Opinión

Rehacer la vida con una pensión

Pensionados

El mapa migratorio entre México y Estados Unidos vive una transformación silenciosa que rompe con décadas de narrativa tradicional. Durante años, el flujo humano avanzó desde el sur hacia el norte, impulsado por la búsqueda de empleo, estabilidad y ascenso social. Hoy, ese trayecto comienza a invertirse entre un grupo específico: los jubilados estadounidenses que cruzan la frontera en dirección opuesta, empujados por una realidad económica cada vez más restrictiva en su país de origen.

En 2024, 487 ciudadanos estadounidenses retirados decidieron establecer su residencia en México. Aunque tal cifra pueda parecer marginal a nivel nacional, la migración de estadounidenses a México —especialmente de jubilados— responde en realidad a un fenómeno macroeconómico amplio y sostenido. Entre 1.6 y más de 2 millones de ciudadanos de EE. UU. residen actualmente en el país, con un crecimiento cercano al 70 % desde 2019, impulsado por el alto costo de vida en su país de origen y la flexibilización laboral.

El dato refleja algo más profundo que una preferencia climática o cultural. Habla de un quiebre en la promesa histórica del sueño americano, aquel que garantizaba una vejez cómoda después de décadas de trabajo. Hoy, a un año del segundo gobierno de Trump, ese ideal enfrenta el desgaste de la inflación persistente, el encarecimiento de la vivienda y un sistema de pensiones insuficiente para sostener el nivel de vida esperado.

Para muchos jubilados, la ecuación resulta insostenible. Las pensiones pierden valor frente al aumento de precios, los servicios médicos absorben una parte creciente del ingreso mensual y el alquiler se convierte en un lujo difícil de justificar.

Bajo este escenario, México aparece como una alternativa racional. La cercanía geográfica permite mantener vínculos familiares, mientras que el diferencial de precios devuelve capacidad de consumo y margen de maniobra financiera.

Casos como el de Walter y su esposa Lisa ilustran esta lógica. Tras evaluar opciones en América Latina, optaron por San Miguel de Allende, recomendados por conocidos y atraídos por un costo de vida más accesible. La decisión implicó distancia emocional con hijos y nietos, aunque también significó estabilidad económica y una vida cotidiana menos presionada por las cuentas. La adaptación cultural se apoyó en experiencias previas, amistades locales y una comunidad creciente de compatriotas en situación similar.

Especialistas en migración coinciden en que este fenómeno responde a una necesidad matemática. Vivir en Estados Unidos cuesta, en promedio, más de 60 % que en México. El alquiler duplica ese diferencial y los alimentos mantienen una brecha significativa. Estas cifras explican por qué ciudades como Chapala, Bahía de Kino, Los Cabos y San Miguel de Allende, así como los corredores Ensenada-Tijuana y la Riviera Maya, concentran desde hace años comunidades amplias de retirados extranjeros, algunas con miles de residentes permanentes.

Este movimiento forma parte de la llamada migración internacional de retiro, observable también en regiones mediterráneas de Europa o en países de Centro y Sudamérica. En el caso estadounidense, la generación de los baby boomers protagoniza esta etapa. Se trata de una población numerosa, envejecida y consciente de que los sistemas tradicionales de retiro ya no ofrecen certezas.

La globalización, los tratados comerciales y las facilidades de transporte reducen las barreras para reubicar la vida en otro país.

A diferencia de otros flujos migratorios, estos jubilados mantienen prácticas transnacionales constantes.

Viajan con frecuencia, participan en procesos políticos de su país y sostienen redes familiares activas gracias a la tecnología. Su presencia impacta positivamente en las economías locales mexicanas mediante el consumo, el mercado inmobiliario y la demanda de servicios.

Tendencias