflexionar sobre el Penacho de Moctezuma y el callejón sin salida en el que se encontraba -y se encuentra- su restitución. Sostenía entonces que la imposibilidad técnica de moverlo de su sitio actual, en un museo de Viena, podía ser una oportunidad para repensar la forma en que México gestiona su patrimonio arqueológico y lo proyecta al mundo.
Proponía que en lugar de aferrarnos a la nostalgia de piezas -hasta entonces técnica, que no jurídicamente, irrecuperables- resultaba mejor apostar por una estrategia activa y novedosa de diplomacia y cooperación cultural internacional.
El día de ayer, en su columna semanal publicada en El Universal, la maestra Adriana Malvido retoma el tema con un giro sorprendente: el prestigioso despacho de abogados Burris, Schoenberg & Walden LLP —los mismos que lograron que la familia de Maria Altmann recuperara el Retrato de Adele Bloch-Bauer de Gustav Klimt— ha aceptado representar a la mexicana Blanca Barragán Moctezuma, al parecer descendiente del tlatoani mexica, en su lucha de más de tres décadas por la devolución del Penacho.
Malvido describe con precisión el hartazgo ante las gestiones diplomáticas infructuosas y la entrada en escena de un equipo legal que promete llevar el caso ante tribunales internacionales. El paralelismo con La dama de oro no es sólo narrativo: plantea el dilema ético y jurídico que nos representan las supervivencias del colonialismo, en un contexto global donde cada vez más museos enfrentan litigios por piezas adquiridas en circunstancias cuestionables. Reproduzco íntegra mi colaboración de 2015. Considero que no ha perdido su vigencia:
“Se estrenó este año en las carteleras comerciales la película del director Simon Curtis titulada “La dama de Oro”, una cinta que recrea el proceso legal por el cual la legítima heredera del más famoso retrato del pintor austriaco Gustav Klimt recuperó esta obra, que le fue despojada a su familia durante la ocupación nazi de Viena en la Segunda Guerra Mundial”.
“Esta celebérrima obra, convertida en el símbolo mismo del patrimonio cultural austriaco, debió finalmente regresar a manos de su heredera quien se refugió desde entonces en los Estados Unidos. Al gobierno de Viena no le quedó más remedio que devolver una obra que simplemente no le pertenecía”.
“La historia de esta película no puede sino hacernos recordar un viejo caso del nacionalismo patrimonial mexicano: el penacho de Moctezuma, que aún se conserva –el original ni siquiera se exhibe- en las bodegas del Museo Etnográfico de Viena. Lo que ven los visitantes del museo es una réplica. Por años el gobierno mexicano realizó innumerables gestiones para su recuperación hasta que finalmente técnicos y peritos de ambos países coincidieron en que mover esta joya del arte plumario prehispánico resultaba una tarea técnica imposible, y que las vibraciones de cualquier medio de transportación elegido terminarían por arruinarlo. Quedamos entonces a la espera de que se invente la teletransportación, o bien que los avances de la ciencia y de la técnica nos ofrezcan soluciones en un futuro no lejano”.
“La pieza, por lo visto, se quedará en Viena y no correrá con la suerte del Retrato de Adele Bloch-Bauer de Klimt, que hoy se exhibe en Nueva York, en una galería privada. No es necesariamente una tragedia, e incluso este desenlace nos brinda la oportunidad de repensar qué hacer con nuestro patrimonio arqueológico que ha sido por décadas piedra de toque en la manera en que nos presentamos como una gran nación ante los ojos del resto del mundo”.
“México, a través del CONACULTA, del INAH y su gran equipo de museógrafos, lleva por el mundo grandes colecciones prehispánicas a un elevado costo financiero y por periodos relativamente cortos, pero siempre con una garantía de éxito y de público. Somos, ante el mundo, herederos de una gran civilización, y pienso por lo tanto que podríamos darle un giro radical y audaz a esta afortunada manera de presentarnos ante los otros”.
“Todos admiramos la grandeza de nuestro Museo Nacional de Antropología. Recorremos una y otra vez sus salas con un asombro y un orgullo antiguos. En lo que no siempre reparamos es en el hecho de que lo que se exhibe en sus salas es apenas una porción mínima del conjunto de piezas que se han conservado por décadas en las bodegas del INAH, tanto dentro del propio Museo Nacional como en otros muchos museos a lo largo y ancho del país. Piezas grandes y monumentales, o delicadas, mínimas y sorprendentes, todas ella obras de arte en el sentido estricto, que no verán la luz ni serán exhibidas de manera permanente, porque simplemente no hay espacio para ello”.
“¿Qué pasaría si México, aprovechando este “excedente” arqueológico, ofreciera colecciones temáticas de altísimo nivel curadas por nuestros aventajados expertos a algunos de los museos más importantes del mundo? Una suerte de préstamo de largo plazo por el que no renunciamos a la propiedad de las obras, pero las acercamos a los públicos de todo el mundo que por millones visitan cada año estos museos: Londres, Paris, Berlín, Roma, Nueva York, Tokio, San Petersburgo, El Cairo, Pekín o Dubái, por citar algunas ciudades que cuentan con museos de relevancia global”.
“El país receptor tendría que pagar los principales costos a cambio de albergar una colección de un valor inestimable, y al mismo tiempo podríamos negociar algún tipo de reciprocidad para que nuestros propios museos reciban colecciones temporales para acercar a los mexicanos a las grandes obras del patrimonio mundial. ¿Qué pasaría, además, si la oferta incluye la condición de que los espacios permanentes que se abrirían sean realizados por museógrafos, diseñadores y arquitectos mexicanos?”.
“¿De qué nos sirve conservar miles de piezas en la oscuridad de nuestras bodegas? Tendríamos necesariamente que modificar el actual régimen jurídico de protección de los bienes arqueológicos y flexibilizarlo en beneficio de nuestro país desde una perspectiva que no se entendía en la primera mitad del siglo XX, tiempo del que deriva la mayoría de nuestra legislación en la materia, incluyendo la ley de creación del INAH que se remonta a 1939”.
“Una nueva legislación, una nueva manera de conservar, poseer y exhibir el patrimonio de los mexicanos, y en resumen una nueva manera de aproximarnos a la idea de la gestión cultural internacional en la era postcolonial, y de reinventar y reposicionar a México y a lo mexicano en la arena global”.