Opinión
Juan Eduardo Martínez Leyva

El espíritu luterano

No siempre a los dirigentes sociales que buscan transformar la realidad los inspira un ideal progresista. El espíritu luterano es la inclinación por retrotraer las condiciones sociales a un pasado que se estima moralmente superior. Los que actúan así son reformistas retrogradas en estricto sentido.

Foto: Especial

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La reforma luterana no fue un paso adelante en el espíritu de su época. Lutero criticaba la corrupción de la iglesia, la venta de indulgencias, el enriquecimiento de los clérigos y toda la parafernalia de rituales, imágenes y reliquias que la iglesia católica romana fue agregando a lo largo del tiempo. Al mismo tiempo, Lutero rechazaba el ingenio creativo, la sabiduría, la ciencia y la razón, que en esa época habían tomado fuerza y amenazaban al pensamiento religioso. Su apuesta era regresar a la dogmática teológica del texto bíblico. Si no está escrito en la Biblia no merece obediencia.

El luteranismo fue un ancla tirada al remoto pasado. El siglo XVI planteaba desafíos nuevos al pensamiento de la sociedad renacentista y al incipiente avance de la experimentación científica. La religión no tenía ahora las respuestas, si es que alguna vez las tuvo. Pero Lutero se aferraba al dogma petrificado de la religión. Criticó a Copérnico acusándolo de “querer pervertir todo el arte de la astronomía y negar lo que está dicho en el libro sagrado, sólo para hacer una exhibición de ingenio y llamar la atención”. Lutero, -escribió Joseph Campbell- y todos los que lo rodeaban estaban tan llenos de superstición como aquellos contra quienes se rebelaron. Como observó el único cristiano racional de la época, Erasmo, en su conocido Elogio de la locura: la religión cristiana parece tener una relación con la locura y ninguna alianza con la sabiduría. Con Lutero la superstición y la violencia, lejos de disminuir, crecieron. El luteranismo y también el calvinismo desataron una persecución contra los herejes similar a la inquisición cristiana. La reforma protestante no fue una lucha por la libertad intelectual sino un movimiento por establecer un pensamiento religioso único. En 1529 llegó incluso a negar la libertad de conciencia y a exigir la obligatoriedad de asistir al sermón y a justificar que sus opositores religiosos fueran ejecutados por la autoridad civil.

Los impulsores de la reforma luterana no veían con buenos ojos a las personas que desarrollaban una actividad económica lucrativa. Desaprobaban la ganancia y el cobro de intereses en los préstamos. “En la enseñanza de Lutero no había nada que fuese específicamente favorable al comercio o la industria. Condenó la usura, como la mayoría de los evangelistas católicos; tanto los escritores luteranos como los católicos continuaron atacando todas las formas de usura hasta bien entrado el siglo XVII.” (Paul Johnson. Historia del cristianismo). La actitud de Calvino hacia los empresarios, en contraste, era más favorable.

Lutero dominaba la técnica de la propaganda. Su mensaje era elaborado con ideas simples, que repetidas hasta el cansancio penetraba en las mentes de sus seguidores. Tenía una gran necesidad de decir, sus sermones frecuentes eran la forma en que cumplía con su apostolado evangelizador. Aprovechó con creces la imprenta, inventada apenas un siglo antes, para difundir profusamente sus ideas. Entre 1517 y 1520 publicó un libro cada quincena.

Los sermones y escritos de Lutero calaron hondo en el ánimo del campesinado alemán, que constituía la mayoría de la población. Los campesinos no encontraban en la Biblia una justificación que explicara las condiciones de pobreza en las que vivía. La lucha de Lutero contra los privilegios del alto clero, muchos de los cuales también gobernaban como príncipes el sistema feudal, era también la lucha de los campesinos. La insurrección campesina de esa época que se conoció también como La revolución del hombre común, estuvo fuertemente influenciada por el espíritu luterano. Lutero, sorprendido por el impacto que sus ideas contra los privilegios había causado en el campesinado, terminó por distanciarse de él y los condenó en su escrito Contra los campesinos asaltantes y asesinos. Ya no había lugar a dudas de su conservadurismo. La revuelta campesina fue derrotada y el hombre común siguió igual o peor que antes. Hubo un gran desencanto.

Un cierto aire luterano se respira en la atmosfera del México de hoy y sopla desde los más alto del poder político. Se promueve una forma única de pensar y se estigmatiza al que piensa diferente. Se acusa de traidor a la persona que disiente del pensamiento oficial. El opositor es un apóstata y hay que denunciarlo. Todos los males se resuelven eliminando la corrupción. Se recurre frecuentemente al lenguaje bíblico para dirigirse a los ciudadanos y se abusa del uso de imágenes religiosas que reproducen la superstición. Se persigue a los científicos y se subestima a los expertos, los modernos Copérnicos, por elitistas y por querer sustituir la sabiduría del pueblo bueno. Hay numerosos ejemplos del desprecio que se tiene por los análisis de viabilidad, por la crítica informada, en la elaboración de los programas gubernamentales. Aquí un botón de muestra: cuando se discutía en el Congreso la creación de la Guardia Nacional el presidente arremetió contra sus críticos diciendo textual: “Los expertos y las organizaciones de la sociedad civil no se que están pensando, porque ya basta de simulación de estar haciendo análisis de la realidad, sin transformarla. Puro experto, puro diagnóstico, pero no se hace nada para cambiar las cosas… Que ya se acabe el elitismo, ya nada más los expertos. Unos cuántos opinan por todos”. Sólo quieren hacer una exhibición y llamar la atención diría Lutero.

El discurso simplista y repetitivo, demagógico, es consumido condescendientemente todavía por una mayoría de la población que se siente agraviada por los privilegios de las elites, por la corrupción, por su situación de pobreza y la enorme desigualdad. Pero es previsible que la situación que llevó a la mayoría de ciudadanos a seguir a un líder que ofrecía grandes esperanzas de cambio continúe igual, o peor, después. El último informe de la OCDE muestra que el PIB por habitante disminuyó siete por ciento entre 2018 y 2021. Me temo que se avecina un gran desencanto.