Cultura

La línea de la carretera, novela de la nostalgia

© La escritora describe a una adolescente que descubre EU con el trasfondo de México 1968

(La Crónica de Hoy)

En general Mónica Lavín es proclive a poner buenos títulos, evocativos y hasta nostálgicos a sus textos; respaldan esta apreciación Nicolasa y los encajes (1991), Ruby Tuesday no ha muerto (1996), Tonada de un viejo amor (1995) y su más reciente, La línea de la carretera (2004).

En entrevista con Crónica, la novelista explica que esta obra “nació por el título”. Recuerda que le pidieron para La Mosca Muerta, “cuando fue un aniversario de The Beatles, creo que el número 40, me dijeron escoge una canción de ellos, la que sea y escribe.

“Yo escogí Hey Jude. Era una de mis canciones favoritas, yo la oía con mi amiga, tiradas las dos en la carretera. Escogíamos el centro de ésta porque estaba menos caliente, además que es más liso, y por eso ahí nos colocábamos precisamente en la línea”.

Luego explica que cuando empezó a escribir la novela dijo: “que se llama La línea de la carretera, aunque en los archivos de la computadora le puse Oregon Blues; sin embargo, al final le puse el primero”.

Y la autora da un paso adelante para explicar el sentido del título: “La línea de la carretera es el viaje, hay para atrás y para adelante. Se da la melancolía, pero también lo que se abre. En la novela la carretera es como un río que fluye; es un trazo, una línea que apunta hacia el futuro, como la juventud”.

La historia se construye como el recuerdo que tiene una adolescente de su primer viaje, sola, a Estados Unidos. De paso hace una descripción del ambiente juvenil de 1968, así como el estilo de vida de una familia típica de clase media.

Ana Duarte, la protagonista, “vive en una época muy fresca de la vida, anda así nada más como mirando, sin malicia. Todavía ella no estaba rasguñada por la vida. Aunque ya esta experiencia la va a lastimar de alguna manera, ya que va a tener que decir hola y adiós. El tiempo le dará la sensación de que hay momentos que son uno, dos, punto, y se acabó”.

Enseguida cierra su idea: “había la posibilidad de montarse en la frescura como vehículo para el personaje”.

Luego advierte: “Yo espero que la novela les diga algo también a los que fueron jóvenes en ese tiempo. Sí, quería que me leyeran los jóvenes, pero no nada más ellos.

“Deseaba hablar del adolescente y eso puede interesarle a un adulto o puede que no. Espero que mi texto pase la prueba del lector juvenil, me parece un reto llegar a ese lector al que si no le gusta la va a tirar a las tres páginas”.

Como telón de fondo la también autora de Planeta azul, planeta gris (1998), aparece el Movimiento Estudiantil de 1968. Mónica da los por qué de este escenario:

“El 68 tenía también ese espíritu de frescura, creo que había toda una ingenuidad en esas generaciones, las que buscaban el mundo ideal del amor. Porque existía un mundo con unas reglas muy definidas y de este lado estaban los jóvenes queriendo que todas las reglas fueran distintas en un sentido bueno. Había bondad, pero también mucha ingenuidad. Creo que la carga de ese tiempo permite que el narrador en mi novela navegue bien”.

Otro telón de fondo en su texto es la familia: “Creo que el contraste entre las dos, la mexicana y la americana, era muy importante”.

Cuando Ana Duarte, la protagonista, quiere convencer a sus padres de que la dejen ir a EU, les explica que la otra familia tiene casa y coche, pero al llegar allá “poco a poco va entendiendo que en aquel país no sólo la clase media tenía casa y coche, sino que es otra cosa”.

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