
María Elena Medina-Mora
Miembro de El Colegio Nacional
El tema, drogas y sociedad, ha sido el eje de mi trabajo, está en el centro del análisis internacional; hay consenso sobre la necesidad de atender el problema con políticas firmes de Estado pero se discuten los caminos para reducir sus costos.
Su abordaje es difícil porque quizás, como ningún otro tema, está rodeado de ideología, juicios de valor, posiciones de poder, que se constituyen en barreras en la búsqueda de mejores respuestas; su estudio desde una perspectiva científica ha sido mi compromiso.
Me interesaron siempre los problemas que se ubican en la frontera entre lo individual y lo social, encontré en las adicciones un tema que me permitía estudiar esta interacción y en la propuesta psicosocial del doctor De la Fuente, un modelo que, y cito textual, “permitía transitar entre lo biológico, lo psicológico y lo social; el organismo, la personalidad, el grupo, la sociedad y la cultura vistos en interacción recíproca continua”.
El abuso de drogas en nuestro país ha adquirido una visibilidad creciente, sin embargo, prevalece una confusión importante sobre la naturaleza del problema y sobre las mejores respuestas.
Los avances en la investigación proveniente de diferentes disciplinas, han incrementado sustancialmente nuestra comprensión de los efectos de las drogas y de sus interacciones con factores propios del individuo y de su entorno sociocultural.
Sabemos que las adicciones son una enfermedad del cerebro y que a pesar de que cada tipo de droga tiene un mecanismo de acción farmacológico propio, todas activan el sistema mesolímbico dopaminérgico que es el circuito motivacional, es decir, producen efectos placenteros en el individuo que las consume lo que refuerza la conducta y sienta las bases para que las personas que han experimentado sus efectos, las usen repetidamente; esta conducta junto con interacciones complejas de factores psicológicos, neurobiológicos y sociales, explican el desarrollo de la dependencia.
También sabemos que el impacto colectivo no es una función directa del número de usuarios o de personas que han desarrollado dependencia, ni aun de la severidad de la misma, median factores derivados del tipo de droga, depresora o estimulante, de las políticas públicas que impactan sus precios y determinan si son difíciles o fáciles de adquirir y del contexto social global como por ejemplo si se trata de sociedades orientadas al uso de la violencia, incluyendo la utilización de armas, para dirimir conflictos.
Sin embargo a pesar del avance de la ciencia, en la discusión sobre las políticas públicas, con frecuencia se dejan a un lado las diferencias entre las distintas sustancias y su grado de peligrosidad; se asume también que todas las personas que consumen son iguales cuando en realidad hay importantes variaciones genéticas y de desarrollo que hacen a unos individuos más vulnerables que otros para experimentar con drogas y para desarrollar dependencia; se olvida el papel del contexto en el que interactúan las drogas con los individuos y se opta por dejar fuera del debate consideraciones sobre las consecuencias positivas y negativas asociadas tanto con el consumo de distintas sustancias como con las respuestas sociales y con las políticas públicas.
¿Cuál es el problema al que nos enfrentamos?
El problema de las adicciones como lo conocemos hoy en día, tiene sus orígenes en la primera mitad del siglo pasado, cuando se promueve el cultivo de opio para un mercado afectado por las heridas de guerra y necesitado de drogas para manejo del dolor. Los avances científicos habían logrado sintetizar una sustancia a partir de la morfina, a la que denominaron heroína porque consideraban que resolvería la necesidad de productos analgésicos en los campos de batalla.
Pronto se hizo evidente que el potencial adictivo de esta sustancia era mayor y pasó a la lista de sustancias controladas. Una parte de los enfermos a los que se suministró este producto desarrollaron dependencia y buscaron drogas en el mercado ilegal, los jóvenes de países con la tradición ancestral de fumar opio, cambiaron a la heroína, en forma inhalada o inyectada; el incremento de la demanda mundial que siguió a éstos y otros eventos, estimuló la producción de opio y heroína, sus consecuencias el tráfico ilícito y la corrupción. México entendió el riesgo potencial e inicia campañas de destrucción de plantíos.
A pesar de esto, el país se integra en forma, al grupo de países productores ilegales de drogas después de la reducción del cultivo de opio en el sureste de Asia. Como hemos visto suceder a lo largo de los años, ante la reducción de una fuente de abastecimiento, los traficantes buscan nuevos horizontes. México representaba varias ventajas, distribución local, frontera con un importante mercado, clima, lugares aislados, pobreza; junto con Colombia produce el 5% de la disponibilidad mundial y nuestro país es uno de los cinco países que hoy en día cultivan opio de manera ilegal.
A pesar de la disponibilidad de drogas en México, la demanda se mantuvo por un tiempo considerable en un bajo nivel. Aún, hoy en día, los índices de consumo son comparativamente menores a los que se reportan en otros países de la región y en los países más desarrollados. Hacia la mitad del siglo pasado había un uso restringido en pequeños grupos, la mariguana era consumida por grupos marginales, la cocaína por grupos sofisticados y la heroína por grupos remanentes del fenómeno de la posguerra.
Por influencia marginal del movimiento Hippie la mariguana cambia de estatus y se convierte en un símbolo de rebelión entre la población joven de todas las clases sociales, es actualmente la droga de mayor uso en México y en el mundo. El abuso de heroína también ha mostrado importantes oscilaciones con periodos de mayor demanda de tratamiento y periodos de aparente disminución. Su consumo se ha observado preponderantemente en poblaciones que viven en la frontera norte del país, pero existen brotes preocupantes en otras entidades.
El panorama cambia a finales de la década de los 1980’s, con el ingreso de la cocaína al mercado nacional. Esta sustancia se intercambia por droga y no por dinero como ocurría cuando la producción y tráfico buscaban principalmente los mercados internacionales; en la ampliación de un mercado local se buscan introductores, especialmente entre los jóvenes quienes mantienen su consumo a través de la venta de sustancias entre sus pares.
México contempla el problema desde una perspectiva avanzada; considera que el adicto es un enfermo que requiere tratamiento y no penaliza el uso; sin embargo, problemas en la definición de lo que constituye una cantidad para uso personal y la falta de competencia local, situación en proceso de modificación, facilitaron la oferta de drogas en las calles.
Cuando se habla de distribución de drogas se piensa en narcotráfico y crimen organizado; sin embargo, el mercado más importante ocurre en las calles a través de redes de individuos fácilmente sustituibles, organizaciones pequeñas que operan en forma descentralizada y que colocan una amplia red de intermediarios entre el individuo y el vendedor, es en este escenario en donde nuestros jóvenes tienen acceso a las drogas. Por ello, detener a un gran número de distribuidores, no tiene efectos si no se reduce simultáneamente la demanda a través de programas de tratamiento y prevención.
