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‘Para entender el deporte’

Enfermar para que mi madre me cuidara

EL CUIDADO NO DISCUTÍA. Ese cuidado no era espectacular. No era heroico. Era cotidiano: una mano en la frente, una pregunta breve, un vaso de agua que aparecía sin pedirlo. Pero tenía algo decisivo: no ponía condiciones.

La enfermedad como regreso

De niño, a veces me gustaba enfermarme para que mi madre me cuidara.

No era una estrategia consciente.No había cálculo.Era más bien una intuición corporal.

El cuerpo entendía algo antes que yo: que al enfermarme volvía.Volvía a una zona más lenta del mundo.Volvía a un espacio donde no había que explicar nada.

Mi madre hablaba más bajo.La casa se organizaba distinto.El tiempo se estiraba.

Yo no tenía que hacer nada.Ni siquiera mejorar.

Bastaba con estar ahí, acostado, tibio, atendido.

EL CUIDADO NO DISCUTÍA

Lo importante no era la enfermedad, sino lo que traía consigo.

La enfermedad cerraba discusiones.

No había que convencer a nadie de que uno estaba cansado.No había que justificar la pausa.No había que mostrar resultados.

Mi madre no pedía argumentos.No evaluaba rendimiento.No sospechaba.

Cuidaba.

Ese cuidado no era espectacular. No era heroico. Era cotidiano: una mano en la frente, una pregunta breve, un vaso de agua que aparecía sin pedirlo. Pero tenía algo decisivo: no ponía condiciones.

El cuerpo, ahí, aprendía una lección silenciosa: hay estados en los que uno es atendido simplemente por ser cuerpo.

Eso no se olvida.

LO QUE EL CUERPO RECUERDA

Con los años, la madre ya no está para cuidar así.Pero el cuerpo conserva la memoria.

Sabe que alguna vez, al enfermar, fue protegido.Que la fragilidad abría una puerta.Que no poder era legítimo.

En cambio, estar cansado no siempre lo es.Estar saturado, menos.Estar harto, casi nunca.

El cuerpo adulto aprende pronto que el cuidado se volvió raro. Que hay que ganárselo. Que hay que justificarlo. Que la pausa necesita permiso.

Y entonces aparece una idea incómoda:cuando el cuidado no está disponible en la vida cotidiana, la enfermedad reaparece como atajo.

No porque el cuerpo quiera enfermar.Sino porque recuerda que ahí, alguna vez, fue cuidado sin negociar.

EL DEPORTE Y LA MADRE AUSENTE

Aquí el deporte entra de manera incómoda.

El deporte moderno suele educar al cuerpo en lo contrario de ese cuidado materno: aguantar, resistir, no quejarse, seguir. El cuerpo vale cuando responde, no cuando necesita.

En ese contexto, la enfermedad se vuelve la única interrupción legítima. La única que no se discute. La única que suspende la exigencia sin culpa.

Mi madre no decía “échale ganas”.Decía “acuéstate”.

No decía “es por tu bien”.Decía “descansa”.

Ese lenguaje se pierde rápido.

Y el cuerpo, que no olvida, queda atrapado entre dos pedagogías:la del cuidado incondicional aprendido tempranoy la del rendimiento permanente exigido después.

A veces, cuando ya no puede más, el cuerpo elige el idioma que conoce.

UNA PREGUNTA QUE NO SE RESUELVE

No se trata de idealizar la enfermedad.Ni de psicologizar cada síntoma.Ni de culpar a nadie.

Se trata de preguntarse algo incómodo:

¿Qué pasaría si el cuidado que daba mi madre existiera, aunque fuera un poco, en la vida adulta?¿Qué pasaría si el cuerpo pudiera detenerse sin tener que enfermar?¿Qué pasaría si alguien —aunque fuera uno mismo— pusiera la mano en la frente antes del colapso?

No lo sé.

Solo sé que el cuerpo recuerda.Recuerda que alguna vez fue cuidado sin condiciones.Y que, cuando no encuentra eso en ninguna parte, improvisa.

A veces con cansancio.A veces con torpeza.A veces con enfermedad.

No porque quiera volver atrás,sino porque busca, torpemente,algo muy antiguo… que alguien se haga cargo.

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