
Hace unos días las redes sociales comenzaron a informar sobre Omar, un joven de apenas 15 años que había asesinado a dos de sus profesoras en un bachillerato en Lázaro Cárdenas, Michoacán. Los detalles del caso no son tan diferentes a hechos similares que se han presentado en nuestro país en diversas ocasiones en los últimos años: un joven que en distintos momentos y contextos de su vida sufrió abusos y exclusión por parte de familiares, compañeros, vecinos y maestros, en general. Frente al rechazo y al olvido vividos por años, se acumularon el odio, el resentimiento y el ánimo de venganza contra cualquiera que representara a quienes alguna vez le hicieron menos, pero también la inacción del Estado y la sociedad, que como en muchos otros casos prefirieron voltear hacia otro lado pensando que “se trataba de un antisocial”, que “Omar siempre había sido raro” o que “lo mejor que le pudo haber pasado a ese joven es ir a prisión para que se reforme”.
En distintos momentos en este espacio he señalado lo que una vez más sostengo: al Estado y a la sociedad les ha faltado interés y compromiso para entender a las juventudes y son responsables, en gran medida, de la pérdida de vidas en la que jóvenes como Omar se ven involucrados. Ese día se perdieron tres vidas: las de María y Tatiana, las profesoras que pagaron por años de resentimiento y odio acumulados, y la de Omar, quien es probable que no tenga más destino que la de una vida en fuga permanente para intentar huir de su pasado. Mientras dos cuerpos se descomponen en la tierra y otro más tras las rejas, los gobiernos federal y estatales, la opinión pública y la sociedad, se debaten en cualquier otro asunto que les permita distraer la atención para hacer como que la situación en la que viven las y los jóvenes de México poco importan y su futuro es responsabilidad únicamente de sus familias, porque en la casa es donde se les educa. Parecen olvidarse de que, en no pocas ocasiones, es justo en los hogares donde surgen las causas que después se vuelven problemas que evolucionan a tragedias y que quienes allí viven, jóvenes o no, son resultado de lo que como colectividad somos.
Las y los jóvenes no son un sector para el que baste organizar eventos musicales, torneos de fútbol, muestras artísticas, charlas sobre educación sexual o ferias de orientación educativa. Sin duda, este tipo de acciones abonan en una pequeña parte del desarrollo de las juventudes, pero se requiere de mucho más que eso para disminuir la desesperanza, erradicar la violencia, fomentar los valores y ampliar la expectativa. México, como Estado y como sociedad, requiere de políticas públicas que de una vez por todas asuman la naturaleza y magnitud del problema frente al que estamos y que planteen alternativas de solución verdaderamente efectivas. ¿De qué sirve organizar en la plaza principal de una ciudad un concierto gratuito con el artista de moda o un tornero que otorgue a los ganadores la gloria de levantar un trofeo, si terminado estos el joven regresará a casa a sufrir violencia y en la escuela volverá a ser excluido por sus compañeros, mientras en la soledad de las redes sociales solo encontrará confusión sobre lo que supuestamente significan el éxito y la felicidad?
En nuestra siguiente colaboración abordaremos algunas de las áreas en las que es claro que el Estado y la sociedad han decidido abandonar a las juventudes por no estar dispuestos a asumir las responsabilidades que a cada uno les tocan. Libre desarrollo de la personalidad, salud integral, educación de calidad, responsabilidad con la comunidad, empleabilidad y vinculación laboral, entornos y relaciones libres de violencia, vivienda digna con servicios básicos, entre muchos otros, son los aspectos que hoy preocupan a los jóvenes y a los que seguimos rehuyendo porque pensamos que lo que a las juventudes les importa es el concierto del artista de moda. Dejemos ya de pensar con la misma visión adultocentrista de toda la vida y comencemos a ver a las y los jóvenes como actores de una sociedad y pueblo de un Estado y no como meros sujetos de acciones aisladas que diluyen la responsabilidad y distraen la atención de las verdaderas preocupaciones que les aquejan. México y sus jóvenes no deben tolerar más casos como el de Lázaro Cárdenas, en Michoacán. México y sus juventudes merecen un mejor destino en el que se construyan oportunidades para encontrar la realización individual y la suma en beneficio de la colectividad. En la siguiente entrega abordaremos los principales pendientes con las juventudes mexicanas y algunas propuestas para su atención.
Profesor de la UNAM
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