
En un tiempo donde la brújula moral parece haberse extraviado entre lo material y lo innecesario, vale la pena regresar la mirada hacia la antigua Grecia y escuchar la radical propuesta de Diógenes de Sínope. Lejos de la pretensión de los filósofos de su época, Diógenes eligió vivir en una verdadera austeridad republicana, despojándose de casi todas las posesiones terrenales. Su postura no era un simple capricho, sino una profunda y lúcida declaración: la felicidad no depende de tener muchas cosas, sino de vivir con sencillez y virtud. Para el sabio cínico, la libertad absoluta nacía de reducir las necesidades a lo estrictamente natural, demostrando que cuanto menos se necesita, más se asemeja uno a los dioses, que no carecen de nada.
Sin embargo, la sociedad actual transita exactamente por el camino opuesto. Vivimos atrapados en el error colosal de medir el valor de una persona por lo que posee; nos hemos convertido en esclavos de nuestras propias comodidades; trabajamos jornadas interminables para adquirir bienes efímeros, olvidando por completo lo verdaderamente esencial: buscar ser buenos seres humanos. Este enfoque equivocado de prioridades ha permeado y pervertido profundamente el sentido de la educación. Hoy en día, las aulas y las instituciones ya no forman para la sabiduría ni para la templanza, sino que fomentan la acumulación de riqueza y el éxito económico por encima del deber ser y la justicia social.
Las consecuencias de esta distorsión son alarmantes y cotidianas. Hemos llegado al extremo absurdo de observar gobiernos que en el discurso hablan de humildad y rechazo a la ostentación, pero en los hechos no tienen empacho en mostrar los lujos en los que viven; líderes educativos de instituciones públicas cuyas prioridades institucionales se centran en presumir y contar con automóviles de alta gama para su uso, mientras que en las mismas universidades los alumnos sufren carencias esenciales, como la falta de papel de baño en los sanitarios. El lujo del administrador se sostiene sobre la carencia del estudiante.
Paralelamente, encontramos a padres de familia que escatiman o se niegan a pagar las colegiaturas justas, o que exigen becas e incentivos económicos, al tiempo que presumen poseer tres propiedades. ¿Qué sentido tiene este orden de prioridades? ¿En qué momento normalizamos que la avaricia individual opaque la dignidad colectiva?
La frase de Diógenes “el sabio es rico con poco” cobra hoy una vigencia urgente y desafiante. No se trata de vivir en la miseria, sino de desenmascarar el absurdo de un consumismo desmedido que nos vacía por dentro. Cuando el ser humano comprende que la abundancia no reside en la cantidad de objetos acumulados, sino en la generosidad del alma y en la mesura, las prioridades cambian de raíz.
Es necesario rescatar el sentido ético de la existencia, pues valorar lo que verdaderamente necesitamos nos libera de la angustia de la competencia material y nos devuelve la capacidad de mirar al prójimo, lo cual hoy no sucede.
Es momento de favorecer la solidaridad frente al egoísmo, de entender que la educación debe formar caracteres íntegros y no máquinas de producir dinero. Solo así podremos romper las cadenas de este falso progreso y construir, desde la sencillez y la virtud, una sociedad donde la dignidad humana vuelva a ser el único tesoro innegociable.
Director General del Colegio del Tepeyac
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