
Pensar, es especular con imágenes.
Giordano Bruno.
Por Ricardo Becerra.
Uno. Es verdad eso de que la imaginación va primero, delante de la experimentación, que el conocimiento sigue el olfato del pensamiento libre y luego se alimentan, el uno del otro. La cosa aplica tanto al arte como a la ciencia (J. Bronowski) y lo confirman éstos días de la misión Artemisa II, en los cuales, un asombroso Julio Verne vuelve a atinar por la precisión técnica de su narración fantástica: la increíble potencia del cañón para despegarse de la gravedad terrestre, la necesidad de una segunda propulsión fuera de la atmósfera, la protección exhaustiva de los viajeros en su cápsula, el grave peligos de las fulguraciones del sol, el lugar exacto de despegue (Cabo Cañaveral) y especialmente la pendiente en la que tiene que salir la nave para no ser incinerada, mismo problema de regreso y varios más. Cierto que Verne -en 1867- cometió errores importantes pero en la agenda de cualquier viaje a la Luna, acertó en los problemas críticos que siguen siéndolo hasta el día de hoy.
Dos. Mientras Estados Unidos exhibe un triunfo clamoroso de su ingeniería, tecnología y ciencia, la oficina de presupuesto de la Casa Blanca anuncia su propuesta de recorte, precisamente a la NASA en un ¡47 por ciento! para el próximo año, llevando los recursos de la mejor ciencia posible a niveles de 1961; el recorte se carga también a los Institutos Nacionales de Salud y a la Fundación Nacional de Ciencias. Como me hizo ver Francisco Báez, las necesidades de guerra siempre se tragan al financiamiento de la ciencia, pero aquí hay algo más: ya no la ignorancia consentida o el menosprecio, sino la saña y el encono contra el saber mismo. A principios de la semana pasada Trump declaró: “No me gustan los museos ni las bibliotecas, así que mi biblioteca presidencial será en realidad un hotel en Miami”.
Tres. ¿Es carísima la mejor ciencia del mundo? Juzguen ustedes: el costo de la misión Artemisa II a lo largo de tres años representa el 20 por ciento del rescate financiero desembolsado de un solo golpe, en 2009. Y el programa espacial cuesta tanto como el 6 por ciento del presupuesto militar antes de la guerra en Irán. No hay comparación posible entre los beneficios obtenidos por las misiones frente a las consecuencias de las incursiones militares de Estados Unidos. Un último ejemplo: la Guerra de Vietnam costó diez veces más que la financiación de la NASA a lo largo de toda la década de los sesenta (Nature https://goo.su/8PZKjI).
Cuatro. Pero… no todo son ilusiones, ya se sabe: el espacio es un elemento más del mapa geopolítico global. Si bien Artemisa II concreta el impulso -tan humano- de exploración científica y de llevar al límite el progreso de la civilización, en tiempos de trumpismo la cosa se mancha bastante más, pues uno de los objetivos centrales de la misión, declarado por la propia NASA es “asegurar la superioridad estadounidense en el espacio”. El populista mayor hizo eco, antes del despegue: “Estamos ganando: en el espacio, en la Tierra y en todo lo que hay en medio” en asociación con los magnates y sus programas espaciales, Blue Origin (Jeff Bezos) y SpaceX de Elon Musk, quienes serán los primeros beneficiarios de los resultados de la misión para sus propios proyectos privados de dominio en el negocio aeroespacial… sin haber puesto un solo dólar de más para la NASA.
Cinco. Más allá del duelo geopolítico (esta vez frente a China), rivalidades e intereses privados que se apropian de bienes públicos (financiados por los contribuyentes) no podemos dejar de mirar la parte más luminosa: la humanidad progresa y es capaz de salir de nuestro mundo. Piénsenlo bien: esto no es Apolo que demostró la capacidad de poner una tripulación en la Luna, lo que pretende el proyecto Artemisa es tener una presencia física y humana constante en el satélite, establecer allí una base permanente que sirva para misiones aún más ambiciosas, como despegar hacia el añorado Marte.
Seis. Ahora volvamos al comienzo. Una de las cimas de la imaginación acerca del espacio es la del impenitente Giordano Bruno, quien escribió notables pasajes y dictó conferencias por Europa sobre su ascenso al cielo, en el que, claro, aprovechó para visitar la Luna y lo más importante: para voltear a ver a la tierra desde fuera, como un objeto más -deslumbrante y hermoso- flotando en el espacio (Bruno. Del infinito, el universo y sus mundos, citado por M. White, Javier Vegara editores, 2002).
De modo que el 17 de febrero de 1600 fue condenado por blasfemia, herejía e inmoralidad, quemado en la hoguera para mandarlo al infierno, puesto que nunca se retractó (al contrario de Galileo). Las tesis de Bruno eran propias del siglo XX “hay otros soles alrededor de los cuales giran otros planetas”.
Y es que después de ver la Tierra por fuera, enviada por los tripulantes del Apolo XIV y ahora mismo, en fotos de alta resolución e IA, por los tripulantes de Artemisa II, la conciencia colectiva refuerza una nueva forma de pensar. Nada que no sea global, planetario y universal tiene ya sentido. Este tipo de pensamiento nuevo, se deduce de la cosmonáutica, pero dos siglos y medio antes que Verne y 500 años antes de nosotros, fue planteado por aquel cura napolitano y seguidor de Copérnico. Y esa, su imagen de nuestro planeta vista desde fuera, sigue revolucionado la conciencia humana hasta nuestros días.
Toda la suerte a la tripulación.
“La humanidad nació en la Tierra. Nunca estuvo destinada a morir aquí.” — Cooper (Matthew McConaughey)