
"Estaría más paralizado si no escribiera, aunque no sé si vale la pena lo que escribo. Estoy trabajando en unos libros, me meto en ellos, salgo, pero sobre todo hago notas. Me interesa el carácter masivo de la reflexión. Creo que hay varios temas que parecen muy literarios como el encierro, la conciencia del tiempo o la justicia social", señala el escritor Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975).
Desde su casa, en aislamiento, el autor comparte cuál es su rutina en el confinamiento y los motivos de su reciente novela: Poeta chileno.
“Hay reflexión sobre cosas de las que la literatura habla, a pesar de lo doloroso de este momento, mucha gente está haciendo reflexiones parecidas sin pasar por la literatura, me parece que ese momento dejará huella. En este tiempo hay mucha gente que ha escrito por primera vez, joven o viejo. Tengo ese pensamiento clavado”, indica.
Zambra considera que hoy, en el contexto de la pandemia por COVID-19, todas las palabras están adquiriendo nuevos significados.
“Al hablar sientes que tu palabra ya no significa lo que significaba antes, me impresiona eso y me acerca más a la escritura. Tengo un hijo de dos años y cuando mi esposa y yo estamos con él, todo está bien porque estás jugando y cuidando, el resto del tiempo lo paso frente al computador y ahí todo se vuelve angustioso, es cuando necesito escribir”, indica.
Sobre Poeta chileno, novela editada por Anagrama, expresa que es un intento por recuperar la condición oral del relato, además de una reflexión sobre la legitimidad y el sentido de comunidad.
El libro narra la historia de Gonzalo, un poeta que se reencuentra con Carla, su amor de la adolescencia, y de un día a otro se convierte en el padrastro de Vicente, el hijo de Carla y quien crece durante las páginas de la novela, esto es, pasa de sus siete a dieciocho años, edad en que decide ser poeta y conoce a Pru, una periodista estadunidense que realizará un estudio sobre la mitología de los poetas chilenos.
“La pasión por la poesía que aparentemente es súbita, tiene que ver con el mito de la poesía chilena que nos formó a todos. A los de mi generación, por algún motivo a todos nos parecía verosímil ser poeta. Si uno se pone a hurgar un poco está la idea masculina del poeta, asociada a la vida bohemia, pero también al triunfo porque efectivamente hubo reconocimientos para esos poetas, pero también casi todos vienen de la clase baja y media, es un mito meritocrático en Chile”, opina.
A través de los personajes Gonzalo y Pru, Zambra cuestiona lo masculino, por ejemplo, el rol de un padrastro.
“La figura del padrastro siempre me interesó, también aparece en mi libro La vida privada de los árboles, porque es una figura que se relaciona de manera directa con la legitimidad, es un tema que cruza todas las discusiones de los últimos tiempos”, comenta.
Sobre la relación del padrastro con la legitimidad, Zambra la define como extraña. “No es que alguien siempre haya ser querido ser padrastro, no es que busque mujeres con hijos, no funciona así. Te enamoras de alguien con un hijo y empieza con distintos grados de consistencia a desarrollarse una relación entre hijo y padrastro o madrastra, hasta que fungen un rol”.
Uno de los personajes de la novela es “El Chucheta”, abuelo de Gonzalo, quien enfrenta su masculinidad con miles de descendientes. “Es importante cómo los hombres de la novela dialogan. Pienso que “Chucheta” existe en todo Latinoamérica, es ese embarazador compulsivo que está probando su hombría y recibe la aprobación de la sociedad en absoluta impunidad”.
En palabras del autor, le interesó la discusión de lo masculino, del canon literario, de la legitimidad de los vínculos y de las instituciones, para aterrizarlos en la vida cotidiana, más allá del discurso.
“Por ejemplo, Vicente no está seguro de entrar a la universidad y encuentra una excusa en las protestas por la gratuidad de la educación en Chile, pero luego se detiene a pensar: no quiere que sus padres estén endeudados de por vida para que él estudie”, señala.
Otro elemento en Poeta chileno es el humor que Zambra encontró en las conversaciones cotidianas.
“Esta novela es mucho más parecida a una conversación que a mis libros anteriores. Tratando de entender lo que hice, me acordé muchas veces que mi sensación era la de estar reteniendo al interlocutor, como si el narrador estuviera haciendo todo lo posible para que las visitas no se fueran. Es una novela que intenta recuperar esa condición oral, por eso son importantes las tramas del humor. Me interesaba mucho los cambios de posiciones porque van marcando el placer del relato”, comenta.
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