Cultura

Cuento

Pronta recuperación

Usted está llamando a Pronta recuperación, si conoce la extensión, márquela, sino, espere en la línea a que le atienda una de nuestras operadoras o seleccione la opción que desea consultar.

Un pitido. Música instrumental.

Después: Si usted quiere contratar el paquete superación inmediata, marque uno; si quiere un servicio de limpieza de corazón, marqué dos; si quiere…

Por fin alguien contesta del otro lado y la voz robotizada desaparece. Anastasia escucha el suspiro de la operadora antes de endulzar el tono y soltar el ya conocido “Gracias por marcar a Pronta recuperación, la atiende..”

—Me importa una mierda quien me atiende —. Los dedos de Anastasia se tornan carmesí al sujetar su celular con la fuerza que su enojo le demanda—. Su servicio es una porquería. Me han estado transfiriendo todo el rato y yo lo que quiero es una maldita solución.

Silencio. La operadora carraspea.

—De acuerdo, señorita eh… ¿Anastasia? En el monitor puedo ver que el servicio que usted solicitó fue superación inmediata…

—¡Y de inmediata no ha tenido nada! Llevo tres malditos meses pidiendo que me solucionen el problema de las voces y nada.

—Entiendo —. La operadora teclea del otro lado de la línea. Tarda algunos segundos en los que la angustia de Anastasia se convierte en un dolor agudo en el estómago, temiendo que la transfieran una vez más—. Sí, se han levantado varios tickets —un silencio que oprime se cierne sobre las dos. La operadora tantea el terreno— Es por protocolo, pero debo preguntar, ¿siguió las indicaciones al pie de la letra?

Anastasia se aprieta el huesito de la nariz, se separa del celular, respira.

—Sí, lo hice, señorita —suelta en un susurro casi suplicante—. Se lo juro que ya hice todo. Lo que necesito es que me manden a una técnica, ¿de acuerdo? Necesito que vengan a mi casa a solucionarlo.

Los dedos de la operadora se deslizan, una vez más, por las teclas. Anastasia se pregunta si estará chateando o si en verdad está revisando algo en su expediente. Quizás ahora mismo está leyendo su trágica historia de amor con Marcela. Quizá se estará burlando de que salió con una Tarotista cuando ella es abogada y la mujer más escéptica que haya pisado el planeta.

—Entiendo, señorita Anastasia. De parte de Pronta recuperación lamentamos mucho lo ocurrido, le enviaremos una técnica en… —rumia— Tres semanas.

—¡¿TRES SEMANAS?!

Anastasia salta del sillón donde se encuentra sentada, por un momento sus sentidos se ven obnubilados. Logra calmarse con las técnicas de respiración que aprendió de su maestra de yoga. Traga saliva.

—Escúchame bien… si tú te atreves a siquiera pensar que me puedes dejar esperando tres semanas voy a demandar a tu maldita empresa ¿entiendes?

La operadora suspira. Pareciera que está acostumbrada.

—¡Soy abogada! Y una muy buena, por cierto, así que ya estás advertida… Es más, ¿sabes qué? ¡Pásame a tu supervisora!

—Señorita Anastasia, mi supervisora se encuentra en otra llamada, entiendo su malestar pero…

—Me mandas a la técnica hoy mismo, o te juro que no solo tú te quedas sin empleo, sino toda su maldita Pronta recuperación.

Silencio. Las teclas vuelven a sonar.

—Señorita Anastasia, usted ha sido una clienta excepcional —. El tono se ha vuelto cansado, monótono. La operadora no podría estar más harta—. Le enviaremos a una técnica hoy a las cinco de la tarde, ¿le queda bien?

—La estaré esperando.

—Gracias por marcar a…

Anastasia cuelga. Se recuesta sobre el sillón, cierra los ojos. Una punzada de malestar y culpa la asaltan. Piensa entonces que ha sido muy grosera, incluso desbloquea el celular para volver a llamar y disculparse pero sabe que es una perdida del tiempo porque contestara otra operadora, o no, quizás conteste la misma, pero ya no tiene sentido. Cruza las piernas y coloca las manos sobre su pecho, siente su corazón. Justo cuando está por suspirar de alivio porque está tranquila, llegan las voces.

Se trata de la risa de Marcela acompañada de un “Te amo, An. Eres la mujer más inteligente del mundo”. Anastasia aprieta los párpados. Las palabras de su ex novia se sienten como calambres en su cabeza que terminan por extenderse a todo su cuerpo y le provocan un dolor que hormiguea. No termina de entender si es su voz, la oración en sí, o el inevitable despertar de recuerdos que la atormentan lo que tanto la lastima.

—Si tanto me amabas me hubieras cuidado —responde Anastasia a una Marcela ausente y completamente ajena a sus palabras.

Sube a su habitación, pone una alarma a las cuatro y treinta. Coloca su cabeza sobre la almohada y después se aísla con los audífonos donde pone música instrumental para dormir. Sueña con Marcela: con sus tatuajes, su cabello negro y el delineado grueso. En sueños no existe el dolor, ni siquiera la extraña, pero cuando abre los ojos y las voces vuelven, quiere ir a buscarla, no para besarla o pedirle que regresen, sino para recriminarle, decirle que es una mentirosa, que los “te amo” no se sueltan así de fácil y menos cuando son falsos.

La alarma suena, se despierta y baja a la puerta principal, donde espera como perra guardiana a que llegue la técnica. Los minutos discurren pesarosos. En esa media hora le llega un susurro “Te compré sushi, tu favorito… Me debes unos besos” Anastasia se aprieta las sienes mientras piensa que hubiera preferido mil veces pagarle el sushi antes que besarla. Después se descubre a sí misma debatiendo en su interior y reafirmando que eso es una mentira, que besarla es lo que más extraña.

El timbre suena a las cinco con uno y Anastasia abre antes de que siquiera la técnica logre despegar su dedo del timbre. Anastasia le dedica una mirada que devela su desesperación, mientras que la técnica masca un chicle y frunce el ceño. Es un momento en el que ambas se dan cuenta que no son a quien esperaban. Anastasia es una clienta complicada, y la técnica, una mujer que odia su trabajo.

—Buenas tardes, señorita —-La técnica revisa su lista de clientas—. ¿Anastasia?

Anastasia asiente, la toma de los hombros y la mete a la casa.

—Soy Beatriz, mucho gusto, vengo de…

—De Pronta recuperación, ya sé… Muy bien, te explico —las palabras se le enredan en la lengua— Mi ex novia y yo terminamos hace seis meses, yo contraté su servicio de superación inmediata porque soy una mujer sumamente ocupada y necesito trabajar, y el dolor y los recuerdos y todas esas cosas no me dejaban concentrarme —hace una pausa para tomar aire—, todo iba bien hasta que un día volvieron sus palabras.

Beatriz frunce el ceño, anonadada.

—¿Sus palabras?

—Sí, están en mi cabeza, ¿entiendes? Se repiten una y otra vez, pero son distintas. Entonces reavivan los recuerdos y es una maldita pesadilla. Es como si estuviera aquí todavía, diciéndome esas cosas, esas mentiras.

Beatriz asiente.

—Muy bien, ¿siguió las…?

—¡Hice todo! Créeme, todo —sus brazos abarcan la casa en una expresión desesperada—. Tiré sus cartas, su ropa, sus estúpidos Tarot, su cepillo de dientes… incluso la comida que ella compró y aún no caducaba. Nada en esta casa le pertenece.

Solo yo, piensa, pero sacude la cabeza para alejar esa aseveración que no hace más que traerle un dolor agudo. Beatriz coloca su maletín sobre la mesita de la sala. Trae un manual y unos cuantos instrumentos que a Anastasia le resultan familiares, ya que fueron los mismos que usaron la vez que le brindaron el paquete de superación inmediata.

—No pensarás aplicarme otra vez su paquete ese, ¿verdad?

—No, sólo que sea necesario, pero lo dudo. Debe haber algo en esta casa que todavía sea de ella.

—¡Te digo que no! —suelta Anastasia, molesta— ¡Hice hasta la tontería esa de los labios!

—¿La de los besos? —Beatriz la mira casi horrorizada.

—S-Sí…

Anastasia se siente avergonzada por un momento, se pregunta si fue demasiado lejos. Dentro del paquete de superación inmediata hay servicios adicionales: borrar los besos es uno de ellos. Ya que está demostrado científicamente que partículas de la otra persona se quedan en los labios tras un beso. Lo que Anastasia contrato fue una limpieza de labios profunda, donde borraron todo rastro de Marcela.

—No quería nada de ella —suelta Anastasia. Sólo los recuerdos, medita. Sí, porque esos puedo controlarlos— Así que, por favor, quítame su maldita voz.

—Bueno, pues necesito que me permita revisar la casa con mi detector.

Anastasia asiente. Beatriz saca una máquina pequeña color negro brillante, la enciende tras apretar un botón y empieza a registrar la casa.

Suben y bajan las escaleras, revisan los libreros, incluso en el interior de las páginas. Las plantas, el refrigerador, las lámparas. Anastasia comienza a impacientarse.

—¿Qué haces? Ahí no vas a encontrar nada de Marcela.

Beatriz se ve descubierta, da un respingo.

—Ah, sí, es que —se rasca la nuca— A veces pasa que el dolor, los recuerdos o la tristeza no es de la persona, sino que habita en la casa… ya sabes, si rentas y eso, podría ser que esa ruptura ni siquiera te pertenezca, que sea de alguien más y esté aquí guardada en la casa.

Anastasia hace un esfuerzo por no desbordarse en gritos. Da varias vueltas por el mismo espacio.

—¿Es una maldita broma?

Beatriz se queda callada, la mira un segundo. Anastasia respira.

—Te estoy diciendo que las voces son de mi ex novia, que son sus palabras, que están en mi cabeza, ¿por qué la tristeza sería de otra persona? —intenta sonar calmada pero su voz delata que está por tener un colapso— Resuélvelo ahora o te juro que pondré la peor reseña en tu mugrosa empresa.

Beatriz aprieta los labios, sus ojos se humedecen, retrocede unos pasos.

—¡Uy! Una mala reseña… ¡Qué horror! —dice, sardónica.

Anastasia se queda helada. Beatriz se cruza de brazos.

—¿Sabes qué? Yo también tengo el corazón roto y ando aquí chambeando. Tú juras que no puedes trabajar porque te distrae la voz de tu ex… Imagínate ser yo, ganar el mínimo y no poder pagar ninguno de los paquetes que proporciona mi “mugrosa empresa” y tener que levantarme todos los días sintiendo que tengo el corazón regado por todo el cuerpo de tan roto.

Anastasia se queda callada. La mira. Sabe que Beatriz no ha terminado.

—Tú hablas desde el privilegio, y la verdad qué bueno. Me da gusto que puedas pagar estas cosas y sanarte más pronto, pero ponte en mi lugar. Yo ando aquí tratando de resolver tu dolor cuando el mí me está atolondrando.

—Lo lamento.

Es una disculpa sincera. Anastasia retrocede. Se sienta en el suelo. Beatriz la acompaña después de unos segundos.

—En serio lo siento —suspira—. Trabajar con el corazón roto debería estar prohibido. Es lo peor del mundo.

—Lo es.

Silencio. Anastasia recorre las facciones de Beatriz, la encuentra muy delicada. Por un instante piensa que nadie debería romperle el corazón, se ve tan joven, tan inocente. Ella, a sus cuarenta años, sabe de desamores y decepciones, ¿pero una chica que no parece tener más de veintitrés años? No, eso no es justo.

—¿Y no te dan un descuento o algo así en los paquetes por trabajar ahí?

Beatriz niega con la cabeza. Anastasia está por decir algo cuando llega la voz. Cierra los ojos, aprieta sus manos una contra la otra para soportar la oleada de dolor que se aproxima. “Le hablé de ti a mi mamá, dice que eres muy guapa, que si te hice un amarre” y luego su risa ligera. Anastasia aguanta lo mejor que puede.

Beatriz la mira atónita.

—¿E-Estás bien? —pregunta.

Anastasia tarda un rato en recuperarse. Beatriz le trae agua.

—Sí, perdón, es lo que te digo que me pasa… Es horrible. Ya no sé qué hacer.

Beatriz medita unos segundos.

—Oye, leí que era así como medio brujilla —dice, pensativa— ¿No te habrá hecho un trabajito?

Anastasia suelta una risotada.

—No. Yo no creo en estas tonterías —sentencia mientras oculta una sonrisa—. Aunque sí lo pensé, ¿eh? Y me fui a checar, pero según todo bien. Tiene que ser otra cosa.

Beatriz va por su manual, regresa con él. Le hace preguntas de rutina a Anastasia.

—A ver, tenemos que encontrar de dónde viene todo esto. Dime, ¿la voz está siempre?

Anastasia niega con la cabeza.

—No, llega a veces. Y siempre es después de las diez de la mañana, y en la noche se callan.

—¿Haces algo diferente en esos horarios?

—Dormir, quizá. Pero me levanto temprano, hago ejercicio y a las diez es cuando salgo de casa, ya que estoy arreglada.

Beatriz la mira de arriba a abajo.

—¿Usas algún perfume que ella te haya regalado o…?

—Nada. Te digo que no tengo nada de ella.

Anastasia aprieta los puños.

—Ahí viene otra vez… puedo escuchar cómo se acerca su voz. Mira, acércate, quizá logras escucharla.

“Estoy leyendo un libro de poesía, creo que soy demasiado cursi, porque cada frase que me gusta la subrayo pensando en ti” Anastasia resiste lo mejor que puede. Beatriz se queda estupefacta, después se ríe.

—Qué labiosa era tu morra —suelta.

Anastasia se ríe, pero después, unos segundos después, comprende lo que sucede.

—¿La pudiste escuchar?

Las dos se quedan muy quietas, como si acabaran de descubrir todo pero no supieran nada.

—S-Sí —Beatriz mira al horizonte, reflexiona —. Si la pude escuchar significa que la voz no está dentro de tu cabeza, sino cerca de ella.

Anastasia y Beatriz se miran una eternidad que se reduce a la deducción de Beatriz.

—¡Esos aretes!

Anastasia se lleva las manos a las perlas que cuelgan de sus oídos.

—No, no, no. Mi mamá me las regaló, no tienen nada qué ver con Marcela.

Las dos se ponen de pie.

—Puede que no, pero, a veces, cuando las palabras son tan intensas, se quedan guardadas en objetos. Es muy, muy raro, de hecho, jamás me había tocado un caso así.

Anastasia sonríe, toca sus perlas. Quiere decirlo, gritarle al mundo que las palabras de Marcela son tan intensas que se impregnaron a sus aretes para seguirla siempre. ¿Entonces sí me amó? Y, por primera vez, piensa en olvidar el olvidarla. Contempla la idea de salir de allí y buscarla, plantarle un beso que arruiné su inversión.

—Sólo tienes que tirar los aretes —concluye Beatriz y Anastasia despierta de su ensoñación.

Anastasia se los quita. Siente como si todo terminara de golpe, no porque se quitó los aretes, sino porque ahora sabe que Marcela, su voz, su amor, está en ellos. Cierra los ojos. Lo piensa.

—¿Y si me los quedo? —pregunta con inocencia— Es que me gustan mucho.

Beatriz ladea la cabeza.

—No se haga, no le gustan mucho, le gusta lo que representan —exhala, la toma de los hombros— Mire, si no ha superado a su ex bruja pues vaya y búsquela, porque en esos aretes nada más va encontrar recuerdos.

A Anastasia se le llenan los ojos de lágrimas. Mira los aretes en su mano. Ella quiere nuevas palabras, quiere su voz en sus oídos pero que salgan de los labios de Marcela.

—¿Tú crees que todavía me quiera?

Beatriz sonríe, suelta una pequeña risilla.

—¿Pues por qué no vas a una consulta de Tarot y preguntas?

Anastasia se ríe y en un impulso abraza a Beatriz, quien le devuelve el abrazo en el que dos corazones rotos colisionan.

—Ten —Anastasia le da los aretes—. Son caros. Véndelos. Seguro podrás pagar un paquete con lo que te den por ellos.

Beatriz los mira, impresionada, su mano tiene dos perlas que guardan las palabras de amor de otra mujer.

—Tengo otros planes, pero el dinero me vendrá bien. Muchas gracias.

—¡Y marcaré para decirles que eres maravillosa! Que resolviste el problema que nadie más, les diré que te suban el sueldo y pondré cinco estrellas.

Beatriz asiente y se ríe.

—Nada más no les vayas a decir que te alcé poquito la voz, ¿eh? Que me despiden.

Ambas ríen. Son dos mujeres heridas que comparten una carcajada sincera que termina por cohesionarse en el aire.

—Gracias, Beatriz —suspira— Espero que tengas una pronta recuperación.

Los ojos de Beatriz se humedecen. Guarda sus cosas, toma su maletín, se acerca a la puerta.

—Gracias, señorita Anastasia, espero que mi servicio haya sido de su agrado. Qué tenga una pronta recuperación.

Anastasia cierra la puerta. Toma su celular, busca el número de Marcela que no tiene registrado y son sólo dígitos que se sabe de memoria. Marca.

Uno, dos, tres timbres.

—¿Bueno?

—Hola, quisiera agendar una lectura de Tarot.

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