Opinión

Conforme uno avanza en la lectura de su libro (disponible en México, en editorial Trotta) el argumento de Ferrajoli se vuelve más y más persuasivo.

La constitución de la Tierra

Empieza así: “Nosotros los pueblos de la Tierra, que en el curso de las últimas generaciones hemos acumulado armas mortíferas capaces de destruir varias veces la humanidad, hemos devastado el medio ambiente natural y puesto en peligro, con nuestras actividades industriales, la habitabilidad del planeta…

“…decididos a salvar la Tierra y a las generaciones futuras de los flagelos del desarrollo insostenible, de las guerras, de los despotismos, del crecimiento de la pobreza y del hambre, que han provocado ya devastaciones irreversibles en nuestro medio ambiente natural, millones de muertos al año, lesiones gravísimas de la dignidad de las personas y una infinidad de indecibles privaciones y sufrimientos…

“promovemos un proceso constituyente de la Federación de la Tierra, abierto a la adhesión de todos los pueblos y todos los estados existentes y a fin de estipular este pacto de convivencia pacífica y de solidaridad universal”.

¿Es Kant y su Paz Perpetua? No: es un proyecto argumentado, redactado y publicado hace cuatro años por quien puede considerarse uno de los principales pensadores -filósofo político- vivo en nuestro tiempo: Luigi Ferrajoli.

¿Una desbordada utopía? ¿Un planteamiento jurídico ingenuo y extraviado -algo ridículo- en la era de los intereses descarnados, propietarios de las computadoras, las naves espaciales, los chips y la inteligencia artificial? ¿Una chifladura senil?

Conforme uno avanza en la lectura de su libro (disponible en México, en editorial Trotta) el argumento de Ferrajoli se vuelve más y más persuasivo, porque es muy consciente, precisamente, del lado malo de la historia y de su poder.

Lo que resulta una utopía y una locura, dice, es que este mundo podrá sobrevivir si lo dejamos a las fuerzas del mercado y a las inercias políticas desatadas en el siglo XXI. Recuerda a su maestro Norberto Bobbio y cita “…hoy más que en ningún otro momento de la historia, es preciso entender que la violencia ha dejado de ser la partera de la historia y se está convirtiendo cada vez más en su sepulturero”.

El jurista y filósofo enumera a los problemas de la “gran encrucijada de la existencia humana” (que por otro lado, encajan de manera exacta en la realidad de México)y los expone en este orden:

Uno) El calentamiento global y la crisis climática que ya se ha vuelto inevitable en grandes áreas del planeta;

Dos) El regreso insensato pero muy real de la posibilidad de guerra nuclear que hoy duerme, latente, en miles de cabezas atómicas expandidas sobre la Tierra y que poseen precisamente, los países que han entrado en guerra en estas mismas semanas;

Tres) La multiplicación de las desigualdades, de la miseria y de la muerte cada año de millones de seres humanos por hambre y enfermedades no tratadas. A su lado, la obscena acumulación milmillonaria de fortunas que están determinando el rumbo de la política y decisiones vitales que nos corresponden a todos;

Cuatro) La difusión de regímenes despóticos y autoritarios que violan sistemáticamente las leyes, restringen al pluralismo, cancelan libertades fundamentales y los derechos esenciales de la dignidad humana;

Cinco) La violenta expansión del crimen organizado y sus redes criminales que han demostrado una extraordinaria capacidad de reproducción, contagio y corrupción de la política y la economía legales y,

Seis) El drama de los centenares de millares de migrantes, cada uno de los cuales abandona su lugar de origen huyendo de alguna de estas cinco tragedias.

Dicho en una nuez: calentamiento global, guerra nuclear, desigualdad con oligarquías de riquezas inimaginables demoledoras de los órdenes constitucionales y del orden global, la proliferación del autoritarismo populista, el crimen organizado y las gigantescas olas migratorias, conforman el drama de nuestro tiempo: la “gran encrucijada de la existencia humana”.

Propone iniciar una discusión que sea mundial, porque prácticamente no hay nación que no padezca en algun grado los enredos de la encrucijada. Su idea es que esa discusión gire en torno a “una Constitución de la Tierra” un instrumento jurídico universal, que ofrezca respuestas a esta emergencia e imponga límites a “los poderes salvajes de los Estados y de los mercados globales en garantía de los derechos humanos y de los bienes comunes”. La experiencia de la pandemia es solo un ejemplo de la necesidad de respuesta coordinada y global, por eso insiste en un pacto constituyente mundial en el que participen los poderes estatales y privados.

Con conocimiento de muchas experiencias nacionales (las áreas naturales protegidas que les llamamos en México) lanza la idea del “establecimiento de una propiedad estatal planetaria” para proteger las regiones más importantes y críticas de las que depende el equilibrio planetario.

Quizás la parte más audaz del libro son sus cien artículos constitucionales que propone como arranque de la discusión, centralmente un catálogo de derechos y de nuevas instituciones capaces de actuar en un ámbito global. Una serie de conversaciones nacionales, regionales, continentales y mundiales que entreguen un borrador a las Naciones Unidas.

Como es fácil de ver, la idea está cargada de optimismo, pero no está nada mal, siquiera para ordenar agendas locales y nacionales, para incorporarla en iniciativas de gobierno y en los programas de partidos, tanto de centro derecha como de centro izquierda y por supuesto en los circuitos académicos y periodísticos.

No ignoro lo lejos y lo difícil de hacer avanzar un proyecto de este alcance y este aliento, pero creo que por eso mismo los necesitamos: ideas y personajes, intelectuales que mantengan viva la tensión entre el mundo que existe y el mundo que debería existir. Como escribió ayer Máriam M. Bascuñan en El País “esa tensión no es ingenuidad. Es la política misma.” De acuerdo.

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