Entre que está feo pero chido. El Roxy tenía su mística (y todavía la conserva), es como una de esas cosas que dices: “no la laves, porque se echa a perder”.

Con todo, el año pasado fui a la Semana del Arte y visité el Roxy; me gustó. Regresé este año y me parece que avanzó su remodelación.
El viejo Roxy, inaugurado en 1937 como cine con dos mil butacas donde proyectaban joyitas como Allá en el Rancho Grande, creó fila y glamour antes de que existiera “gentrificación” como palabrita cool para justificar estacionamientos disfrazados de progreso.
Después de languidecer tres décadas en abandono —como tantos edificios históricos queridos de los que solo se acuerdan cuando toca selfie vintage—, el promotor Rogelio Flores lo rescató y, en la década de los 90, lo reabrió como Centro Cultural Roxy. En los siguientes años, ese galerón legendario acogió más de mil espectáculos que definieron una generación: desde Santa Sabina con la incomparable Rita Guerrero, Cuca, Mano Negra y Manu Chao, hasta fechas inolvidables como Radiohead el 22 de octubre de 1994 —sí, Creep resonó por Mezquitán por apenas 50 pesos— y decenas de bandas locales y foráneas que convirtieron el slam en rito urbano.

Claro, cómo olvidar las batallas épicas de slam con la tribu de siempre que los sábados se dividía entre el Tianguis Cultural de Plaza Juárez y la Concha Acústica, dependiendo de qué banda sonara más duro.
Hoy, ese espacio de muros gruesos y anécdotas legendarias sigue su remodelación lenta pero en serio: ya es Sala Roxy, un centro cultural alternativo bien pensado, con salas estructuradas, espacios que se descubren recorriéndolos como si fueran cuevas de creatividad y, sí, con orden.

Lejos del querido y entrañable desmadre anárquico de antaño, de esa esencia under que respiraba como pulmón clandestino de la ciudad: un refugio para una tribu que cree en la libertad y la igualdad no como consignas, sino como práctica cotidiana, subversiva y gozosa a la vez. Ahí se llega para vestir de negro sin pedir permiso, dejarse la mata larga como bandera y sudar sin culpa entre amplificadores, mezclando distorsión, risa y relajo.
Un espacio que fue refugio íntimo y trinchera común, rebelde porque nadie obedece; un territorio donde el ruido es lenguaje, el cuerpo se libera y la noche se vuelve un pacto tácito para existir fuera de norma, aunque sea por unas horas.
Cada persona que lo conoció tendrá una historia. Yo recuerdo (entre varias) aquella del 2000, con España como invitado de honor durante la FIL, cuando Manu Chao se presentó en la Concha Acústica. Ahí estuve baile y baile, brinque y brinque… Al día siguiente nos enteramos de que Manu Chao también estaría en el Roxy. Yo llegué tarde, por la chamba, cuando ya habían apagado el fuego de la taquilla y el portazo se había consumado; ingresé y me quedé una o dos canciones. El ambiente estaba insufrible por el humo y el gentío.
De estas hay mil anécdotas. Simplemente, los conciertos de Cuca eran todo un acontecimiento; y qué decir de su barra roja y algunas zonas peculiares, como los baños de hombres, por los que tenías que entrar para llegar a los camerinos.

Es refrescante saber que el Roxy no va a terminar como un estacionamiento y menos como finca abandonada, sino como un lugar donde el arte se respira.
Así que si recuerdas el viejo galerón de conciertos y lo extrañas —porque cómo no—, no reniegues de lo que hoy ves: el rescate de un espacio que fue emblemático para más de una generación.
Guadalajara cambia, nos cambia, pero a veces lo hace devolviéndonos un pedazo de nuestra propia historia y con ganas de seguir contando historias nuevas.