
El arte es un gran instrumento de investigación, muestra de ello es La Balsa de la Medusa, de Théodore Géricault, una de las obras emblemáticas del romanticismo francés que respeta la esteticidad altísima de la época, pero que además logra documentar la responsabilidad del estado francés en la tragedia de la fragata Medusa y los límites del ser humano ante la sobrevivencia, expresó Luis Rius Caso, escritor e investigador del Centro Nacional de Investigación de Artes Plásticas del INBA.
“Géricault es uno de los artistas más contundentes, y quizá de los primeros, en lograr que el arte sea un documento de aquello que se esconde, pues lo que ocurrió con aquella fragata se supo en gran medida por el trabajo que él hizo. La Balsa de la Medusa superó las expectativas de horror en la época”.
Y es que el 17 de junio de 1816 zarpó la fragata Medusa del puerto de Rochefort, Francia, acompañada de tres embarcaciones para recuperar los puertos comerciales de Senegal que habían sido tomados por los británicos en la Guerra de los siete años. El comandante de la Medusa fue Hugues Duroys de Chaumareys, un hombre con grandes influencias políticas que tenía 25 años sin navegar, pero que al hacerlo se distanció de las embarcaciones que lo acompañaban ya que decidió ignorar las advertencias e ir a exceso de velocidad.
De esta forma, el 4 de julio, alrededor de 400 personas quedaron varados a cinco metros de profundidad en la Medusa, al mismo tiempo que llegaba una tormenta. Se dio la orden de abandonar la embarcación, pero no había botes suficientes y los que había fueron para los altos mandos y Julien Schmaltz -próximo gobernador de Senegal- junto con su familia y su servicio, así como para el capitán y sus oficiales. Algunos de los marinos y pasajeros varados construyeron una balsa de 20 x 7 metros, en la que se subieron cerca de 149 pasajeros, de los que sólo quedaron 10 sobrevivientes.
“Ese es otro hecho insólito y, al mismo tiempo, la gran aventura de reconstrucción de Géricault, quien construyó una balsa y llevó a su estudio fragmentos de cadáveres que consiguió en la morgue para tratar de reconstruir, de la forma más exacta posible, lo que fueron las escenas con el impacto “gore” del momento. Los bocetos que hizo en torno a esta obra son una maravilla e intentan no ocultar ni romantizar las escenas, sino presentarlas en toda su crudeza, hasta el color de los cuerpos desmembrados”.
La investigación que hizo para ello, añadió, tiene que ver con cómo los humanos podemos llegar a estos límites de sobrevivencia. “La humanidad está presente como una metáfora de hasta dónde podemos en una situación trágica, el abandono, el egoísmo, la falta de empatía, es decir, somos capaces de luchar al máximo para la sobrevivencia en las peores condiciones, como también somos capaces de no involucrarnos en la tragedia de los demás, dejar que los demás se mueran”.
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