Opinión

El discurso de Carney: los cuatro elementos

Mark Carney en el foro de Davos (@tavo2366/X)

El primer ministro canadiense Mark Carney pronunció en Davos uno de los discursos más relevantes en las últimas décadas. Lo es porque combina afortunadamente cuatro elementos. Tres tienen qué ver con la coyuntura: el fin de una era de las relaciones internacionales, la necesidad de reconocer que se había vivido cómodamente en una ficción y el imperativo de actuar para crear, en la medida de lo posible, una nueva estructura de relaciones internacionales. El cuarto va más allá de la diplomacia, y es la urgencia por honestidad, que vale para todas las cosas, y más en estos tiempos de posverdad.

Carney repitió, como jefe de Estado, algo que han comentado analistas de muchas partes del mundo: el orden internacional que conocíamos, basado en normas aceptadas por todos, ha desaparecido bajo la realidad aplastante de que las grandes potencias hacen lo que se les antoja. La segunda versión de Donald Trump ha roto de una manera flagrante con ello. Por eso el canadiense habla de que estamos ante una ruptura, no una transición.

Y sí, hoy tenemos que la integración económica se utiliza como arma, las cadenas de suministro están sujetas a la intimidación política y una serie de problemas sociales son utilizados para hacer crecer la hegemonía de quienes quieren controlar el mundo. El mundo de la globalización que avanzaba contradictoriamente, generando bienestar de manera desigual, se está rompiendo en pedazos.

Pero Carney tiene el acierto de no atribuir la culpa exclusivamente a las potencias -y, en particular, a Estados Unidos-. Ha sido también resultado de la aceptación por décadas de una ficción: aquella que dicta que las normas son iguales para toda la comunidad internacional.

Desde la creación del sistema de Bretton Woods, y con los ajustes subsiguientes, las relaciones económicas internacionales han sido asimétricas, en particular las referentes a las muy diferentes formas que tienen distintos países para acceder al financiamiento internacional y cómo se trata un mismo déficit fiscal en diferentes naciones. Esa “grata ficción” fue aceptada por los más (y nadie parafraseó a Orwell para decir que había unos países más iguales que otros y un país más igual que todos los demás) porque permitió beneficios mutuos y propició el desarrollo colectivo. El mundo entero hizo como que creía en esa ilusión.

El ejercicio de la hegemonía, que ya estaba presente en un mundo asimétrico, ahora se hizo cínico. Los chantajes y las amenazas están a la orden del día.

Es humano reaccionar hasta que la hegemonía se hace cínica, cuando deja de ser cómoda o conveniente, “cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”. Aunque hacerlo hasta entonces suele ser demasiado tarde.

La intimidación cínica es incómoda, como lo es también la desaparición paulatina de las normas y el debilitamiento extremo de las instituciones encargadas de hacerlas valer. Y aquí Carney pone el cascabel al gato y ante la pregunta de si debemos adaptarnos y acomodarnos para evitar problemas y comprar seguridad, responde que el acatamiento no la comprará. Quien ejerce el poder intentará pasar siempre hacer su voluntad, aun trastocando valores antes aceptados o, de plano, pasándoles por encima.

De ahí pasa a asegurar que hay países —en particular las potencias medias, donde incluye a Canadá— que tienen el poder de construir un nuevo orden mundial que respete los valores fundamentales, de recomponer las relaciones internacionales.

En esto, tal vez Carney es optimista. Considera que las potencias medias, unidas en sus valores y pragmáticas en la estrategia, pueden reducir la fragmentación, sin caer en el “multilaterismo ingenuo”, ni depender de instrumentos diplomáticos debilitados. Eso significa moverse hacia la diversificación de socios y no apostar a las negociaciones bilaterales con Estados Unidos, en donde siempre estarán en condición de debilidad relativa.

Aquí cabe la pregunta: ¿es México una potencia media? Si vemos el tamaño y fortaleza de su economía, la respuesta es que sí, a pesar del estancamiento de años. Lo es también por su influencia cultural. Si vemos su papel en el concierto internacional, la respuesta es también positiva, aunque va a la baja, debido al aldeanismo del anterior presidente y a las preferencias ideológicas en la región, que han deteriorado la capacidad mexicana de construcción de acuerdos internacionales. Pero si vemos el flanco débil de la penetración y los lazos del crimen organizado, encontramos que nuestro país puede convertirse en parte del menú, en vez de estar en la mesa de quienes pueden arreglar las cosas.

Lo curioso es que quienes se llenan la boca con la palabra “soberanía”, a menudo son quienes más han contribuido al debilitamiento de las condiciones con las que el país puede relacionarse con el exterior. A restringir las opciones reales y obligarnos a caer en la complacencia ante la potencia hegemónica.

Finalizo con el tema de la honestidad, que vale en todas partes. Siempre será útil decir las cosas como son, y no acomodarse, mintiéndose sobre la realidad. Porque, al igual que a nivel internacional, en el país estamos ante un claro intento de ir deshaciendo las reglas (que sí, muchas eran asimétricas) para imponer simplemente la voluntad del más fuerte, fracturando la convivencia civilizada. No nos debemos engañar.

Y tampoco podemos creer que el viejo orden pueda o deba volver. Aquí vale decir, con Carney, que “a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo”.

fbaez@cronica.com.mx

Twitter: @franciscobaez

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