
Detenidos en las líneas amarillentas del mal pintado “paso cebra” de cualquier avenida, los motociclistas, motonetos, bicimoteros y hasta patinetos o escuteros; decenas de ellos arracimados en un enjambre ruidoso, sueltan la máquina y avanzan en tropel como si se tratara del arrancadero de un hipódromo urbano o las luces verdes de los Fórmula Uno y empujan la rueda delantera y con el caderamen ladean la moto --no importa el tamaño, si es enorme o pequeña, si es magnífica BMW con opulentas cantinas o simplona imitación de una Vespa sin Mediterráneo--, y hunden el aire y cruzan y hacen mortales diagonales para ganar el terreno de la avenida y fuerzan los aceleradores y comprimen sus dimensiones en infructuoso intento --a veces-- de esquivar con agilidad de golondrinas los espejos laterales de los autos pachorrudos de anchura mayor, impedidos del serpenteo por cuya agilidad en dos ruedas ellos practican con estrépito de escapes, el arte del equilibrio dinámico como llaman los especialistas a esa forma de locomoción escandalosa y peligrosa hasta para quien sufre con ellos los accidentes derivados de la orgullosa imprudencia de sentirse omnipotente repartidor de hamburguesas o pizzas.
Moscardones implacables, abejorros de enjambre estrepitoso, afectos a “las rodadas” (forma adolescente de agrupar motociclismo manadero en clubes y pandillas), cuya esbeltez les permite convertir el espacio entre dos autos o dos autobuses o una camioneta y un trolebús, en carril exclusivo de su audacia apresurada.
Son los motociclistas, los motonetos, los imprudentes con casco y a veces sin él, los hijos naturales de Evel Knivel, aquellos promiscuos de señora obesa y niño de escuela o de preescolar; bebito con gorrito y mamila, apretujados de tres en tres donde con dificultad cabrían dos, cuya suerte a veces ya está echada por los baches, chipotes, arena lodosa en el piso, manchas de aceite en el ruinoso asfalto de la ciudad del millón de agujeros, hasta formar parte --tarde o temprano--, de una triste estadística mortuoria porque solamente entre enero y el mes pasado, 49 de estas personas, con estas conductas u otras semejantes, murieron en nuestras calles.
En el año 2022 se registraron 206 accidentes mortales. En 2024 fueron 269 decesos. Síganle.
Si el aumento es del 30 por ciento cada dos años, en muy poco tiempo la cifra será de horror. Ya lo es, pero será peor porque el aumento de ventas de estos vehículos va en alza y cada vez con mayor facilidad y economía. Hoy se compran motocicletas en las tiendas de autoservicio.
Los diarios registran algunas voces con poca habilidad para explicar el asunto.
Alberto Carrillo, presidente de la Asociación Civil Motociclistas Unidos de la CDMX (¿?) , expuso que las cifras exhiben omisiones por parte de las autoridades.
“El aumento en las estadísticas --dice Reforma--, habla de un mal trabajo de las autoridades y las organizaciones; una disminución de muertes y accidentes viales en motocicleta mostraría que los trabajos que se están haciendo (¿cuáles?) son positivos…
“La asociación, que se allega de reportes de cuerpos de emergencias, detalló que tan sólo en la primera semana de enero ocurrieron 24 muertes de motociclistas en la Zona Metropolitana, tanto en vías de acceso restringido como en cruces sin tráfico, principalmente por exceso de velocidad”.
El exceso de velocidad, obviamente, es culpa de las autoridades. Y ya de los ciclistas es mejor ni siquiera hablar. Esos no tiene remedio: de noche, en sentido contrario sin luces ni señales y con la altiva e imaginaria condición de superioridad ecológica, han convertido el pedaleo en una ideología alentada por lo políticamente correcto fomentado por los programas de Eco Bici y similares, como el Paseo dominical.
Y un día --Dios no lo quiera-- la bici, pintada de blanco, termina colgada de un poste.