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Es la segunda parte del texto del Premio Crónica por sus 65 años en el Departamento de Fisiología del Cinvestav. “Confío en poder continuar así, mientras la salud me lo permita y conserve la capacidad de asombro ante ese mundo fascinante que son las neurociencias”

Pablo Rudomin: “Para mí la ciencia ha sido y aún lo es una aventura maravillosa”

Festejo. El doctor Pablo Rudomin.

Ante esta situación pedí una cita con el Dr. Guillermo Massieu, entonces director del CINVESTAV, y le expliqué que no se trataba de una cuestión administrativa o logística, sino de una necesidad real para continuar con nuestras investigaciones. Resolvió, que tal y como se había acordado con el Dr. Rosenblueth, la computadora se instalaría anexa a mi laboratorio y que además se habilitara un espacio adicional para que el Dr. Adolfo Guzmán Arenas y su grupo en Ingeniería Eléctrica pudieran usarla en los proyectos de investigación que requirieran procesamientos en tiempo real. Desafortunadamente la decisión del Dr. Massieu no fue bien recibida por el Dr. García Ramos.

A partir de ese momento, las tensiones se intensificaron. Este episodio se sumó a desacuerdos con otros miembros del Departamento y puso en evidencia algo más profundo: un choque entre dos visiones. Por un lado, una 4 visión más rígida, jerárquica, poco abierta al cambio; por otro, una generación que exigía participación, modernización y una nueva forma de entender tanto la ciencia como la vida académica. No fue casual que esto ocurriera después de los sucesos del 1968.

En 1975 tomé un segundo receso sabático en Gotemburgo, Suecia, en el laboratorio de Anders Lundberg. Esa estancia fue decisiva para mi desarrollo científico, tanto por el trabajo realizado como por las relaciones académicas y personales que allí se consolidaron. Tuve la oportunidad de colaborar estrechamente con Elzbieta Jankowska, una de las figuras más relevantes en la fisiología de la médula espinal, con quien mantuve una colaboración que continúa hasta hoy. También establecí una relación muy cercana con Ingemar Engberg, entonces en Aarhus, Dinamarca, con quien desarrollamos una colaboración científica y personal particularmente fructífera. Estas experiencias reforzaron mi convicción de que la ciencia de primer nivel no puede hacerse en aislamiento.

Además de mis estancias en el NIH y en Gotemburgo, fueron fundamentales otras visitas de trabajo, casi todas de varios meses, con Robert Schmidt en Würzburg, con Willliam Willis en Galveston Texas, con Robert Werman y Patrick Wall en Jerusalén y con Ulises Cortés, Javier Bejar y Mario Martín en Barcelona. Lo más importante es que estas colaboraciones no fueron contactos pasajeros. Todos ellos vinieron posteriormente a trabajar durante varios meses en nuestro laboratorio en México, al igual que otros investigadores de gran prestigio como Motoy Kuno, David Carpenter y Horacio Vanegas.

Estos intercambios enriquecieron profundamente nuestro trabajo y fueron esenciales para la formación de nuestros estudiantes y el desarrollo de un ambiente científico de alto nivel. En 1977, el Dr. García Ramos terminó su gestión como jefe del Departamento, lo que marcó un punto de inflexión: dio paso al esperado cambio generacional. Jorge Aceves asumió la jefatura, seguido posteriormente por Hugo Aréchiga. En esta etapa se incorporaron nuevos investigadores como Marcelino Cereijido, Enrico Stefani, Martha Romano, Julio Muñoz y Carlos Méndez y más tarde José Segovia, Rafael Gutierrez, José Luis Reyes y Eugenio Frixione, entre otros, consolidando así un grupo académico más diverso y dinámico.

Durante su estancia en el Departamento, todos estos investigadores formaron numerosas generaciones de estudiantes y jóvenes científicos. Varios de esos alumnos alcanzaron posteriormente un amplio reconocimiento internacional y, en muchos casos, se incorporaron como profesores e investigadores del propio Departamento, contribuyendo así a mantener y renovar una tradición académica caracterizada por la excelencia científica, la formación de recursos humanos y la continuidad de líneas de investigación de frontera.

Un segundo momento decisivo ocurrió en 1985, cuando se fusionaron los Departamentos de Fisiología y Neurociencias. Esta iniciativa surgió cuando el entonces director del CINVESTAV, el Dr. Manuel Ortega, me propuso hacerme cargo del Departamento de Neurociencias, que en ese momento tenía una estructura débil y baja productividad. Tras diversas discusiones, propuse una solución alternativa: fusionar temporalmente ambos departamentos, fortalecer el área de neurociencias mediante la incorporación de nuevos investigadores y, eventualmente, separarlos nuevamente. Aunque esta separación nunca ocurrió, con el tiempo se hizo evidente que la integración había sido una decisión acertada.

Dio lugar a un Departamento con un perfil único, donde convergen la biología molecular, la biofísica y las neurociencias. 5 Visto en retrospectiva, estos procesos —marcados por tensiones, decisiones difíciles y cambios generacionales— fueron esenciales para construir el Departamento que hoy celebramos. Un espacio académico plural, dinámico y en constante evolución. Algunas reflexiones finales: En los párrafos anteriores hice un relato breve de algunas experiencias personales a lo largo de mis ya 65 años de trabajo en el CINVESTAV. No es necesario insistir en que, a partir de 1977, con el cambio de jefatura y la participación activa de los investigadores, se generó un entorno que permitió desarrollar nuestras actividades con pocas limitaciones más allá de la imaginación.

Ello condujo, en muchos casos, a estudios con amplio reconocimiento nacional e internacional, particularmente después de 1985, cuando se fusionaron los departamentos de Fisiología y Neurociencias. La cuestión es el presente: ¿cómo estamos ahora? Contamos, sin duda, con un Departamento sólido, con contribuciones significativas. Sin embargo, estas se ven hoy restringidas por factores estructurales que requieren atención urgente. En primer lugar, la creciente carga de normatividad burocrática limita seriamente el desarrollo de la investigación, al obligar a destinar una cantidad desproporcionada de tiempo a trámites administrativos —especialmente para la adquisición de insumos y equipo de cómputo, que además dependen de autorizaciones externas.

En segundo lugar, la reducción sostenida de recursos para proyectos dificulta la actualización metodológica y merma nuestra capacidad de competir internacionalmente. Finalmente, se percibe un desaliento creciente entre los estudiantes, marcado por la incertidumbre sobre su futuro profesional. Esta situación contrasta claramente con la que vivimos quienes iniciamos el Departamento de Fisiología a principios de los años sesenta, cuando el porvenir parecía menos incierto: existía la convicción de que, con trabajo serio y la obtención del doctorado, habría oportunidades reales para continuar una carrera académica y científica.

Hoy, en cambio, muchos estudiantes que optan por el doctorado se encuentran más preocupados por obtener un título que les permita acceder a un empleo estable, conscientes de que las posibilidades de incorporarse a la investigación en México, particularmente después de una estancia posdoctoral, son limitadas e inciertas. Atender estos retos no es sencillo, pero sí necesario. La fortaleza construida durante décadas constituye una base valiosa; el desafío actual es adaptarla a un entorno más complejo sin perder la vocación académica que históricamente ha distinguido al Departamento. Visto en retrospectiva, para mí hacer ciencia en México ha sido una gran experiencia, a pesar de todas las dificultades.

Ha sido muy gratificante saber que, además de algunos logros científicos, pude contribuir modestamente al desarrollo de la ciencia. Para citar a Newton: “Era como un niño jugando en la orilla del mar, divirtiéndome de vez en cuando al encontrar una piedra más lisa o una concha más hermosa de lo habitual, mientras el gran océano de la verdad yacía aún sin descubrir ante mí”. Así es como me he sentido. Para mí la ciencia ha sido y aún lo es una aventura maravillosa.

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