Los documentales usualmente no exploran un tema tan poco hablado como es el de los jóvenes y sus relaciones a través de la virtualidad. Durante el confinamiento por la pandemia, miles de personas se refugiaron en los videojuegos y en comunidades online para sobrellevar el aislamiento. Pero antes de eso, ya existían historias que llevaban este fenómeno a otro nivel.
Imagina no estar confinado por un virus que está afuera, sino por tu propio cuerpo, uno que poco a poco se va debilitando, saber que tu vida no será tradicional, y mucho menos será sencilla. Pero en el mundo virtual… ahí lo tienes todo: puedes ser quien quieras, hacer lo que quieras y, de alguna forma, volver a vivir.
Esa es la historia de Ibelin.
El documental nos lleva a conocer la vida de Mats Steen, un joven noruego nacido con distrofia muscular de Duchenne, una enfermedad degenerativa que poco a poco le hizo perder la movilidad hasta su fallecimiento a los 25 años(en 2014). Y no, no es un spoiler: desde el diagnóstico, el desenlace siempre estuvo presente para todos los que lo rodeaban, aunque eso no significaba que dejaba de ser devastador.
Tras su muerte, su familia queda atravesada por una idea dolorosa: que Mats, debido a su enfermedad —“con la que ellos lo trajeron al mundo”, como menciona su padre—, nunca tuvo amigos, ni amor, ni una vida social real.
Pero lo que parecía una vida vacía, en realidad estaba llena… solo que en otro plano.
Dentro del universo de World of Warcraft, un videojuego de rol multijugador masivo en línea donde miles de jugadores interactúan en tiempo real creando personajes y comunidades, Mats se convirtió en Ibelin. En ese mundo virtual, no lo definía su enfermedad, lo hacía su esencia.
Y es aquí donde el documental se vuelve aún más poderoso.
La historia no se cuenta únicamente desde recuerdos o entrevistas. Está detalladamente construida a partir de los registros reales que Mats dejó: conversaciones dentro del juego, mensajes, foros y hasta su blog personal. Todo ese archivo digital permitió reconstruir su vida como Ibelin, dándole voz incluso después de su muerte.
No es una interpretación: es él hablando.
A través de esos fragmentos, vemos cómo Ibelin no solo jugaba, sino que escuchaba, acompañaba, aconsejaba y se volvía parte fundamental de la vida de otros. Personas que reían con él, que confiaban en él, y que llegaron a encariñarse con él. Realmente lo querían.
Y entonces, pasó lo inevitable.
Mientras en casa existía la percepción de un joven aislado, detrás de la pantalla, había alguien profundamente conectado. Esta dualidad expone también una brecha generacional: la dificultad de muchos padres para comprender que lo que ocurre en lo digital también es real, también duele, también se llora y también importa.
El documental, galardonado en Sundance Film Festival, no busca romantizar la virtualidad, sino resignificarla. Nos obliga a cuestionar qué entendemos por “vida real” y qué valor le damos a las conexiones que no pasan por lo físico.
Porque al final, la historia de Ibelin no trata sobre escapar de la realidad, sino de encontrar un lugar donde sí se puede existir plenamente.
“No era una vida perfecta, era una vida” y eso, a veces, es más que suficiente…