
Cuando cayeron las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, Ahmed al Sharaa era aún adolescente sirio y nada hacía anticipar que ese ataque que cambió el curso de la historia y humilló al país más poderoso de la Tierra, iba a ser el comienzo de una de las historias más sorprendentes e improbables de la historia moderna: la de un exlíder de Al Qaeda, siendo recibido este lunes en la Casa Blanca por Donald Trump entre alabanzas y promesas de que será un gran aliado de su país árabe, pese a que técnicamente está en guerra con el gran aliado de Estados Unidos en Oriente Medio: Israel.
Sharaa fue aclamado primero por una multitud de sirios de la diáspora en EU que lo esperaban con banderas de la nueva Siria en los exteriores de la Casa Blanca; en su interior, el primer líder sirio —el primero que es recibido en su casa por un presidente de EU desde que Siria logró independizarse de Francia, en 1946— fue elogiado en el Despacho Oval por el mandatario republicano, al que recibió a puerta cerrada, y aseguró tener plena confianza en su liderazgo.
“Es un hombre fuerte. Queremos que Siria sea un país exitoso, y él puede lograrlo”, afirmó el presidente estadounidense ante las preguntas de la prensa sobre un encuentro que habría sido imposible la semana pasada, cuando su nombre fue borrado de lista de “Individuos Especialmente Designados como Terroristas Globales” (SDGT) del Departamento del Tesoro de EE. UU.
¿Qué pasó para este cambio radical?
Básicamente, que nos encontramos ante uno de las trayectorias más contradictorias, fulgurantes y exitosas de la historia: la de cómo un exlíder de Al Qaeda logró derrocar al régimen sirio y a su aliado militar ruso cuando era prácticamente imposible, se convirtió en el nuevo hombre fuerte de Damasco, fue acogido calurosamente por el resto de países musulmanes (menos el Irán chiíta, que armaba a las tropas de Assad) y ahora es considerado un nuevo aliado por Washington.
Para entender cómo lo golpes del destinos produjeron esta carambola habría que retroceder al 11-S y a la retina de un adolescente hasta entonces tímido y reservado (según sus vecinos del barrio damasceno donde se crió) —nacido en Arabia Saudí—, que nació en Arabia Saudí, patria chica de Osama bin Laden) y que poco después desapareció literalmente y reapareció en la vecina Irak, donde se unió al grupo local de Al Qaeda, antes incluso de que el presidente George W. Bush ordenara en 2003 la invasión del país, alegando falsamente que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva.
En 2005, Al Sharaa fue encarcelado cuando plantaba bombas en una carretera por la que iba a circular un convoy de soldados estadounidenses y pasó cinco años en varias cárceles, entre ella la tristemente célebre Abu Ghraib, donde se documentaron torturas y crímenes de guerra cometidos por los guardianes estadounidenses.
En la última cárcel por la que pasó, Camp Bucca, otro golpe del destino lo llevó a conocer en la cárcel al exmiembro de la guardia pretoriana de Hussein y entonces líder de Al Qaeda en Irak, Abú Bakr al Baghdadi.
En 2011, el mismo año en que Al Sharaa fue liberado, estalló la Primavera Árabe en Siria, la revuelta de la oprimida y empobrecida mayoría sunita, contra el régimen de terror de la minoría chiíta de Bashar al Assad, el líder terrorista iraquí le entregó 50 mil dólares. Su misión era reunificar facciones armadas rebeldes y tratar lo que parecía un imposible: derrotar al Ejército leal al tirano de Damasco (armado por Teherán), el mismo que lanzó ataques químicos sobre su pueblo, y a los cazas rusos, que bombardeaban masivamente ciudades sirias en manos de los rebeldes.
“Este hombre es de fiar”
Con su nuevo grupo, Frente Al-Nusra, Al Sharaa, conocido entonces por su nombre de guerra, Abu Mohammed al-Yolani (de quien casi nadie conocía su rostro), se dio a conocer a principios de 2012 enviando atacantes suicidas a atacar a objetivos del régimen, matando a cientos de soldados y civiles, pero se negó a integrarse en el recién nacido Estado Islámico, fundado por Al Baghdadi, alarmado por su salvajismo y ejecuciones contra civiles, por el mero hecho de ser infieles cristianos o herejes chiitas o de otras minorías musulmanas. Otra decisión providencial que llevó a Al Sharaa —que siguió fiel a Al Qaeda y juró lealtad a su líder, Ayman al Zawahiri (Bin Laden fue asesinado por EU en 2011)— a prohibir los atentados y las ejecuciones extrajudiciales.
Un episodio convenció a muchos de que, más allá de ser un señor de la guerra, Al Sharaa empezaba a comportarse como un líder ocurrió en la provincia que controlaban de Idlib, cuando milicianos del Frente Al Nusra secuestraron en 2015 durante 20 días a un sacerdote católico. La indignación provocó su liberación.
Poco después, el padre Jallouf recibió la visita de dos clérigos musulmanes en Idlib, enviados por Al Sharaa, quienes expresaron su deseo de reconciliarse con los cristianos locales, así como de todas las minorías religiosas. Además, devolvieron a los cristianos las propiedades confiscadas.
“Este hombre es de fiar. Si promete algo, lo cumple”, declaró el ahora arzobispo de Alepo.
Y finalmente, en una operación militar relámpago, las milicias de Al Sharaa entraron en Damasco el 8 de diciembre de 2024, provocando la caída de Bashar al Assad, quien tuvo que huir precipitadamente con su familia para echarse en brazos de Vladimir Putin en Moscú.
Tras cinco décadas de cruel dictadura del clan Assad, el nuevo hombre fuerte de Damasco tomó el control del país con la misión urgente es acabar con la guerra civil que duró 14 años y mató a más de 600 mil sirios. En mayo tuvo su primer encuentro con Trump en Arabia Saudí, donde se concretó la histórica reunión de la Casa Blanca.
“Es un giro de los acontecimientos asombroso si se tiene en cuenta que Trump mató al antiguo jefe y mentor del señor al-Shara, al-Baghdadi”, comentó este lunes Randa Slim, investigadora del Instituto de Política Exterior de la Universidad Johns Hopkins, al diario The New York Times.
Pero, como describe el diario “la asombrosa y meteórica transformación de Al Sharaa, de yihadista empeñado en matar soldados estadounidenses en Irak a líder conciliador, elegante e impecablemente vestido que hoy corteja a naciones de todo el mundo, es tan inmensa que inevitablemente surgen preguntas sobre cuán completa es realmente su conversión”
“La historia de al-Shara aún está por escribirse”, añadió. “Ha traído esperanza, pero ¿se volverá represivo?”.
Siria se suma a la coalición contra el Estado Islámico
La primera consecuencia del histórico encuentro es el anuncio de que Siria se convirtió en el país número 90 de la Coalición Global para Derrotar al Estado Islámico (ISIS), que tiene como objetivo “eliminar los remanentes del ISIS y detener el flujo de combatientes extranjeros”.
Además, Estados Unidos permitirá a Siria reanudar las operaciones en su embajada en Washington con miras a la “lucha contra el terrorismo, la seguridad y la coordinación económica.
La Coalición Global para Derrotar al ISIS, liderada por Estados Unidos desde 2014, coordina operaciones militares, intercambio de inteligencia y asistencia humanitaria en la región, con el objetivo de eliminar remanentes del grupo extremista y prevenir la expansión de sus células y combatientes extranjeros.
Fin a las sanciones de la ONU
El jueves de la semana pasada, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó levantar las sanciones que pesaban sobre el presidente sirio, Ahmed Al Sharaa, exlíder del grupo islamista que el año pasado derrocó al Gobierno de Bachar al Asad, días antes de su visita prevista a la Casa Blanca.
Todos los miembros del Consejo, a excepción de China, que se abstuvo, votaron a favor de la resolución de levantar las sanciones a Al Sharaa y al ministro del Interior sirio, Anas Khattab, propuesta y firmada por Estados Unidos, país que destacó el consenso como una “fuerte señal política”.
El embajador de EE.UU. ante la ONU, Michael Waltz, consideró que la resolución recién aprobada “reconoce la nueva era en Siria”, aplaudió el “duro trabajo” del Gobierno de Al Sharaa y citó al presidente Donald Trump al afirmar que así se facilitará “la oportunidad de Siria para la paz”.
Nuevo eje Washington-Damasco. ¿Y Beirut y Tel Aviv?
El gesto de la Casa Blanca simboliza un cambio importante en la política estadounidense hacia Siria tras años de sanciones y aislamiento diplomático, y marca el inicio de una nueva etapa en las relaciones entre ambos países, con potencial impacto en la estabilidad de Oriente Medio y en los esfuerzos internacionales contra el extremismo.
La visita se produce después de que Estados Unidos levantara las sanciones impuestas a Siria durante décadas, bajo el gobierno de la familia Assad, y mientras Al-Sharaa busca la derogación definitiva de las restricciones que aún afectan la inversión extranjera y la reconstrucción del país.
Falta, por último, que el espaldarazo de Trump a la nueva Siria convenza a las autoridades de Líbano e Israel a emprender el mismo camino de la reconciliación, que tropieza, con los chiitas de Hezbolá en Líbano, que combatieron junto con las tropas de Assad, y con el fanatismo de los supremacistas judíos que gobiernan en Israel.