Después de treinta años en el poder, Hosni Mubarak no sabe o no quiere vivir sin él. El presidente egipcio desoyó una vez más el clamor del pueblo y en vez de anunciar en cadena nacional a la nación su retirada, anunció que se quedaba. Esto después de más de siete horas de ansiedad, tensión y cruce de rumores, como el de un inminente golpe de Estado militar o la huida del mandatario a Arabia Saudí, dejando todo el poder a su vicepresidente Omar Suleiman, para que sea él quien lidere la transición.
La noticia de su inminente renuncia corrió como la pólvora en El Cairo y la plaza Tahrir fue más que nunca el epicentro de la protesta contra el régimen autoritario. No cabía un alma en la plaza en un ambiente muy festivo, en el que los egipcios saltaban de alegría anticipadamente.
Pero no. Nada de esto ocurrió. Mubarak, de 82 años, se empeña en mantenerse aferrado al poder como mínimo hasta las elecciones de septiembre, a las que insiste en que no va a presentarse, ni él ni su heredero, su hijo Gamal.
“Me aferraré”. En su discurso televisado, Mubarak declaró: “Me aferraré a proteger la Constitución y los intereses del pueblo hasta que se entregue el poder y la responsabilidad a quien elijan los electores en septiembre próximo”, afirmó.
“Eso es lo que yo juré”, aseguró Mubarak, quien se comprometió a un “traspaso pacífico” del poder.
Luego, en un tono paternalista, aludió a las “demandas justas” de los manifestantes y dijo que no castigará las revueltas.
“Como presidente de la nación, no encuentro ninguna incomodidad en oír a la juventud de mi pueblo”, declaró. “La sangre de sus mártires no se va a perder”, aseguró tras señalar que no habrá represalias por las protestas. Las palabras más duras las dedicó Mubarak a las “inaceptables imposiciones del exterior”.
“¡No vean tv extranjeras!”. En su intento por calmar la revuelta popular, el mandatario anunció que transferirá parte de sus poderes, sin especificar cuáles, al vicepresidente, Omar Suleiman, el ex jefe de los servicios de inteligencia del régimen y el mismo que un día antes amenazó a la población con un golpe de Estado si no cesaban las protestas.
Tras el discurso del presidente, habló Suleiman. El nuevo hombre fuerte del régimen no se anduvo con rodeos: pidió a los manifestantes que se marchen a casa y que no vean “las televisiones extranjeras”.
“Egipto va a explotar”. Mohamed el Baradei, premio Nobel de la Paz y aspirante a liderar la transición democrática, fue uno de los primeros líderes opositores en reaccionar al comunicado de Mubarak.
En su cuenta de Twitter escribió: “Egipto explotará. El Ejército debe salvar al país ahora”. Luego, a la CNN declaró que “la gente está muy enfadada” y no ocultó sy preocupación por lo que pudiera ocurrir a partir de ahora.
Sobre este punto, el Consejo Supremo del Ejército emitió un comunicado, antes del mensaje de Mubarak, en el que reitera su apoyo a las “demandas legítimas del pueblo”, al que aseguraba que “protegerá”.
De la alegría a la rabia. Las palabras de Mubarak cayeron como un jarro de agua fría sobre los centenares de miles de egipcios que abarrotaron la plaza de Tahrir. Tras unos segundos de estupefacción, la plaza rugió al grito de “¡fuera! ¡fuera!”.
Muchos de los congregados se quitaron los zapatos y los levantaron al aire con la suela hacia la pantalla, un gesto de desprecio en el mundo árabe.
La expectación para lo que ocurra hoy viernes, día de oración, es máxima. Nadie sabe lo que va a pasar, pero muchos temen que los partidarios de Mubarak, animados por la decisión de su líder de aferrarse al poder, reanuden sus ataques a los manifestantes y haya un baño de sangre en la plaza.
Obama pierde la paciencia. El presidente de EU, Barack Obama, empieza a perder la paciencia con su aliado árabe y duda de que la transición que anuncia sea “inmediata y suficiente” para satisfacer las exigencias democráticas del pueblo.
Agregó que “demasiados egipcios se muestran poco convencidos de que el gobierno es serio acerca de una genuina transición a la democracia”.
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