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El segundo presidente más impopular desde que hay registros convirtió las elecciones de medio término en un plebiscito sobre su mandato radical

EU celebra las elecciones más trascendentales en décadas, convertidas en un juicio a Trump

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Elecciones en Estados Unidos Donald Trump y Melania, la noche de Halloween en la Casa Blanca (Samuel Corum / POOL/EFE)

Nunca en la historia moderna unas elecciones intermedias en Estados Unidos habían levantado tanta expectación, dentro y fuera del país, como las que se celebrarán este martes. En juego está no solo la posibilidad de que la oposición demócrata recupere el control de las dos cámaras legislativas, sino también la de frenar el peligroso radicalismo del actual mandatario, que apostó por convertir los comicios en un referéndum sobre su persona y su gobierno, convencido de que los estadounidenses opinan como él: que es el mejor presidente de la historia, ni más ni menos.

Sin embargo, las encuestas no comparten esta visión mesiánica de Trump, sino todo lo contrario. La encuesta más reciente, realizada por YouGov del 23 al 27 de octubre, revela un índice de aprobación del 36%, apenas tres puntos por encima del récord histórico: el 33% del presidente Harry Truman en las elecciones intermedias de 1945, las primeras tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Con una economía golpeada por la inflación y la escasez de alimentos, en medio de las consecuencias de la peor contienda bélica de la humanidad, los estadounidenses castigaron al mandatario demócrata y devolvieron el control de las dos cámaras del Congreso a los republicanos. Esto es, precisamente, lo que millones de personas, en EU y en gran parte del mundo, esperan que ocurra… pero a la inversa: que los votantes arrebaten a los republicanos el control de la Cámara de Representantes y el Senado, y que la nueva mayoría demócrata pueda frenar el radicalismo de Trump y convertirlo en lo que en la jerga política estadounidense se conoce como un lame duck (un pato cojo).

La economía, una vez más

En vísperas de las elecciones, el Partido Demócrata cuenta con una ventaja de siete puntos porcentuales frente a los republicanos en la pugna por el control del Congreso de Estados Unidos, según una encuesta nacional publicada este domingo por la cadena NBC News.

El sondeo muestra que el 52% de los votantes registrados prefiere un Legislativo bajo control demócrata, frente al 45% que opta por el republicano y solo un 3% de indecisos. Estos datos reflejan una extrema polarización del voto y auguran un récord de participación, como ya parece indicar el voto adelantado, claramente favorable a los demócratas. Entre el electorado independiente, la distancia a favor de los demócratas asciende a 21 puntos.

Al igual que en la mayoría de las elecciones intermedias, el descontento popular por una mala gestión económica del Gobierno se convierte automáticamente en un voto de castigo al partido gobernante. Y lo que anuncian las encuestas es un desgaste mucho mayor que en las últimas contiendas.

Un 64% de los consultados manifiesta que el mandatario no ha cumplido sus expectativas, mientras que el 70% considera que el rumbo del país es equivocado. Esta tendencia se agravó cuando Trump incumplió su promesa de no arrastrar al país a una guerra que ha causado mucho más daño que beneficios, sobre todo a la hora de llenar el tanque de gasolina. En ese sentido, casi tres cuartas partes de los participantes declaran estar insatisfechos con el estado de la economía y, por primera vez en tres décadas en esta encuesta, el 51% se muestra insatisfecho con su propia situación financiera personal.

De «mi palabra favorita es arancel» a «el señor veto»

Ante este panorama lleno de nubarrones y con las elecciones a la vuelta de la esquina, Trump sigue presentándose como «el líder que necesita Estados Unidos», pero algo ha cambiado en su discurso.

Este domingo, el presidente declaró a Fox News que, si los demócratas recuperan el Congreso, amenaza con convertirse en el «señor veto». Es una señal evidente de que huele la derrota, pero también de que podría convertirse en alguien mucho más impredecible, peligroso y vengativo que durante los dos primeros años de su segundo mandato.

«No sería la primera vez. Tienes un presidente que no cuenta con la Cámara de Representantes o el Senado, ellos envían propuestas, las vetas y, finalmente, después de un mes o dos de vetar todo, se acercan y cierras un acuerdo», argumentó impasible el mandatario, pese a que está anunciando que, en caso de perder el control del Congreso, hará ingobernable al país.

El fantasma de la denuncia de fraude y del ICE

Esta nueva amenaza, más propia de autócratas como su admirado presidente ruso, Vladimir Putin, se suma a la que invocó hace seis años, cuando perdió la reelección y denunció un fraude electoral sin pruebas, alentando a sus seguidores a impedir que los congresistas certificaran la victoria de Joe Biden, como trataron de hacer durante el asalto al Capitolio, el 6 de enero de 2021.

La maquinaria para denunciar fraude, en caso de que ganen los demócratas el martes, ya está en marcha.

Trump lleva años denunciando la falta de limpieza del proceso electoral y cuestionando el voto por correo, hasta extremos tan contradictorios que él mismo ha recurrido a este sistema en anteriores contiendas. Pero esta vez la ofensiva no se limita a sus discursos ni a las publicaciones en redes sociales. La Casa Blanca ha convertido las denuncias sobre el supuesto fraude electoral en una actuación de alcance federal, con investigaciones del Departamento de Justicia, requerimientos de información a las autoridades estatales y revisiones de los registros de votantes.

En esa campaña, la inmigración ocupa un lugar central. Trump ha insistido en vincular la llegada de extranjeros con el supuesto riesgo de que personas sin ciudadanía puedan votar, pese a que la legislación federal prohíbe a los no ciudadanos participar en las elecciones federales y los casos documentados de voto ilegal de este tipo son excepcionales. La Administración ha recurrido también a ICE, la agencia encargada de hacer cumplir las leyes migratorias, para investigar posibles casos de voto de personas sin ciudadanía. Los interrogatorios a detenidos y las pesquisas sobre registros electorales han alimentado la preocupación de organizaciones de defensa de los derechos civiles, que advierten del riesgo de que estas actuaciones generen miedo entre las comunidades inmigrantes y disuadan incluso a ciudadanos estadounidenses de acudir a las urnas.

La batalla, por tanto, va mucho más allá de una disputa entre republicanos y demócratas. Lo que está en juego es la confianza de los ciudadanos en las instituciones que organizan y certifican las elecciones, la protección del derecho al voto y los límites del poder del Gobierno federal para intervenir en un proceso que corresponde, en buena medida, a los estados.

El 3 de noviembre, los estadounidenses elegirán a sus representantes en el Congreso, pero también quedará planteada una pregunta decisiva para la democracia del país: si Trump y su partido pierden, ¿aceptará el presidente el resultado o volverá a convertir la derrota en una supuesta prueba de fraude?

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