
El último de los teóricos de la razón ha partido, dejándonos la tarea de continuar sus reflexiones sobre la democracia. Jürgen Habermas intelectual de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt falleció este fin de semana. Atento a los problemas de nuestro tiempo nunca dejó de posicionarse frente a temas importantes de la sociedad y la política. Su formación académica está marcada por su colaboración con el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt donde fue asistente de Theodor Adorno, posteriormente sucesor en la Cátedra de Filosofía y Sociología de Max Horkheimer, para finalmente, ocupar la dirección del Instituto a la muerte de sus fundadores. En 1961 publica Historia y Crítica de la Opinión Pública, donde resalta la importancia de la esfera colectiva en la cual los individuos debaten sobre problemas y cuestiones comunes. Frente al pesimismo de sus maestros quienes destacaron la deriva de la esfera pública convertida por los medios masivos de comunicación en una máquina del consenso, Habermas considera que se debe continuar a proyectar una sociedad democrática en la cual sea posible, a través del diálogo, llegar a la resolución de los conflictos.
Su obra más importante es Teoría de la Acción Comunicativa en la que retoma el proyecto ilustrado moderno de una razón crítica y emancipadora. La pregunta que plantea es: ¿el proyecto ilustrado, fundado sobre una razón capaz de liberar al ser humano y de guiarlo hacia el progreso es aún válido? Su respuesta es que en la sociedad capitalista domina un particular tipo de racionalidad instrumental orientada a identificar los mejores medios para alcanzar los objetivos establecidos, reduciéndose a instrumento de poder y de organización de la producción. Para el filósofo alemán el proyecto de la modernidad ilustrada se encuentra inconcluso. Por ello afirma que existe también una racionalidad comunicativa la cual se expresa justamente en la esfera pública como discusión argumentada y crítica, y al mismo tiempo, como diálogo y confrontación.
Plantea que es en el terreno del lenguaje donde es posible recuperar una racionalidad crítica orientada a la emancipación humana. Sostiene que los grandes filósofos de la modernidad-de Descartes a Kant- han reflexionado solamente sobre el mundo subjetivo humano representado por la interioridad de cada persona y sobre el mundo objetivo constituido por la totalidad del mundo externo, dejando de lado el importantísimo mundo social de la comunicación intersubjetiva. De aquí que la racionalidad humana se exprese sobre todo como lenguaje, porque somos sustancialmente animales lingüísticos. Habermas busca investigar no el uso efectivo que los humanos hacen del lenguaje, sino sobre cómo deberían de usarlo para llevar a cabo una comunicación auténtica. El filósofo desea estudiar las condiciones universales que se encuentran en la base de cualquier comunicación lingüística orientada al acuerdo y al entendimiento.
La racionalidad comunicativa que se encuentra en el origen de la pragmática universal, es para Habermas fundamental para construir una sociedad democrática, incluyente y abierta. Si la racionalidad ilustrada tiene todavía algo que ofrecer desde el punto de vista de la libertad y la emancipación, es justamente la racionalidad comunicativa la cual, actuando como forma de resistencia frente a la racionalidad instrumental, ofrece reglas comunes para cimentar el diálogo y la confrontación productiva. Propone un modelo racional sobre el cual elaborar reglas y decisiones compartidas. La razón comunicativa puede ser usada no solo en el ámbito de un correcto modo de relacionarse entre las personas, sino a un nivel colectivo más amplio para dar un nuevo impulso a los sistemas democráticos siempre amenazados por la propaganda manipuladora.
El filósofo concibe a la política como diálogo racional, ofreciendo una ruta para la autodeterminación democrática de los ciudadanos que deliberan, invitando a ir más allá de la democracia participativa, para integrar una exigente democracia deliberativa.