Hay estados mexicanos que nunca han tenido un equipo en la máxima categoría del fútbol profesional. No por falta de afición ni de talento: Guerrero, Oaxaca, Zacatecas y otros estados de la República llevan décadas al margen de la Liga MX. Y con la suspensión del ascenso y descenso decretada en 2020, esa exclusión quedó blindada por diseño institucional.
Un estudio de la Universidad de Houston pone cifras a lo que muchos ya intuían. Los investigadores Juan Pablo Micozzi, Joaquin Pinto, Pablo M. Pinto y Sebastian Saiegh, del Center for Public Policy, Hobby School of Public Affairs, analizan seis años de datos para documentar que la suspensión no solo redujo la competitividad del fútbol mexicano, sino que profundizó la brecha entre los clubes que ya estaban dentro del sistema y todos los demás.

La conclusión más poderosa del estudio no es deportiva. Es territorial: cuando el acceso a la primera división depende de franquicias fijas y no de méritos en la cancha, las regiones sin representación histórica quedan permanentemente excluidas. No hay ruta. No hay escalera. El talento que nace en esas comunidades no tiene a dónde llegar.
La ironía del momento es difícil de ignorar. El gobierno federal lleva meses construyendo el Mundial Social, una estrategia que promete llevar el fútbol a los 32 estados y abrir rutas reales hacia el profesionalismo.
La Presidenta Sheinbaum lo señaló recientemente en la mañanera: todos los equipos de Liga MX deberían tener canteras de dónde salgan los jugadores para primera división, y el ascenso y descenso debería regresar. Las visorías del gobierno ya recorrieron 15 estados y encontraron 107 jóvenes con alto perfil de rendimiento.
Ninguno de esos estados tiene equipo en primera división.
El estudio de la Universidad de Houston documenta que la brecha entre las dos divisiones creció de forma sostenida desde 2020: el valor promedio de un jugador de Liga de Expansión cayó de 500 mil a 400 mil euros, mientras que en la Liga MX subió de 1.4 a 1.8 millones. Los equipos de primera ganaron más, no porque hayan mejorado, sino porque el mercado se cerró a su favor. Los de segunda perdieron valor, inversión y perspectiva.
Para los estados sin representación, la ecuación es sencilla y brutal: sin ascenso deportivo, no hay incentivo para invertir en fútbol regional. Sin inversión, no hay infraestructura. Sin infraestructura, no hay ruta para el talento. El fútbol, que podría ser un motor de desarrollo local, se convierte en espectador de la misma concentración económica que describe al resto del país.