Pongamos a los robots a pelear entre ellos. O mejor, a competir. Esa idea ya la abordó la ciencia ficción en la película “Gigantes de Acero” (2011), protagonizada por Hugh Jackman (Wolverine). Con la salvedad de que la cinta se centra más en lo que, en el argot otaku o del anime, denominamos mechas: robots tripulados por humanos. La trama gira en torno a competencias pugilísticas de robots controlados por personas.

Pasando de la ficción a la realidad, existe todo un circuito de peleas de robots fabricados de manera casera y operados a control remoto por humanos. Estas máquinas estrafalarias son equipadas con artilugios de ataque y defensa. Sus constructores, para hacerlos lo más letales posible, les adaptan lanzallamas, taladros, dardos, sierras…
Estas máquinas, que apenas rebasan las dimensiones de un automóvil a control remoto o de un dron mediano, son llevadas a arenas construidas ex profeso para destruirse al estilo de una pelea de gallos. Incluso existe un show televisivo sobre estas batallas entre invenciones mecánicas de ingenieros y aficionados: BattleBots.
En antaño, nos gustaba ver gladiadores matándose entre sí; al hombre provocando y retando a la bestia, como en las corridas de toros; o a animales agrediéndose entre ellos en el mundo clandestino de las peleas de perros (como se recrea en la película Amores perros, dirigida por Alejandro González Iñárritu y estrenada en el año 2000). ¿Qué sigue? ¿Qué es lo de hoy? Las peleas o competiciones de máquina contra máquina. Mejor aún: de robots o autómatas que operen con inteligencia artificial.

Esto ya ocurrió en China, cuya capital celebró los primeros Juegos Mundiales de Robots Humanoides. En este evento pionero participaron 280 equipos de 16 países, entre ellos potencias tecnológicas como Estados Unidos, Alemania y, por supuesto, el anfitrión, que se dieron cita para mostrar músculo en las ramas asociadas de la robótica y la IA.
La replicación de las habilidades psicomotrices humanas es una tecnología aún en proceso de mejora y perfeccionamiento. La posición y el caminar erguidos requirieron miles de años de evolución en la especie humana; recrearlos no ha sido tarea fácil.
Hasta hace unas décadas, los primeros androides (del griego andros, hombre, y eidés, semejante) estaban en una fase prototípica o de desarrollo eventual. Hoy ya tenemos modelos como los que compitieron en China, capaces de desplazarse bípedamente a una velocidad que, de momento, es solo cercana a la de un velocista humano.
En las carreras de resistencia, como los 1,500 metros, el reto para los androides no era tanto tener el “cardio” suficiente —o mejor dicho, que les rindiera la batería de litio—, sino mantenerse en pie durante el trote, no perder el equilibrio y evitar terminar en el suelo. Se repitió la escena de robots cayendo y luchando por reincorporarse para finalizar la carrera.

Además de las pruebas de velocidad y resistencia, otras disciplinas que llamaron la atención fueron los partidos de futbol —igual de accidentados y caóticos que las carreras—, el boxeo y el kickboxing, en los que pugilistas mecánicos intercambiaron golpes guiados por su IA; o el tenis de mesa, que sorprendió por los reflejos y velocidad de los competidores. Más allá del deporte, también se realizaron competencias enfocadas en la aplicación futura de estos autómatas, como la clasificación de medicamentos y los servicios de limpieza.
Los androides aún no dan espectáculo, pero pronto lo harán. Más que una justa o competencia, los juegos que tuvieron lugar en Pekín sirvieron para mostrar qué tan adelantada va la robótica a nivel global. Funcionaron como laboratorio de prueba para medir cuán eficaz puede ser la interacción de los autómatas en tareas tan complejas como un partido de futbol o en escenarios igualmente desafiantes, como una línea de ensamblaje.
La asistencia al Anillo Nacional de Patinaje de Velocidad de la capital china, sede de las competiciones de androides, fue más que concurrida. Construido específicamente para los Juegos de Invierno de 2022, el recinto sufrió adaptaciones para albergar esta Olimpiada robótica; por ejemplo, se le montó un ring para las competencias de boxeo, kungfú y kickboxing.
Los precios de los boletos rondaron entre los 17 y 80 dólares, y se agotaron rápidamente, dejando claro el interés que despertó el evento tanto a nivel local como internacional.
¿Falta tiempo para que las máquinas sustituyan a los atletas profesionales? La robótica es una disciplina en constante progreso. En la prueba de 1,500 metros destacaron los modelos de la empresa china Unitree, que dejaron muy atrás a sus competidores, con un registro de 6:29:37 para su modelo más rápido. Aunque aún está muy por debajo del récord mundial masculino (3:26:00), la marca resulta significativa.
Este tipo de competencias dejan preguntas: los 500 robots que participaron, ¿a quién representaban realmente? ¿A las empresas que los construyeron o a las naciones donde fueron fabricados? ¿Son un orgullo corporativo o nacional? En una Olimpiada tradicional, los atletas demuestran capacidades innatas o adquiridas, perfeccionadas mediante arduo entrenamiento. A una maquina también la puedes entrenar; pero, sobre todo mejoras su hardware (o cuerpo); software (o programas) y con ellos su IA.

En caso de que estas competencias logren popularizarse, siempre carecerán de la pasión presente en una justa entre seres humanos. ¿Qué máquinas se subirán al pódium de una competencia de androides? Con toda seguridad, la más avanzada: la que tenga mejor tecnología en IA y en su economía mecánica. Una justa deportiva es un homenaje a la tenacidad humana, al empeño que conjuga fuerza física, voluntad e inteligencia. Una competencia entre máquinas carece de empatía para el espectador: ¿quién en el público se identificará con un androide y su desarrollador o compañía?
La potencial invasión de los androides es un futuro verosímil. China lidera la fabricación de robots que, paulatinamente, irán reemplazando la fuerza de trabajo humana en tareas fabriles. Pero no nos extrañe que, conforme logren un mayor mimetismo con sus creadores, un día los encontremos atendiéndonos en un restaurante o realizando nuestras tareas domésticas. Esa posibilidad quedó evidenciada en las competiciones de la primera Olimpiada de Robots.