La Secretaría de Hacienda celebró este viernes lo que denominó “la mayor emisión corporativa en la historia del mercado local”: Petróleos Mexicanos (Pemex) colocó 31 mil 500 millones de pesos en deuda. Los boletines oficiales hablan de confianza, de solidez y de apetito inversionista. Sin embargo, si retiramos el velo de la retórica política y analizamos los estados financieros con la frialdad que exigen los negocios, la imagen es, por decir lo menos, aterradora.
Para cualquier estudiante de primer semestre de Finanzas, existe una regla de oro: no se le presta dinero a quien no tiene con qué pagar, a menos que alguien más rico firme como aval.
Hablemos claro. Pemex, como entidad corporativa independiente, presenta un patrimonio negativo. Sus pasivos superan a sus activos por miles de millones de dólares. En el mundo corporativo real, esto es quiebra técnica. Además, su calificación crediticia, despojada del respaldo gubernamental, está lejos del grado de inversión; es lo que en el lenguaje financiero se conoce como “bonos basura”.
Entonces, ¿por qué el mercado local compró 31 mil millones de pesos de un emisor que, en papel, es quirografario (sin garantía específica) y financieramente inviable?
La respuesta no está en la eficiencia operativa de la petrolera, ni en su promesa de producción futura. El mercado compró esos bonos porque, implícitamente, no compraron riesgo Pemex, compraron riesgo México. Los inversionistas saben que el gobierno federal no dejará caer a la empresa estatal, convirtiendo esa deuda corporativa en deuda soberana de facto.
Aquí es donde la ecuación se vuelve dolorosa para el bolsillo del mexicano de a pie. Esa deuda devenga intereses. ¿De dónde saldrá el flujo de efectivo para pagar el principal y los cupones de intereses de esta emisión histórica?
Si la empresa no genera utilidades reales (y recordemos que su división de Transformación Industrial pierde dinero sistemáticamente al refinar), el dinero solo puede venir de dos fuentes: más deuda (un esquema Ponzi corporativo) o transferencias directas del gobierno federal.
Y el gobierno federal no genera dinero, lo recauda.
Esto nos lleva a una realidad insoslayable: el aval de esa deuda es su dinero y el mío. Es la recaudación fiscal futura. Pero la ironía es cruel, porque el ciudadano mexicano ya está pagando, y con creces.
Actualmente, el precio de la gasolina en México ronda el 200% del precio en Estados Unidos . Mientras un consumidor en Texas paga por litro la mitad que, en México, nosotros pagamos un sobreprecio considerable, compuesto por una operación ineficiente e impuestos (IEPS).
La pregunta económica y ética es: ¿no es suficiente con pagar la gasolina más cara de la región? Al parecer no. El modelo actual nos obliga a pagar dos veces:
En la bomba de gasolina: con un precio inflado artificialmente por la falta de competitividad.
En la declaración anual: porque cada peso que Hacienda inyecta a Pemex para que pague esta deuda, es un peso que se deja de invertir en seguridad, salud o educación.
Celebrar esta emisión de deuda como un triunfo es confundir el remedio con la enfermedad. Lograr que te presten dinero para pagar deudas viejas, cuando tu negocio no es rentable, no es un éxito financiero; es simplemente patear el bote.
La realidad es que Pemex, bajo su estructura financiera actual, se ha convertido en un pasivo contingente gigantesco para las finanzas públicas. Mientras sigamos inyectando capital fiscal a un barril sin fondo, seguiremos hipotecando el futuro del país.
No nos confundamos: el mercado prestó el dinero porque confía en que nosotros, los contribuyentes, pagaremos la factura. Y a juzgar por la historia reciente, tienen razón.
*Mtro. Luis Alberto Güémez Ortiz / Universidad Panamericana (UP)