
Quisiera contar que de niño a veces acompañaba a Martha Donís, segunda esposa de mi padre [...], a sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras. Ridículo, me permitía yo [...] hacerme acompañar, a mi vez, de un cuaderno escolar donde dizque tomaba nota de lo que los profesores universitarios dictaban y alguna vez estuve presente en una clase de Ramón Xirau.
Antonio Alatorre, a su vez, fue el ejemplo de un filólogo sin universidad y colega leal que me ayudó a desentrañar misterios eclesiológicos y escriturísticos al redactar mi Vida de fray Servando (2004). Educado yo mismo en el jacobinismo de la Revolución mexicana y en el amor por la ciencia, fuese freudiana o soviética, la guía de Alatorre por el mundo para mí ignoto de la Iglesia católica fue inestimable. Con Salvador Elizondo, otro admirado maestro de Plural [...], no tuve otra relación que la cordialidad.
[...] Como era habitual entre los profesionistas liberales, mi padre soñó con que me titulase y obtuviera su consultorio por herencia. Hubo de conformarse con legarme primeras ediciones, autografiadas, de Juan José Arreola, Juan Vicente Melo e Inés Arredondo. Pero no andaban tan erradas sus ilusiones habiendo quienes murmuran que la crítica literaria es una forma de la psiquiatría [...].
Inmensa me pareció la biblioteca de Jaime García Terrés, que visité de niño por razones muy simples: era compañero de escuela de su hijo y algún domingo fui convidado, junto con otros rapaces, a un festejo. La primera vez que, según recuerdo, escuché la palabra “poeta” aplicada a una persona viva ejerciendo un oficio, refería a don Jaime. Muchos años después, en 1986, fue él quien me encargó la hechura de los dos tomos de la Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989 y 1991), que compilé con toda libertad mientras trabajaba yo en el Fondo de Cultura Económica, dirigido entonces por el propio García Terrés, como antes lo había hecho mi querido José Luis Martínez, el historiador literario y biógrafo de Hernán Cortés, la única persona que me ha invitado a firmar un libro con él (La literatura mexicana del siglo XX, 1995) [...]. A otro de los miembros ya ausentes de El Colegio Nacional, José Emilio Pacheco (JEP), debo nada menos que la elección del oficio ante el cual me presento ante ustedes, la crítica literaria [...].
Si JEP estuvo en los orígenes de mi vida pública, con el arquitecto Teodoro González de León [...] compartí, un poco, tímidamente, mi pasión privada: no la música sino la melomanía. Hace tiempo me pregunté cómo era posible que, siendo lector, a veces obligado, pero casi siempre curioso y hasta mórbido, de literatura contemporánea, lo ignorase casi todo sobre la música clásica de nuestro tiempo, tan incomprendida por buenas y malas razones. En ese tenor, le pedí a Teodoro, iniciado en el instante moderno, una lista de discos compactos que debería yo comprar y oír. No la he agotado y la agradezco; cada vez que me enfrento a la escucha enigmática, le consulto a Teodoro [...].
Con Octavio Paz [...] nunca tuve una amistad como la que disfruté con Alejandro, que tenía la edad para ser mi padre. Octavio encaja mejor en la figura distante del abuelo decimonónico, a cuya vasta progenie me agregué como uno de los más jóvenes, al ingresar a Vuelta. A la revista me invitó Enrique Krauze, quien [...] no sólo hizo de aquella mi casa, como lo es hoy Letras Libres, su legítima sucesión, sino que me incitó a practicar un arte entonces despreciado en México, el de la biografía [...].
A diferencia de lo que sucedía con Rossi [...], la edad y la distancia, remarcadas natural y cortésmente por Paz, hacían que nuestras conversaciones fueran, por lo general, políticas y literarias [...] La narrativa, sobre la cual yo ejercía la reseña al alimón con Fabienne Bradu, le interesaba poco al viejo poeta de obediencia surrealista. Sin embargo, como yo era el único de los jóvenes de su entorno que había militado en el ámbito marxista, como él en su juventud, ese hombre de izquierda [...] compartía conmigo minucias, trivialidades y herejías del movimiento comunista internacional [...] hasta que, fatalmente, él interrumpía, abrupto, el diálogo con cierta maldad involuntariamente lacaniana. Octavio fue, sin querer, testigo de momentos aciagos de mi vida privada y, desde su reserva, me regaló momentos de ternura que atesoro.
Gracias a Paz ratifiqué que la crítica política, intelectual, literaria y artística, que él ejercía como una forma de respiración, era una pasión arrebatadora. Me enseñó [...] que no es lo mismo ser valiente que bravucón, que la paciencia es astucia y no cobardía, que una cosa son los adversarios ideológicos y otra los enemigos personales, que la verdadera amistad [...] es una categoría filosófica, una hermandad en las ideas que implica el amor constante a la discrepancia [...]
II
A diferencia de otros oficios, el de crítico literario exige una permanente explicación de qué es y cómo se ejerce. Mal o bien, el público lector (ningún otro me interesa) entiende qué es un poeta o asunta la actividad de un novelista, mientras que la figura del crítico es esquiva y equívoca. Es frecuente [...] que a los críticos literarios nos pregunten si, además de “criticar”, escribimos; es decir, si nos dedicamos a la “verdadera” literatura, sea prosa o poesía.
Se duda de que los críticos [...] seamos escritores, pues se confunde a la lírica o a la imaginación relatada con la literatura, excluyendo del cuerpo de ésta a la prosa ajena a la ficción; en tanto la mayoría de los críticos literarios nos expresamos a través del ensayo, que es la principal, aunque no la única, forma de la crítica moderna. El ensayo literario, por cierto, incluye la disertación sobre las telarañas (lo ha demostrado Hugo Hiriart, otro de mis mayores), pero no sólo se dedica a la delectación morosa y ensayistas también somos quienes hacemos historia literaria (como lo he hecho [...] con La innovación retrógrada, 1805-1863), pues el crítico atiende, con el ensayo, la novedad y renueva la tradición. Es fácil volver a elogiar a Virgilio o a José Lezama Lima. Lo difícil es criticar a un contemporáneo con el cual nos toparemos en el café o en la librería. Más arduo es enjuiciar, sobre todo si se hace desfavorablemente, el libro de un debutante, joven o no, poeta o prosista y, si así lo creemos, criticarlo de manera pública. Sólo quienes carecen de verdadera vocación se amilanan ante una primera reseña negativa. Un crítico de artes o letras es aquel que, frente a lo que le es antipático, abre los ojos y se obliga a ver o a leer [...].
A los escritores que hacemos primordialmente crítica literaria nos ofenden excluyéndonos del gremio de los escritores. De privar esa taxonomía, no lo seríamos quienes hacemos non-fiction, para utilizar el método crítico de Barnes & Noble [...]. No todos los críticos somos grandes escritores, concluía William Empson, pero todos somos escritores.
He investigado de dónde viene la idea de que quien se abstiene de escribir poesía, novela o teatro, no es un creador sino un frustrado, doblemente frustrado [...] si oficia además como crítico literario. La genealogía del asunto, en los tiempos modernos, parece remontarse al teatro inglés del siglo XVIII cuando el crítico, amafiado con las compañías de actores, ejercía de César en el Coliseo decretando el fracaso de un indefenso autor dramático cuya obra tronaba [...]. Esa mala reputación, proveniente del teatro, pasó a la literatura con el supuesto asesinato del poeta John Keats, quien habría muerto de tristeza porque en 1817 los críticos conservadores despedazaron uno de sus últimos libros [...].
* Discurso de ingreso a El Colegio Nacional
