
Estados Unidos no ha podido librarse en 250 años de existencia de su pecado original: la integración total de la población negra —la heredera de los esclavos y la que sufrió la segregación racial— en una sociedad en la que una parte nada despreciable de los blancos se resiste a perder el control del país y los privilegios de los que gozaron desde que proclamaron la independencia, el 4 de julio de 1776.
La imagen, tomada por una fotógrafa este 4 de julio de 2026 en el metro de Washington y en la que se ve a una adolescente negra sentada, rodeada de hombres de la milicia supremacista blanca Frente Patriota, resume este racismo inherente, una sangrante contradicción de la que no escapó ni el autor principal de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, Thomas Jefferson. El mismo padre fundador que proclamó que “todos los hombres son creados iguales” nunca liberó a los 600 esclavos en su rancho y en su mansión de Virginia, para seguir mantiendo su estilo de vida y sus altos ingresos.
Tuvo que ganarse una guerra civil en 1865 para que se aboliera la esclavitud, y todavía pasó un siglo más para que el presidente Lyndon Johnson aprobara la Ley de Derechos Civiles de 1964, que abolió la segregación racial, y la Ley de Derecho al Voto de 1965, que eliminó las trabas del voto a los negros. Pero la violencia racista y la segregación pasiva nunca desaparecieron, mientras que la Corte Suprema, en una más que discutible defensa del derecho a la libertad de expresión y de asociación, permite que existan milicias supremacistas armadas, como el citado Frente Patriótico, el Ku Klux Klan o Proud Boys, cuyas hordas, jaleadas por Donald Trump, lideraron el asalto al Capitolio para impedir que los congresistas ratificaran la victoria de Joe Biden.

De hecho, si los encapuchados del metro, que luego desfilaron por el National Mall con banderas de la derrotada confederación esclavista, hubiesen querido, podrían haber asaltado el Capitolio a cara descubierta. Total, luego los indultaría Trump como hizo con los “patriotas” de Proud Boys.
Aunque el Estados Unidos de hoy no es el de 1955, cuando la costurera de Alabama, Rosa Parks, desafió las leyes que obligaban a los pasajeros negros a sentarse en la parte trasera, la foto del sábado de los paramilitares supremacistas con la cara tapada de blanco, mientras la adolescente sostiene la mirada altiva, es un poderoso llamado de atención sobre la anomalía estadounidense, la misma que permitió que un delincuente, xenófobo y supremacista llegara no una sino dos veces a ser presidente, gracias al voto de los estadounidenses.
Trump, que ha extendido a los inmigrantes (especialmente a los latinos) la desconfianza histórica de la sociedad blanca hacia los negros, no es el problema en sí, sino la reacción furiosa de los sectores que se resisten a perder la hegemonía blanca. La mirada de la adolescente en el vagón es, en última instancia, la mirada de la resistencia frente a una herida que una parte del país se niega a cerrar.