En una reciente entrevista con la agencia de noticias EFE, la escritora uruguaya Fernanda Trías —ganadora de diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Sor Juana Inés de la Cruz entregado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara— habló sobre una tendencia que, según su experiencia, se ha vuelto cada vez más común en el panorama editorial contemporáneo: la exigencia de una escritura más directa, ágil y “plana”.
La autora señaló que en la actualidad parece existir una expectativa —particularmente en ciertos circuitos editoriales— de que las narraciones se construyan con frases breves, estructuras claras y un ritmo acelerado que facilite la lectura. Esta preferencia por lo inmediato, explica, suele desplazar los ornamentos del lenguaje, las imágenes elaboradas o los momentos de pausa que tradicionalmente caracterizaban a muchas corrientes literarias.
Sin embargo, esta aparente simplificación estilística no necesariamente implica una homogeneización de las voces literarias. Aunque la narrativa contemporánea pueda mostrar una inclinación hacia la economía del lenguaje, las escritoras latinoamericanas continúan desarrollando universos narrativos profundamente distintos entre sí, tanto en su mirada estética como en las preocupaciones que atraviesan sus obras.
Un ejemplo claro puede encontrarse al comparar la escritura de Samanta Schweblin con la de Trías. Aun cuando ambas comparten ciertas inquietudes —como la exploración de los vínculos familiares, la maternidad o la fragilidad de lo cotidiano— sus estilos y atmósferas resultan inconfundibles. Mientras Schweblin suele inclinarse por narrativas tensas cercanas a lo inquietante y lo fantástico, Trías construye relatos donde el clima emocional y la introspección adquieren un peso particular. En ambos casos, la identidad de cada voz literaria permanece intacta.
Este fenómeno se repite en otras autoras contemporáneas de la región. La mexicana Guadalupe Nettel ha desarrollado una prosa introspectiva que explora la rareza y la fragilidad humana; la argentina Mariana Enríquez ha revitalizado el horror social con una narrativa cargada de atmósferas oscuras; mientras que la ecuatoriana Mónica Ojeda apuesta por una escritura intensa, simbólica y perturbadora que mezcla violencia, religiosidad y adolescencia.
También pueden sumarse nombres como la boliviana Liliana Colanzi, cuya obra se mueve entre la ciencia ficción, lo sobrenatural y lo político, o la mexicana Valeria Luiselli, cuya narrativa combina reflexión social, experimentación formal y una profunda preocupación por la migración y la memoria. Cada una de ellas demuestra que, incluso dentro de un contexto editorial que privilegia la claridad y la velocidad narrativa, las diferencias estilísticas siguen siendo evidentes.
La cuestión que plantea Trías, por lo tanto, no necesariamente apunta a una “cárcel de estilo”, sino más bien a una transformación en las expectativas de lectura. En un mundo atravesado por la hiperconectividad, las pantallas y la constante circulación de información, la manera en que se consume la literatura también ha cambiado. Muchos lectores se han acostumbrado a textos que avanzan con rapidez, con estructuras que evitan digresiones prolongadas y privilegian la fluidez narrativa.
Este cambio no significa, sin embargo, que la literatura haya perdido profundidad o riqueza expresiva. Más bien parece indicar que el lenguaje literario se encuentra en constante adaptación a las formas contemporáneas de atención y lectura. Las escritoras latinoamericanas actuales continúan explorando nuevas maneras de narrar el mundo, demostrando que la fuerza de una obra no reside únicamente en la ornamentación del lenguaje, sino en la potencia de su mirada, su voz y las historias que decide contar.
En ese sentido, la discusión abierta por Fernanda Trías revela algo más amplio: la literatura sigue siendo un territorio en movimiento, donde cada generación negocia de nuevo el equilibrio entre forma, ritmo y experimentación.