
A la memoria de Olac Fuentes Molinar
Por Ricardo Becerra.
Creo que el caso del recién defenestrado Marx Arriaga sintetiza con gran claridad una parte de lo que ha sido (de lo que con penas ha podido ser) ese contingente ideologizado y militante, llamémosle, marxismo de infanterías.
Quiero empezar aclarando que no escribo de oídas o desde algún pedestal elitista, sino desde mi propia experiencia. Puedo decir que como hijo del CCH y de la Facultad de Economía de la UNAM, viví, fui parte y padecí a ese tipo de izquierda que anidó y se reprodujo desde los años setenta en ciertas normales, algunos sectores de las preparatorias públicas y ciertas escuelas superiores, incluso en universidades enteras (como la de Sinaloa).
Con esto quiero decir que las personas como Arriaga son herederas de una larga y amarga experiencia que ya abarca más de medio siglo, cuyos resultados, formas, maneras y modales han cambiado poco y no han tenido la crítica y menos la autocrítica que merecen. El problema con el individuo es que llevó todas esas taras de ideología intensiva, ya no a un aula, a una rama o a una escuela, sino que la desparramó en todo el sistema básico y no sabemos para cuántos años. El daño está hecho.
Como nos lo ha contado el maestro Gilberto Guevara Niebla en estas mismas páginas, frente a las dificultades para hacer política en otros espacios sociales, un sector importante de la izquierda se planteó al sector educativo como un espacio de lucha ideológica y política. No se trataba de refugiarse en la institución sino de hacerla parte de un frente de combate histórico. Así lo entendíamos.
Lo que había en el fondo, es la creencia del cambio revolucionario en la cual los estudiantes jugarían un papel detonador, como vanguardia, idea que produjo consecuencias académicas trágicas, porque si trabajar para la revolución era la prioridad indiscutible, los propósitos propiamente académicos quedaban subordinados o de plano borrados.
Marx Arriaga retrata (con gran enfásis) ese desdén por el desarrollo de las capacidades culturales básicas, el desprecio por una formación metodológica rigurosa, el manejo del idioma, las matemáticas y las ciencias naturales. Esos objetivos siempre fueron arrojados a un segundo o tercer plano acusados de “academicistas”. Estudiantes y maestros eran vistos como animadores de la conciencia revolucionaria, Arriaga (o Álvarez Buylla) dirían “conciencia transformadora”.
Recuerdo ese tipo de debate en el CCH, en la Facultad de Economía y en el Consejo Estudiantil Universitario: los contenidos, las reformas académicas siempre estaban subordinadas, sea a “las necesidades del movimiento”, al apoyo a las causas populares o al más vulgar de los intereses corporativos de maestros y de grupos.
Quien nos enseñó a ver todo esto con claridad fue el pedagogo y sociólogo de la educación, Olac Fuentes Molinar, cuya principal crítica a esa izquierda era su “ignorancia consentida”, su renuncia a enfrentar el pluralismo, las diferentes corrientes y escuelas de pensamiento, el debate real de las ideas. Hace muchos años escribió “…la polémica creadora y verificadora no fue una experiencia de formación para esa izquierda y ello contribuyó a la constitución de ortodoxias intocables y a la reproducción continuada de un estilo de confrontación intelectual y de trato político intolerante y sectario, acostumbrado a considerar el aplastamiento del adversario como la única forma de victoria y que después, cuando la izquierda se segmentó se conservó en las luchas dadas dentro del limitadísimo pluralismo de una sola corriente”. ¿Estaría hablando de Marx Arriaga? Vea usted lo que hoy mismo protagoniza en la SEP (la cita se encuentra en Casillas Miguel. Olac Fuentes Molinar: el desarrollo de la educación superior en México y las políticas públicas. 2025).
Esa izquierda ha carecido siempre de las armas intelectuales para enfrentar la formación tradicional y para construir una educación realmente alternativa. Ensimismada en el marxismo disponible mediante vulgatas de divulgación, un marxismo que se concentra en unos cuantos textos de Marx, Engels, Lenin y Paolo Freire, aderezados por el indigenismo y el comunitarismo en boga.
Arriaga forma parte de la tercera generación que se formó en esa matriz -digamos teórica- y que entendió aquello como una construcción única e indivisible, un pequeño cuerpo de verdades que daba cuenta de una vez y para siempre de las leyes del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y aún el pensamiento.
Consumidor de las simplificación que cree que “comprender es aplicar a la realidad un esquema a partir del mínimo indicio de analogía, que polemizar no era construir el argumento que correspondiera al problema específico, sino demoler con adjetivos y sobre todo encontrar la cita pertinente” (Fuentes Molinar).
Pues bien, para desgracia de la izquierda mexicana y, dada la vigencia de los libros de texto emanados de tal ideología cerrada, ese tipo de marxismo sobrevive en sectores militantes ahora adheridos al morenismo.
La revolución nunca llegó, en cambio llegó la democracia para la que esa izquierda no estaba preparada política ni culturalmente y continuó aferrada a su visión adventista de la revolución, renombrada por AMLO como “transformación”.
La irrealidad de su perspectiva es evidente pero la “Nueva Escuela Mexicana” sigue anclada en aquella alucinación engendrada en los setenta: los estudiantes como candidatos forzados a la militancia. Guevara Niebla ha escrito de muchas maneras todo los contrario: hay que ver a los estudiantes en sus potencialidades más amplias, como ciudadano pensante y como trabajador calificado para enfrentar un futuro diverso, plural y enormemente incierto.
A mi parecer, ese es el núcleo del debate y el daño mayor a la educación mexicana propiciado por Arriaga. El alumno como material reclutable. Todo un capítulo aparte entre las muchas desventuras de la izquierda irreformable en México y América Latina.