Opinión

Guerra electrónica: armas que piensan, estados que matan

Conflicto en Irán 2026: qué está pasando y por qué el choque con Israel y Estados Unidos preocupa al mundo
Conflicto en Irán 2026: qué está pasando y por qué el choque con Israel y Estados Unidos preocupa al mundo

El ataque conjunto EU-Israel contra Irán impone una pregunta fundamental que no es si habrá una guerra global –que ocurrirá más temprano que tarde-, sino que tipo de guerra será. Hemos pasado de los viejos esquemas de la Guerra Fría y de proliferación de conflictos regionales típicos del siglo pasado a guerras tecnológicamente avanzadas con drones, sistemas de combate remoto y plataformas robotizadas. La tecnología ha introducido nuevos armamentos, sistemas de mando y métodos operativos refinados y especializados. Los combates a control remoto son una realidad. Aparece la deshumanización de los conflictos porque el soldado no hace preguntas y el robot solo da respuestas programadas. La operación militar responde a este patrón: ataques de precisión sobre objetivos previamente seleccionados, incluyendo asesinatos quirúrgicos.

A ello se suma la reciente disputa entre el gobierno de Trump y la compañía de Inteligencia Artificial “Anthropic”. El Pentágono exige el uso irrestricto de sus modelos de IA para usos militares, concretamente para el desarrollo de armas completamente autónomas y de vigilancia masiva de ciudadanos. La empresa se niega en base a sus códigos éticos siendo designada una amenaza a la seguridad nacional. Una categoría reservada para empresas chinas o rusas. Actualmente, cualquier empresa tecnológica que tenga principios éticos propios es potencialmente enemiga del Estado. Cuando la tecnología decide quien muere sin intervención humana, estamos cruzando un umbral del que no hay retorno moral posible.

La agresión militar pasó por los ataques israelíes de junio 2025, la respuesta iraní, los ataques estadounidenses a instalaciones nucleares, nuevas negociaciones y finalmente, el ataque total de este fin de semana. Cada ciclo de desescalada solo preparaba el siguiente ciclo de violencia. Buscando imponer un cambio de régimen político, el ataque Israel-EU se dirigió contra altos funcionarios, comandantes militares e instalaciones estratégicas, incluyendo el asesinato del Líder Supremo Ali Jamenei. Inopinadamente, la acción se produjo en medio de las negociaciones nucleares USA-Irán en Ginebra, mediadas por Omán. La respuesta iraní fue inmediata con ataques masivos de misiles y drones contra bases estadounidenses en distintos países de la región.

Las decisiones militares se tomaron con frialdad técnica concibiendo a millones de personas como variables en una ecuación estratégica. El contexto interno iraní fue determinante: el colapso de uno de sus mayores bancos en octubre pasado, el

“Ayandeh Bank”, precipitó una crisis económica severa con la moneda en caída libre e inflación desbocada. Esto desencadenó las recientes protestas masivas. La guerra externa puede debilitar un régimen pero no construye automáticamente una alternativa viable. Irán tiene experiencia en regenerarse bajo presión, instituciones cohesionadas, una estructura ideológica arraigada y redes regionales más allá de sus fronteras. Ningún bombardeo, ni siquiera el más devastador, ha logrado jamás transformar políticamente una sociedad.

Cuando Carl Schmitt teoriza el concepto discriminatorio de guerra permite entender el imperialismo estadounidense que se arroga el derecho de juzgar quien puede tener armas nucleares y quién no, convirtiendo esa decisión en un mandato moral que justifica la guerra total. Quien detenta la competencia para declarar a un Estado agresor detenta también el poder absoluto sobre la guerra y la paz. Sin embargo, las guerras no coinciden automáticamente con la liberación de los pueblos. Frecuentemente, producen el efecto opuesto: la sociedad civil es aplastada por la represión interna y la agresión externa. Sucede sobre todo donde existen movimientos sociales que reclaman derechos y libertad.

La lógica militar no abre espacios democráticos más bien los restringe. Refuerza los aparatos represivos, legitima la acción autoritaria y desplaza el discurso público de la libertad a la sobrevivencia. La guerra no es un atajo hacia la emancipación, contrariamente, es un multiplicador de violencia y un acelerador de cerrazón. Aunque las tecnologías parecen hacer la guerra más controlable, en realidad la hacen más probable.

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