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Entrevista

“Las tarántulas”, el poemario donde Elaine Vilar Madruga nombra sus miedos

La poesía, para la escritora cubana Elaine Vilar Madruga, surge como un desbordamiento. No es un ejercicio cotidiano ni un género al que acuda con la misma frecuencia que la narrativa o el teatro, sino un espacio donde llegan —de manera intensa y concentrada— los temas más profundos de su vida y de su obra. Así lo explica al hablar de Las tarántulas, su más reciente poemario, un libro que explora el miedo, la identidad, el cuerpo y el paso del tiempo.

Elaine Vilar | Las tarántulas (Toma de pantalla)

Para Vilar Madruga, los poemarios funcionan como fragmentos de memoria: “fotografías de vida” que quedan dispersas en distintos momentos y que, con el tiempo, se condensan en la escritura. En el caso de Las tarántulas (Concreto Editorial), esas imágenes personales se entrelazan con los cambios de los últimos años: la transformación del mundo, el movimiento entre países, las mutaciones del propio cuerpo y la búsqueda de los orígenes.

El resultado es un libro profundamente íntimo, en el que la autora reúne preguntas que atraviesan su obra desde hace tiempo: quiénes somos, qué nos conforma y qué permanece inscrito —como una especie de sangre o marca interior— en aquello que escribimos.

El título del poemario no es casual. Aunque el animal aparece como imagen recurrente, su función es principalmente simbólica.

La autora confiesa que tiene fobia a las arañas y, particularmente, a las tarántulas. Sin embargo, esa aversión se transformó en el eje metafórico del libro: cada tarántula representa un miedo que debe ser nombrado.

Entre ellos aparecen el miedo al envejecimiento, a la pérdida de la identidad, a la mediocridad en la escritura, a la presión estética, a no conocer del todo los propios orígenes o a descubrir que la persona en la que uno se ha convertido quizá no es aquella que imaginó ser.

Nombrar esos temores, dice la autora, es una forma de enfrentarlos.

“Cuando le pones un nombre a los miedos, dejan de tener el mismo efecto en ti”, explica.

Así, las tarántulas del libro se convierten en criaturas metafóricas que emergen del lenguaje para ser observadas, confrontadas y, en cierta medida, exorcizadas.

Para Vilar Madruga, cada obra implica una búsqueda lingüística distinta. En su caso, la poesía representa un terreno particularmente exigente.

Mientras la narrativa le permite un desbordamiento mayor —un espacio amplio donde puede acumular historias y palabras—, la poesía exige una operación contraria: síntesis.

“Con la narrativa quiero contarlo todo; con la poesía quiero contar lo preciso”, señala.

Ese proceso implica un trabajo minucioso con el lenguaje, que atraviesa primero el cuerpo de la autora —su respiración, su oído, el sonido de las palabras— antes de transformarse en texto. Posteriormente, ese lenguaje se vuelve algo compartido: un territorio donde el lector entra en fricción con la voz de quien escribe.

Además, en Las tarántulas aparece una dimensión metatextual: varios poemas reflexionan sobre el acto mismo de escribir. En uno de los versos que más resonaron durante la conversación, la autora describe la página en blanco como “un reloj en pausa” o “un reloj que agoniza”, una imagen que refleja la tensión constante entre el deseo de escribir y el temor a no lograrlo.

Aunque el impulso inicial del poemario fue veloz —como suele ocurrir con buena parte de su literatura— el libro atravesó un largo proceso de reescritura que se extendió durante más de dos años.

En ese tiempo, muchos textos cambiaron radicalmente: algunos poemas largos se redujeron a unos pocos versos, otros desaparecieron por completo y el orden del libro se transformó.

La autora considera que ese tiempo de distancia es fundamental para distinguir qué permanece vivo en la experiencia y qué debe desaparecer en términos de lenguaje. La poesía, explica, exige una depuración constante.

Incluso el cierre del libro cambió en el último momento: la versión final eliminó estrofas que habían permanecido durante meses en el manuscrito. El poema quedó reducido a un verso final que resume el espíritu del libro: “cuando las palabras ya no alcanzan”.

Vilar Madruga compara el efecto que busca con sus poemas con una famosa performance de la artista serbia Marina Abramović.

En aquella obra, Abramović colocó distintos objetos sobre una mesa —desde flores hasta herramientas o armas— e invitó al público a intervenir su cuerpo con ellos. El resultado osciló entre gestos de cuidado y acciones violentas.

Para la escritora, algo similar ocurre con la poesía: el libro se convierte en un espacio donde el lector encuentra múltiples objetos simbólicos —una flor, un cuchillo, una pistola, una mujer llorando, una mujer dudando de su belleza— y decide cómo relacionarse con ellos.

“De mí a tu cuerpo, lo que quieras: aquí estoy”, resume.

Durante el proceso de escritura y reescritura del libro, los miedos no desaparecieron. Al contrario: se intensificaron.

La autora reconoce que el paso del tiempo, las mudanzas entre países y las pérdidas familiares han profundizado esas inquietudes. Uno de los golpes más recientes fue la muerte de su abuela, un acontecimiento que transformó su relación con la familia y con la idea misma de pérdida.

Para ella, crecer implica también cargar nuevas “maletas” emocionales: temores sobre la soledad, la muerte de los seres queridos o el desgaste que produce el paso de los años.

Esos elementos atraviesan el poemario y lo convierten en un libro donde la fragilidad humana aparece con fuerza.

El proceso editorial del libro también fue un diálogo cercano con su editora, Afri, con quien compartía incluso un detalle curioso: ambas sienten miedo a las arañas.

Ese elemento generó una complicidad particular durante la revisión del manuscrito. Juntas revisaron poemas, reorganizaron el orden del libro y decidieron qué textos debían permanecer.

Vilar Madruga describe ese proceso como un acto casi familiar: la edición funciona como el acompañamiento necesario para que el “hijo-libro” llegue al mundo y pueda sostenerse por sí mismo frente a los lectores.

Uno de los temas que atraviesa la conversación es el temor que muchos lectores sienten frente a la poesía. Para la autora, ese miedo suele surgir de la idea de que un poema debe comprenderse racionalmente.

Sin embargo, propone una relación distinta con el género: leer poesía desde la sensibilidad.

“No necesito entenderlo todo; necesito sentirlo”, afirma.

En ocasiones, dice, una sola palabra o un solo verso puede justificar la lectura de un libro entero. Esa experiencia —más cercana a una intuición o a una emoción que a un razonamiento lógico— es, para ella, el verdadero corazón de la poesía.

Cuando el poemario finalmente se envía a imprenta, ocurre un gesto que Vilar Madruga considera fundamental: el desprendimiento.

A partir de ese momento, el libro deja de ser únicamente suyo y pasa a convertirse en la experiencia de quienes lo leen.

Como el agua de un río que nunca es la misma, explica, los libros cambian con el tiempo porque cambian los lectores y cambian también las circunstancias de vida desde las que se vuelve a ellos.

Las tarántulas nació como una exploración personal de los miedos. Pero, una vez publicado, su recorrido queda abierto: cada lector encontrará en esas páginas sus propias criaturas, sus propios temores y quizá, también, una forma de nombrarlos.

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