Opinión

La crisis sistémica de nuestros humedales

Humedales (Isabel Mateos Hinojosa)

El 2 de febrero, Día Mundial de los Humedales, pasó casi inadvertido en la agenda pública mexicana. El silencio no es casual: los humedales encarnan una de las contradicciones más profundas de nuestra relación contemporánea con la naturaleza. Son espacios discretos, aparentemente marginales, difíciles de traducir en la lógica del crecimiento económico inmediato; y, sin embargo, en ellos se juega una parte decisiva del futuro ecológico y civilizatorio. La propia ONU recuerda que, aun cuando los humedales representan alrededor del 6% de la superficie cubierta por agua, concentran cerca del 40 % de la biodiversidad planetaria. Esa aparente desproporción de “poco espacio” frente a enorme vida debería bastar para colocarlos en el centro del debate público.

Desde la mirada ética y espiritual de Laudato Si, insistía en que la crisis ambiental no es un problema técnico aislado, sino una crisis de sentido. Los humedales, leídos desde esa clave, no son únicamente ecosistemas funcionales: son expresiones de una “ecología integral” donde se entrelazan agua, suelo, especies, culturas y memorias. Su degradación implica tanto la pérdida de servicios ambientales -regulación hídrica, captura de carbono, amortiguamiento de inundaciones-, somo la ruptura de vínculos simbólicos y comunitarios. Allí donde un humedal es drenado, contaminado o fragmentado se erosiona una forma de habitar el mundo.

La noción del Antropoceno, formulada por científicos y teóricos como Paul Crutzen, apunta precisamente a ese desajuste histórico: una humanidad que se ha convertido en fuerza geológica y que altera los ciclos fundamentales del planeta. Los humedales son, quizá, uno de los indicadores más claros de esta era. Su destrucción masiva -más del 35 % a nivel global en el último siglo- revela hasta qué punto la lógica extractiva ha considerado al agua y a los territorios como meros insumos. Drenar un pantano, canalizar una laguna o urbanizar un manglar ha sido leído como sinónimo de progreso. Pero el Antropoceno también es el tiempo en que esa narrativa comienza a resquebrajarse.

Por su parte, frente a esta lectura, Donna Haraway propone desplazar la mirada hacia lo que denomina el Chthuluceno: una era no de dominación humana, sino de enredos, interdependencias y co-existencias. Pensar los humedales desde ahí implica reconocerlos como territorios de convivencia multiespecie, donde humanos, aves, peces, microorganismos y plantas acuáticas co-producen la vida. En un humedal no hay líneas claras entre lo natural y lo cultural; todo es relación. La devastación de estos espacios revela, entonces, la incapacidad moderna para aceptar esa interdependencia radical.

México ofrece ejemplos dolorosamente elocuentes. La Laguna de Yuriria, uno de los primeros sitios Ramsar del país, ha sufrido durante décadas un proceso acumulativo de deterioro: descargas de aguas residuales, eutrofización, sobreexplotación hídrica y abandono institucional. Lo que fue un sistema lacustre vivo, clave para la biodiversidad del Bajío y para la identidad local, se ha convertido en un espejo de agua enfermo, saturado de lirio, con mortandades recurrentes de peces y aves. Ante la indolencia institucional, es el síntoma de una responsabilidad ecológica ausente.

Félix Guattari, al proponer su idea de la ecosofía, advertía que no basta con intervenir en el plano ambiental si no se transforman simultáneamente las ecologías social y mental. La Laguna de Yuriria ilustra con crudeza esa advertencia: los programas de rescate han sido fragmentarios, desconectados de la vida comunitaria, sin una narrativa ética que restituya el valor del humedal como bien común. Urge por ello repensar la forma en cómo se concibe al territorio y visualizarlo como espacio vivo y no como recurso residual del desarrollo.

Otros humedales mexicanos atraviesan procesos similares. Xochimilco, con su sistema de chinampas, resiste entre la urbanización, la contaminación y la pérdida de biodiversidad; los Pantanos de Centla enfrentan presiones por infraestructura y actividades extractivas; las Marismas Nacionales sufren la expansión agroindustrial y los cambios hidrológicos. En todos los casos, el patrón se repite: humedales vistos como espacios disponibles para explotarlos y no como sujetos de cuidado.

Poner a los humedales en el centro del debate público exige algo más que datos. Exige una relectura ética del desarrollo, una política pública que asuma la complejidad ecosistémica y una imaginación social capaz de reconocer que la vida humana depende de esos territorios anfibios donde el agua y la tierra se encuentran. El mensaje es convergente: no se trata de “salvar” a los humedales como objetos externos a lo humano o al desarrollo económico y social, sino de re-aprender a vivir con ellos y a reconectar la vida social con la complejidad de la biodiversidad. En efecto; en su aparente fragilidad se esconde una lección decisiva: cuidar los humedales es cuidar las tramas que hacen posible la vida compartida.

A ello habría que añadir -como he desarrollado en el Diagnóstico sobre el incumplimiento de los derechos ambientales en México (https://pued.unam.mx/publicaciones/66/DIDAM.pdf)- que la devastación de los humedales en México no puede entenderse al margen de una falla estructural del Estado en la garantía de los derechos ambientales. Se trata de un patrón reiterado de incumplimiento normativo, captura institucional y normalización del daño ecológico.

Los humedales existen jurídicamente, pero no políticamente: carecen de defensores suficientes, de presupuestos óptimos y de mecanismos de exigibilidad real. En esa brecha entre el reconocimiento formal del derecho a un medio ambiente sano y su realización concreta, los humedales se han convertido en territorios sacrificables. Su deterioro revela, con crudeza, que la crisis ecológica en México es también una crisis de legalidad, de justicia ambiental y de responsabilidad intergeneracional.

Investigador del PUED-UNAM

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