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Hoy como hace 73 años Estados Unidos vuelve a intervenir en otros países para asegurar su hegemonía económica y política. Diversos analistas consideran lo ocurrido en Venezuela no sólo como una advertencia a Irán sino como un ensayo hacia su intervención

La crisis del régimen islámico en Irán

Crisis Una vista de las protestas contra el régimen iraní.

Decía Michel Foucault en una famosa entrevista en 1979 con Claire Brière: “El comentario que más he escuchado sobre Irán es: no entendemos”. Y es que, desde el inicio de la Revolución islámica en 1979, que llevó al poder a los ayatolas, Occidente se declaró incapaz de comprender lo que ocurría en aquel país. Más de cuarenta años después, la misma respuesta parece la más atinada.

Fue en 1953 cuando se dio el golpe de Estado contra el primer ministro iraní Mosaddegh, organizado por la CIA y el MI6 (con apoyo del Mossad). El acontecimiento marcó el inicio de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente en detrimento de otras potencias, como Francia y Gran Bretaña, que fueron desplazadas. También marcó un parteaguas en la historia iraní, porque la intervención estadounidense potenció el ascenso del islamismo radical.

El primer ministro Mosaddegh, había llevado a cabo la nacionalización de la industria petrolera iraní, que estaba en manos de compañías extranjeras, principalmente británicas . Tras el golpe de Estado, el poder se concentró en el Sah Mohammed Reza Pahlavi, quien revirtió la nacionalización y firmó acuerdos con compañías estadounidenses y, de nuevo, británicas. Irán vivió entonces una época de crecimiento económico que no alcanzó al bienestar de la mayoría. El régimen del Sah fue cada vez más represor, encarceló a cientos de activistas que denunciaban la corrupción y la complicidad del gobierno con petroleras extranjeras. Estas condiciones llevaron a la Revolución de 1979, encabezada por los ayatolas.

Hoy como hace 73 años Estados Unidos vuelve a intervenir en otros países para asegurar su hegemonía económica y política. Diversos analistas consideran lo ocurrido en Venezuela no sólo como una advertencia a Irán sino como un ensayo hacia su intervención, porque además de ser esos dos países socios estratégicos, suman coincidencias: la existencia de Guardias revolucionarias, la economía basada en el petróleo y regímenes que, aunque persiguen a la disidencia, cuentan con amplia popular.

Ya desde hace más de una década, a pesar de su fuerte producción petrolera, Irán se encaminó a una crisis económica que alimentó desde finales de 2025 y lo que va del 2026, las manifestaciones contra el régimen en Teherán, y en otras muchas ciudades del país.

El detonante de las protestas ha sido la devaluación imparable del rial que a inicios de 2026 ha superado la barrera de 1.4 millones por dólar en el mercado libre. Lo que impidió a los comerciantes del Gran Bazar de Teherán y otros mercados fijar precios, cortando el suministro de productos básicos. Además, se registra una de las mayores inflaciones llegando al 70%, lo que impactó el nivel adquisitivo de la población. Gran parte de esta crisis se debe al bloqueo estadounidense, que ha sido intensificado desde la segunda llegada de Donald Trump. No solamente impuso nuevas sanciones, sino que ha atacado las redes de transporte (la “flota en la sombra”) y las exportaciones de armamento, que eran una válvula de escape de divisas. Esto ha dejado al Banco Central de Irán sin reservas para intervenir en el mercado cambiario.

A esto se ha sumado la crisis hídrica, pues Irán enfrentó una de las mayores sequías en 70 años, que llevó al racionamiento masivo de agua. Además el gobierno aprobó a finales del año pasado un aumento en el presupuesto armamentístico en detrimento de los programas sociales. Así a las manifestaciones se sumaran representantes de diversos sectores: desde las clases populares, sindicatos obreros, y la clase media con comerciantes, profesionistas y empresarios inconformes con la situación política y económica.

Además de estas marchas pacíficas se dieron enfrentamientos entre grupos armados y fuerzas de seguridad, algunos de ellos apoyados y armados por el Mossad israelí, lo que ha sido confirmado por la propia agencia que ha publicado en sus redes sociales que está luchando al lado de los iraníes desde el terreno. A la fecha se estima ya en cinco mil las muertes de civiles y oficiales, y han sido detenidas cerca de 14 mil personas, algunas de las cuales corren el riesgo de ser ejecutadas, todo esto en medio del apagón total del internet.

En el grave problema por el que pasa Irán, están presentes varios elementos. Cuenta con una superficie de 1.745.150 Km2, un poco menor a la de México, con una gran diversidad étnica y religiosa. Posee fronteras con países con serios problemas, entre ellos Iraq, Afganistán, Pakistán, Turkmenistán, Armenia, Azerbaiyán, Turquía y se conecta con Rusia por el Mar Caspio. En su territorio se hablan alrededor de 86 idiomas correspondientes al mismo número de grupos étnicos, entre ellos persas, kurdos, azeríes, baluchis, turcomanos, árabes, lurs, etc.

Se piensa Irán como un país sumamente conservador; sin embargo, la realidad es que posee una larga tradición de movimientos liberales y seculares que desde principios de siglo XX lucharon por instalar un sistema democrático. Y a la par, se caracteriza por su espiritualidad donde han surgido diversos movimientos religiosos a lo largo de los siglos que han influido en toda la región, como el zoroastrismo, el maniqueísmo, el islam chita, el islam bahaí, entre otros.

En 1979 tras la expulsión de la dinastía Pahlevi, así como de gran parte de la burguesía que se había enriquecido durante el gobierno del Sah, la revolución iraní se convirtió en algo más, una revolución social, que impuso los valores del islam chiita en una sociedad hastiada de las promesas vacías del liberalismo estadounidense.

Millones de partidarios de la revolución islámica se convirtieron en guardianes de la misma por todo el país y formaron las Guardias Revolucionarias. Desde entonces comenzó la persecución contra todo aquel que fuera percibido como una amenaza a la revolución. Pese a esto, Irán mantiene un sistema donde las autoridades, incluso el Líder Supremo (designado por un consejo de sabios), son elegidos popularmente. Para complejizar aún más el panorama, existen movimientos separatistas en diversas regiones del país como los kurdos y los baluchis.

Además, desde 2009 emergió una nueva generación de jóvenes que piden mayores libertades, espacios para la participación política y denuncian la represión del régimen y se sienten cada vez más atraídos por las promesas del liberalismo occidental. Ese año encabezaron el “Movimiento verde”, de corte electoral que quiso impulsar una reforma en el régimen a través de las elecciones. Estaba ya el antecedente del movimiento feminista “Mujeres, Vida, Libertad” dee 2022 impulsado principalmente por mujeres de clase media que se rebelaron contra las restricciones del Estado, como el uso obligatorio del hiyab (velo), que les ha enfrentado a la policía moral.

La revolución islámica ha actuado con la negociación o la represión. Continuamente varios de estos grupos, algunos armados como el grupo baluchi Jaish ul-Adlla (Ejército de la justicia), o el PJAK (Partido por una Vida Libre en Kurdistán), se enfrentan a las fuerzas de seguridad, a lo que el régimen responde con violencia.

Desde Estados Unidos e Israel se ha querido sostener la vuelta de Reza Pahlavi el hijo del depuesto Sah, como una vía para un cambio de régimen; sin embargo, como lo demuestran diversos sondeos (GAMAAN, 2024 ), la mayoría de la población iraní no apoyaría el regreso de un símbolo del intervencionismo estadounidense que fue, precisamente, el germen de la Revolución islámica. Aunque gran parte de la sociedad está inconforme, un fuerte porcentaje apoya al régimen como se mostró el 12 de enero, cuando los partidarios salió a las calles een respaldo del presidente Masoud Pezeshkian, quien marchó al frente de sus simpatizantes.

Y es que, como bien dijo Foucault, la Revolución islámica de Irán no fue un movimiento que buscara únicamente un cambio de régimen político o económico, sino una “revolución de las mentalidades”, más difícil de derrocar. Cualquier intervención militar, ya sea de Israel o Estados Unidos, que puede suceder, llevará a una guerra civil, con consecuencias fatales.

* Seminario Universitario de las Culturas de Medio Orieente, UNAM.

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