
La mitad de Siria es un gran desierto que se extiende por el 55 por ciento del territorio. Sus limitadas zonas fértiles se esparcen por las orillas del Éufrates, el Orontes, la costa mediterránea y el Golán, del cual una parte está ocupada ilegalmente por Israel desde 1967.
Tras la caída de Bashar al-Asad en 2024, la reconstrucción nacional -después de trece años de una sangrienta guerra civil-, se avizora casi imposible por la dificultad de reconciliación del nuevo gobierno, encabezado por Ahmed Al-Sharaa, más conocido por su nombre de guerra Abu Mohammed Al-Golani, antiguo militante de uno de los grupos terroristas vinculados a al-Qaeda.
El nuevo presidente nació en Arabia Saudita, de padres sirios, precisamente del Golán ocupado, de allí su nombre de batalla. Se trasladaron a Damasco cuando él apenas tenía 8 años y tras la invasión a Iraq en 2003 por las fuerzas estadounidenses -aliadas con Inglaterra, Francia y España-, decidió unirse a Al-Qaeda e ir a combatirlas. Después de algunos años, fue aprehendido y encarcelado en la malhadada prisión de Abu Ghraib; de ahí fue trasladado a la prisión conocida como Campo Bucca, también con acusaciones de tortura y tratos crueles. Allí conoció a al-Baghdadi, el fundador de la organización Estado Islámico (ISIS), y según varios analistas, fue allí en donde se formó. En 2011 al ser liberado se dirigió a Siria para crear el Frente al-Nusra, filial de Al-Qaeda.
La guerra que estalló en Siria fue sumamente violenta, conforme el tiempo pasaba y el régimen de Al-Asad resistía, los grupos insurrectos se radicalizaban más y las manifestaciones de crueldad arreciaron con la aparición del Estado islámico, también conocido como DAESH por su referencia a Iraq y Siria. Los civiles atrapados en esta guerra tuvieron que tomar partido y en las zonas dominadas por los grupos islamistas se creó un régimen radical.
A pesar de que Estados Unidos apoyó y armó a los rebeldes sirios, cuando el Estado islámico comenzó a ser la fuerza dominante en el conflicto, pareció recular. El “califato” establecido por ISIS llegó a tener una extensión comparable a la de Reino Unido. Para combatirlo el gobierno estadounidense apadrinó a los rebeldes de la región kurda al norte de Siria, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS); mientras que el régimen de Al-Asad aceptó la ayuda de Hezbolá. Las fuerzas de los kurdos y de Hezbolá lograron debilitar en buena medida la amenaza de ISIS en la región.
El organismo de las FDS se convirtió en uno de los grupos armados más importantes del país, integrado por varias milicias: las Yekîneyên Parastina Gel (YPG), Unidades de Protección Popular compuestas por voluntarios extranjeros, principalmente anarquistas y comunistas; las Yekîneyên Parastina Jin (YPJ), Unidades Femeninas de Protección formadas por mujeres kurdas; y algunas facciones del Ejército Libre Sirio entre los que se encontraban miembros de varias confesiones y de grupos étnicos como asirios, drusos y beduinos. Durante la guerra las FDS crearon una autoridad civil para gestionar los asuntos civiles en los territorios bajo su control conocida como la DAANES o Rojava.
Por su parte Al-Sharaa decidió poner distancia con el Estado Islámico y aliarse a un gran frente de grupos islamistas conocidos como Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), Organización para la Liberación del Levante. En diciembre de 2024, con Al-Sharaa al frente, logró derrotar al régimen de la familia Asad y tomar el poder, autoproclamándose como el nuevo presidente de Siria. Algo en lo que sin duda influyeron las acciones y el boicot de Estados Unidos, pero también el retiro de Turquía e incluso de Rusia. Lo mismo que la tensión constante con Israel, la inestabilidad por la guerra en Gaza y las provocaciones de Hezbolá en Líbano, que dejaron a Bashar completamente solo.
Después de establecer un nuevo gobierno, el mayor reto de Al-Sharaa ha sido la desmovilización de las milicias que continúan actuando en el país, siendo la más importante la de las Fuerzas Democráticas Sirias. Tras semanas de negociaciones apenas este 30 de enero de 2026 se estableció un alto el fuego. El acuerdo establece que una parte de las fuerzas serán integradas al ejército sirio, no como individuos sino grupalmente, formando batallones. También se acordó la integración de las instituciones de autoadministración de la región kurda, cuyos trabajadores serán afiliados al aparato estatal.
Sin embargo, no todos dentro de la FDS están de acuerdo con este plan. Algunas de estas facciones dicen desconfiar del gobierno encabezado por el antiguo yihadista Al-Sharaa y su ejército, por lo que no parecen dispuestas a desmovilizarse. Por ejemplo, la Brigada Democrática del Norte, que ha manifestado su negativa a entregar las ciudades de Hasakah y Kobane al gobierno sirio. O las milicias Sutoro, formadas por asirios y armenios, que anunciaron que seguirán activas.
Las divergencias entre el gobierno y las FDS han expuesto otro gran problema que es la amenaza latente del Estado Islámico, que, aunque muy debilitado, ha tomado el desierto como su refugio y sigue contando con apoyos en varias regiones del país. A esto se suma que miles de presuntos combatientes del EI y sus familias permanecen en centros de detención en el norte de Siria.
Es importante hacer referencia al más grande de ellos, el de Al-Hol, que podría ser la cárcel más grande del mundo, con una población que llegó a rondar las 75 mil personas, y que actualmente se estiman en alrededor de 30 mil. Comenzó como un campo de refugiados que huían de Iraq en los años noventa, sin embargo, en el contexto de la guerra en Siria se convirtió en una base del Estado Islámico. Tras la toma de la ciudad por las FDS en 2019, se estableció como campo de detención, dividido en secciones destinadas a sirios e iraquíes y otra para mujeres y niños relacionados con ISIS. Este centro no funciona como una cárcel convencional, sino que las FDS dejaron que se autogestionara, suministrando apenas lo necesario para su supervivencia, condenando a miles de personas a una vida de miseria y gran violencia, pero también a un ambiente de radicalización ideológica (El País, 28/11/2022).
La presencia de extranjeros es notable porque suman 60 nacionalidades, muchas europeas lo que mide los alcances que llegó a tener ISIS. Esto ha generado conflictos y problemas que no han sabido como enfrentar los países de origen y se niegan a recibir a mujeres e hijos producto del mestizaje, quedando en un limbo legal.
En 2025 el gobierno sirio acordó con las FDS dejar que una parte de los detenidos en Al-Hol se trasladaran a Iraq lo que ayudó a disminuir la población de campamento, mientras que unos 300 han sido devueltos a sus lugares de origen para reinsertarlos a sus comunidades.
Tras la fuga de cientos de militantes islamistas de la prisión de Al-Shaddadi y de detenidos del campamento Al-Hol, se reabrió el debate sobre el destino de estas personas. Los habitantes de Al-Hol que en su mayoría son familiares de combatientes de ISIS (esposas, hijos, sobrinos) no pueden seguir detenidos pues directamente no se ha determinado su culpabilidad. Pero son en su mayoría fervientes defensores del Estado Islámico y por tanto se les percibe como amenaza, aunque muchas mujeres europeas cuentan que sólo siguieron a sus maridos. A pesar de ello, los habitantes de Al-Hol cuentan con la simpatía de los islamistas del nuevo gobierno sirio por lo cual, es posible que se acuerde su reinserción en sus comunidades con consecuencias imprevisibles.
Todo esto sugiere que el resurgimiento de ISIS en Siria es una posibilidad real. El Estado Islámico sigue teniendo una gran influencia entre los jóvenes que forman parte de una generación que ha estado expuesta a esa ideología desde su infancia. Los adolescentes de hace 14 años —cuando comenzó la guerra— son los combatientes de hoy. Agrupados en torno a la ideología de ISIS, operan de forma encubierta como células durmientes (Beyond Asad: The Rise of Hay’at Tahrir al-Sham and Syria’s Uncertain Future, 2014).
Quedó claro en el ataque ocurrido el pasado 13 de diciembre en Palmira contra una patrulla estadounidense, que causó la muerte a dos soldados estadounidenses y un intérprete. El ataque fue reivindicado por el ISIS. El gobierno de Trump respondió con el lanzamiento de 90 proyectiles, se dijo que contra 35 objetivos de la organización. Aunado a ello, Estados Unidos impulsó un acuerdo con el gobierno iraquí para trasladar a cerca de siete mil de los combatientes de las cárceles sirias a Iraq, comenzando con un grupo de 150 hombres.
El analista Daniel Neep advierte de la tentación de explicar los problemas en Siria como resultado de la diversidad étnica y religiosa. Aunque no hay duda de que los años de guerra profundizaron estas divisiones; por eso garantizar los derechos de todos los grupos, así como el establecimiento de un Estado secular —a pesar de la raíz islamista de quienes detentan el poder actualmente—, resulta el medio para que el proceso de pacificación no se interrumpa.
* Seminario Universitario de Culturas del Medio Oriente (SUCUMO) de la UNAM