Opinión

De porros y otras cosas

Los senadores Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña se enfrascan en manotazos y empujones al término de la permanente

El episodio bochornoso en la comisión permanente del Congreso de la Unión, protagonizado por Noroña y Alito, ambos senadores, en donde el recinto legislativo se convirtió en una arena improvisada de lucha libre de la más baja categoría, me recordó los desmanes universitarios de los ochenta y noventa del siglo pasado, que afectaron profundamente a las universidades públicas en su calidad académica y prestigio. Hoy, afortunadamente, las universidades públicas ocupan un lugar de excelencia en los rankings nacionales e internacionales.

Sin embargo, el porrismo y la captura por grupos políticos de estas instituciones públicas es un riesgo permanente, que eventualmente pueden afectar su desempeño y afectar su imagen frente a la sociedad. Cuando una huelga o un paro universitario se extiende más allá de lo razonable para la defensa de derechos o reclamos legítimos, la calidad educativa y la oferta de trabajo para sus egresados disminuyen. La violencia y la intolerancia son un cáncer para la generación, difusión y divulgación del conocimiento.

Los vividores de la política universitaria y los fósiles son verdaderos parásitos, que utilizan porros y golpeadores para amedrentar a los estudiantes y profesores e imponer una explicación monocromática y excluyente de la realidad, que afecta el ambiente de debate abierto y, en ocasiones, cancela la libertad de cátedra. Los activistas suelen ser los tontos útiles de este tipo de penetración de grupos de interés en las instituciones de educación superior, que son cajas de resonancia en épocas electorales. La mayoría de los activistas pierden una oportunidad de oro para obtener las competencias suficientes para un desempeño óptimo en un mercado laboral competitivo y sólo algunos de sus líderes son cooptados por sus titiriteros y se convierten en líderes partidistas.

Noroña y Alito no son producto directo de la política universitaria de los años ochenta y noventa. Su trayectoria es dentro de los partidos políticos como militantes y cuadros directivos. Ambos son identificados como políticos “echados para adelante” con un historial de enfrentamientos, escándalos y denuncias de desvío de recursos públicos, no probadas judicialmente, que en una época de turbulencia es una buena ruta para acceder a cargos de importancia nacional. Sin embargo, se comportan como porros, ambos, y son mañosos y alharaqueros. Degradan la política.

La presidenta Sheinbaum es imparcial en su defensa a Noroña, que es un aliado altamente incómodo, y la confrontación con Alito poco o nada le aporta a su gobierno y su proyecto político. La destrucción sistemática de la oposición no es una buena noticia para la República y contribuye a crear un ambiente enrarecido, cuyos efectos se visibilizarán en el proceso de sucesión del 2030, cuando la zalamería de los ahora fieles se transforme en dardos cargados de hiel, que le recuerden a la presidenta que su primer marido fue parte de esa política universitaria marcada por el porrismo de los años ochenta.

La sociedad presencia un espectáculo lamentable cuya crónica y consecuencias ocuparon las primeras planas de los periódicos y esos dos personajes, que no deberían gozar de la atención de la presidenta y los medios de comunicación, por su bajo aporte a la construcción institucional del país, se convierten en los protagonistas de un sainete nacional, que disminuye la efectividad de la divulgación de los mensajes sobre el informe anual de labores que se presentara el lunes 1 de septiembre al Congreso de la Unión.

En el gobierno actual hay varios políticos con antecedentes porriles y activistas estudiantiles, como Gerardo Lozano, flamante embajador en Italia, quien es un ejemplo de un líder juvenil universitario, yo soy #132, que apoyó la candidatura de AMLO en 2012. Tal vez, la escena que narró la presidenta de un estudiante golpeado y ella vio desde un cubículo de la facultad de economía de la UNAM, puede que involucrara a alguno de sus colaboradores actuales. Cito “En aquel entonces la Facultad de Derecho se caracterizaba por estar llena de porros. No podías pasar por la Facultad de Derecho porque porros por todos lados. Ahí les pagaban a supuestos estudiantes para golpear a otros estudiantes”.

El porrismo en la política nacional o universitaria es un reflejo del deterioro de la vida institucional. Espero que muchos senadores, así como militantes y dirigentes de Morena y el PRI estén indignados por los pleitos de sus líderes, que a nadie beneficia, pero tampoco nadie está sorprendido por lo que sucedió, ni nos interesa saber quién empezó o quien tiene la razón de la sinrazón. Los personajes son conocidos rijosos.

Sin embargo, el mensaje de los políticos después del zafarrancho es preocupante. No hubo una condena al bochornoso espectáculo, sino todo lo contrario, se dio un reagrupamiento para defender a su golpeador y acusar al contrincante. Esto anuncia más porrismo, intolerancia y violencia legislativa. En la pirinola de la política, todos ponen, nadie gana.

Profesor de la Universidad de las Américas Puebla

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