Opinión

¿Qué estamos haciendo con la juventud?

Víctor Manuel Ubaldo Vidales. La familia del atacante reveló que se había ausentado de su casa una semana antes del homicidio de Carlos Manzo.
Víctor Manuel Ubaldo Vidales La familia del atacante reveló que se había ausentado de su casa una semana antes del homicidio de Carlos Manzo.

Víctor Manuel Ubaldo Vidales, el asesino del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, tenía 17 años, uno menos que Héctor Hernández Escartín, autor material del homicidio del abogado David Cohen. Junto con ellos están los casos de miles de jóvenes, apenas adolescentes, que en los últimos años se han convertido en el último eslabón de la cadena del crimen en nuestro país. Apenas hace un mes, el 15 de octubre, centré mi análisis en un brevísimo recuento, a guisa de ejemplo, de los últimos 15 años de violencia en México en los que los asesinos tenían 15 años o menos. La edad para estar concluyendo la secundaria o comenzando el bachillerato significó para ellos – y muchos más – el momento de terminar con dos vidas: la de la víctima de sus balas y la de ellos mismos.

En aquella ocasión me preguntaba y preguntaba a la lectora y el lector qué estábamos haciendo como Estado y como sociedad para dejar de mirarnos el ombligo y tolerar, por conveniencia y egoísmo de uno y otra, el que los jóvenes siguieran “incubando soledad, resentimiento y frustración para eclosionar en violencia extrema”. Vuelvo en esta ocasión con la misma pregunta, que no es retórica y continúa buscando respuesta, y otra más: ¿qué estamos haciendo con la juventud? Quizá es momento de dejar de ver a las y los jóvenes como el lugar común de tantas frases vacías como “no son el futuro, sino el presente de nuestro país” o “el futuro está en las manos de los jóvenes”. Quizá sea tiempo de tomarnos en serio lo que somos como Estado, como sociedad y como juventud para comenzar a transformar la realidad.

No concibo que sigamos, al mismo tiempo, culpando e ignorando a una generación que ocupa un momento específico en el tiempo. Porque resulta que siempre son los jóvenes los que “vienen muy revolucionados” o “resultaron muy apáticos”, “están muy sensibles” o “no se quieren comprometer”, “salieron respondones” o “traen otro chip en la cabeza”. Los jóvenes son lo que son y no representan otra cosa distinta a lo que el resto de la sociedad les reflejamos. Si son revolucionados, apáticos, sensibles, poco comprometidos, respondones o diferentes, es porque el resto de su contexto les muestra ello. Por ello, tampoco comprendo que algunas personas quieran “resolver el problema” de la juventud – como si ser joven fuera un problema – mirando desde fuera y pretendiendo aplicar modelos de laboratorio sin involucrarse en entender que formamos parte de lo mismo.

Quizá si diéramos la misma relevancia a qué llevó a Víctor Manuel a matar a Carlos Manzo que a las causas que llevaron a que grupos de la delincuencia organizada en Michoacán ordenaran su asesinato, o si buscáramos con igual ahínco las razones para que Héctor matara a David Cohen que a investigar los asuntos más relevantes que el abogado litigaba, encontraríamos respuestas y posibles rutas para actuar. Sin duda es de la mayor relevancia conocer los motivos de estos y cualquier otro homicidio, pero igual de importante es conocer la razón específica que lleva a un joven a renunciar a su vida a cambio de unos cuantos miles de pesos y a la sensación de saberse capaz de matar a otro.

La violencia no es un problema que pueda resolverse a partir de la fuerza, como la seguridad no es una percepción que se logre con más policías o armas de calibres más grandes. Mucho menos cuando quienes forman parte de los protagonistas del elenco son jóvenes. En la construcción de respuestas para ese triángulo violencia-juventud-seguridad, hace falta más y todo comienza por reconocer a los jóvenes no como distintos y ajenos, sino como diversos y propios. Todo parte de dejar desde mirarles desde lejos como si fueran sujetos de una investigación de laboratorio y entender que ellos y los demás – esos a quienes el tiempo ya nos pasó para quitarnos la categoría de jóvenes – formamos parte de lo mismo y, por lo tanto, nos corresponde la construcción de soluciones. Después, una vez que hayamos logrado comprender esto, nos corresponderá trabajar todos juntos, como comunidad, para encontrar respuestas a la pregunta que hoy nadie quiere responder y que, tristemente, es posible que pronto tengamos que volver a formular: ¿qué estamos haciendo con la juventud?

Profesor y titular de la DGACO, UNAM

Twitter: @JoaquinNarro

Correo electrónico: joaquin.narro@gmail.com

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