Opinión

¿Necesita enemigos la clase empresarial?

Necesita enemigos la clase empresarial

A la memoria de Don Jorge Kahwagui G.,

conversador de estos temas.

Por Ricardo Becerra.

Ustedes sabrán perdonarme, pero durante una parte de mi adolescencia impartía -en círculos de estudio nocturnos- los textos canónicos de un viejo alemán: el Manifiesto, el Dieciocho Brumario y El Capital, sobre todo.

Siempre me pareció estar, no solo frente a un observador agudo de su tiempo sino ante un escritor de pluma portentosa. Esto lo puede admitir cualquiera, sin prejuicios. Menos conocidas son sus lecturas provechosas de literatura clásica (Dikcens, Goethe o Balzac), sus continuas polifonías, entrevistas y recortes de periódicos con los que documentaba sus gruesos tomos. Los argumentos que recuerdo más vivamente siempre despiertan, sobrevienen y resuenan en mi cabeza cuando -en la actualidad presentísima- empresarios, economistas o gerentes acometen en contra de los derechos sociales o de ciertos avances laborales.

Por ejemplo, allá en 2014, cuando inició el gran debate mexicano sobre los salarios mínimos (hasta entonces sepultado por el alud ideológico reaganiano). Recuerdo entrevistas con propietarios que nos decían orondos “Yo no pago el mínimo” y tenían razón. Por ese entonces rondaba los 68 pesos y ellos pagaban… 74, de modo que podían hacer gala de su magnanimidad aunque de todos modos, el sueldo no alcanzase ni para comer.

En estos días escucho otras voces (a veces los mismos) que se horrorizan por la reforma que lleva a 40 horas la jornada laboral en México, después de 100 años de sostener una de 48 (que poco se respeta). Como hace una década o como hace 160 años retumba la misma mezcla de ingenuidad y de cinismo. Oigamos esas voces.

Don Daniel Espinosa (presidente de la Asociación Mexicana de Empresas de Seguridad Privada) advirtió: “… las jornadas de 12 y 24 horas a las que está acostumbrado el personal se han ido modificando para que cubran ocho horas de servicio, pero esto implica mayores costos… hemos platicado con la Secretaría del Trabajo… hemos hablado de bolsas de 56 horas a la semana y jugar con ellas", afirmó. En otras palabras, nuestro personaje está confesando que hay guardias -personas de carne y hueso- quienes laboran 72 y ¡96 horas a la semana! por 8 mil 500 pesos al mes.

Por su parte, el año pasado, don Vicente Gutiérrez Camposeco, presidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México, sentenció: “si la reforma laboral se aprueba, en poco tiempo el personal ocupado en la informalidad podría pasar del 55 al 65 por ciento…

cierre de negocios, aumento de la informalidad, con efectos perniciosos también para los trabajadores, sindicatos, el fisco y un repunte del comercio en vía pública”. Un apocalipsis económico si los trabajadores mexicanos mejoran su productividad y reducen su tiempo en el trabajo.

“La reducción de la jornada laboral pondrá a prueba a sectores como minería, transporte y comunicaciones, agropecuario, servicios y construcción, donde las horas trabajadas superan ampliamente el promedio nacional” dice otro dirigente empresarial.

No sorprende que la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), informe que en la minería se trabajan en promedio 57 horas semanales; en transporte y comunicaciones 52 horas; en el sector agropecuario 49 horas, y en la construcción 48 horas. Dicho con sus letras: el mercado laboral mexicano está más cerca de la India, Bangladesh y Pakistán que de Grecia, Costa Rica, Lituania o República Dominicana, para no hablar de España o Alemania.

Todo lo cual quiere decir que luego de 100 años México continúa con el mismo hábito improductivo, con la misma jornada, después de los cuales todas las economías comparables ya ofrecen mejores condiciones a sus trabajadores.

Por eso recordé al mundo descrito en El Capital. Marx hubiera recogido las declaraciones que traigo a cuento aquí, tal y como lo hizo en 1867 con los directores de los Cyclops Still and Iron Works explicando a la comisión de fábricas por qué deben trabajar los niños de 12 años en turnos de 12 horas durante la noche. La respuesta es bastante simple: no pueden encontrar ningún adulto que lo haga.

Los comisionados del parlamento británico preguntan “¿Porqué debe hacerlo alguien, no pueden los fabricantes del acero limitar sus operaciones a las horas diurnas?” Se dirigen a E. F. Sanderson cuya poderosa firma produce láminas, forjados, productos varios y este se horroriza: “…pero entonces sería una pérdida dejar que toda esa costosa maquinaria esté parada la mitad del tiempo” (capítulo VIII, Volumen I, p. 308. Traducción de Pedro Scaron, Siglo XXI editores 1984).

¿Lo ven? Lo que resulta elocuente -hace 160 años y hoy- es la mezcla de cinismo e ingenuidad, un cóctel que la mayoría de nosotros damos por sentado, como si fuese sentido común, perfectamente normal. Luego, esas condiciones sociales, laborales y vitales de los más pobres se nos atragantan bajo la forma de rencor, frustración, desprecio al arreglo democrático y populismo, pero esa es otra historia.

Observen, pacientes lectores, como gran parte del no-razonamiento y de la supuesta defensa del interés empresarial surge directamente de su propia boca, de situaciones concretas que ellos toman como “dadas”, simplemente la vida es así… las voces coreográficas de El Capital sigue allí para recordar que no.

Con amigos cómo Sanderson, Espinosa o Gutierrez Camposeco ¿necesita enemigos nuestra clase empresarial?

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