
Tradicionalmente mal vista --o al menos mirada con recelo-- la profesión del periodismo --como oficio y forma de vida-- prácticamente ha desaparecido ante la avalancha impune de los advenedizos. Se fueron los toreros, llegaron los espontáneos.
La eclosión de las redes sociales y la comunicación instantánea han sustituido, al menos en la práctica sin rigor, al complicado oficio de elaborar un diario o armar con profesionalismo un noticiario de radio o televisión.
Pero más allá del facilismo digital y técnico, hay algo peor.
Los diletantes, los advenedizos, los voluntarios incrustados en los medios de factura tradicional en pago de una pluralidad de cuotas políticamente correcta, inventada desde la conveniencia de quienes confunden democracia con camaleonismo.
Durante muchos años cada corriente política tenía sus órganos de divulgación (primero) y de información (después). A nadie le daba vergüenza mostrarse tal cual. Los comunistas publicaban “El machete” y los católicos, “Señal” Hoy se consagra la identidad perdida. Y a esa ausencia se le llama pluralidad.
Y si para los medios públicos (de propiedad estatal) la pluralidad es tan indispensable como las expresiones diversas en el Congreso, en los medios privados no debería ser así.
La inclusión de personas no profesionales del periodismo (sociólogos, catedráticos, actores, antropólogos, médicos, activistas o militantes de una u otra corriente) les sirve a los dueños de los medios para ampliar su abanico de influencia, pero no a los profesionales de los medios cuya definición se vuelve cada vez más difusa y su presencia más escasa.
Hace muchos años en la televisión yo trabajaba en un canal de análisis e intención analítica e informativa ahora dedicado a charcos y perros atropellados. Un medio concesionado. Por cada diez “expertos” había un periodista.
Quizá todos estemos ahora imbuidos por aquella vieja frase de don Erasmo Castellanos Quinto a los jóvenes de la escuela preparatoria: estudien o van a acabar de periodistas.
Sin embargo, las mañas del oficio se han trasminado a todo lo demás. El oficio puede utilizarse (y de hecho lo es) como el mejor relacionador social de una persona.
Para eso les sirve a algunos el oficio. Para quedar bien, abrirse puertas, conseguir muchas cosas. Cercanía, negocios; aligerar trámites y mucho más sin distinguir fronteras y convertirse en gestores, publicistas (en algunos casos auto publicistas), coyotes, traficantes de favores, intermediarios, protectores, correveidiles y demás.
Por eso me han llamado la atención dos colaboraciones recientes.
Una de José Luis Martínez (oficio puro de la vieja guardia) donde comenta los delirios de Sabina Berman --indignos hasta de aquella célebre señorita Vilchis de las pasadas mañaneras--, quien propone un tribunal para el periodismo (quizá una sala especializada en el nuevo y sometido Poder Judicial) y otra de Vanessa Romero en “Reforma”, en cuyas líneas se recupera la vieja tradición de los rancios periodistas del presidencialismo priista: el halago “ad nauseam”.
Dice Martínez (“El cartujo”):
“…Para Berman, los periodistas mienten con frecuencia, “porque pueden hacerlo sin sanciones”.
“Por eso, afirma: “El periodismo de hoy no le sirve a la democracia. Más bien le estorba. […] Nos conviene a todos ponerle límites a la libertad de publicar”. Habla de un periodismo objetivo y propone: “Pongamos reglas y sanciones para que deba serlo”.
No dice quién va a poner esas reglas ni cómo se deberá juzgar a quien las incumpla. Quizá en una corte de acordeonistas interpretando aquello de Chico Che, ¿quén pompó…?
Por su parte, la señorita Romero se arriesga a publicar de esta valiente manera:
“…Claudia Sheinbaum ha hecho un Adolfo Suárez (se refiere a su serenidad durante el Tejerazo): la calma en medio del estruendo. El valor entre los disparos. Una mujer de pie, quieta, en medio de un desierto de escaños (ni Don Tancredo, pues). Nuestro tren (¿maya?) va conducido por una elegante maquinista (que no desmaya) mientras los peones se apalean en el interior de los carros...”
¡Qué oso! Bueno, ¡qué osa! ¡Qué mala prosa!