Nacional

Imágenes de infancia

En la memoria de muchos mexicanos, algunas de las ilustraciones de los libros de texto gratuitos permanecen como recuerdos alegres o queridos. A lo largo de estos sesenta años, muchos creadores y artistas, unos más conocidos que otros, desempeñaron esa tarea. Son muchos sus orígenes y sus perfiles: desde algunos de los muralistas más importantes, hasta exitosos cartonistas seguidos por miles de personas. Mexicanos y extranjeros; jóvenes y mayores. Al elegir participar en la aventura de los libros para los escolares mexicanos, se convirtieron en parte de la cultura infantil de este país.

¡Viva México!
¡Viva México! ¡Viva México! (La Crónica de Hoy)

Como ocurre con los compañeros de infancia, llámense amigos, juguetes u objetos, existe un vínculo emocional entre el libro de texto gratuito y sus usuarios de todas las edades. A cada quién su libro, a cada quien sus recuerdos y sus aficiones. La educación básica del mexicano, muchas veces basada en la discutidísima memorización, incluye imágenes: son las ilustraciones y las portada de los libros de texto, los que se hacen un sitio especial en los recuerdos de los escolares, y ahí se quedan para el resto de la vida.

Las hay muy clásicas, como el famoso oso que se asea, o como el sapito Glo-Glo-Gló. Pero también están las que nos reflejan el país que éramos en 1960, todavía con un fuerte componente rural. Por eso, en aquellos primeros libros, se dan historias como aquella de la familia que se levanta a media noche, porque se dan cuenta de que la mascota de la casa se quedó afuera, y corren para abrir la puerta. La mascota en cuestión es un borreguito. Hay otra, desconcertante para los niños de las ciudades, de un oso que iba a trabajar ataviado con saco, corbata, portafolio… y huaraches. Ese, el mundo gráfico de los primeros libros, está lleno de héroes de la patria, de juegos infantiles tradicionales y de niños que desean crecer para ser buenos ciudadanos.

Para terminar a tiempo los originales de aquellos primeros libros, ya se ha dicho, se trabajó contra reloj. En lo que toca a las ilustraciones, se armaron varios equipos de dibujantes que trabajaron al mismo tiempo. Ninguna de aquellas ilustraciones fueron firmadas por un artista en específico, aunque sí conocemos los nombres de todos ellos.

Se pretendió que los libros fueran agradables de ver. Se trataba de que los alumnos, sin darse cuenta, también tuvieran una experiencia estética. Los guiones elaborados por los asesores pedagógicos de la Conaliteg indicaban que las ilustraciones tenían que “suscitar el interés, embellecer la obra y afinar el sentido estético del educando”. Además, se pretendió que, al hacer atractivos los libros, los alumnos también aprendieran valores cívicos. Hay, en esas ilustraciones, algunas alegorías de la unión nacional y el amor a la patria.

En esos primeros años, los libros estaban impresos a color; los cuadernos de trabajo, en blanco y negro.

Las portadas que se emplearon entre 1960 y 1962, se encargaron a muralistas reconocidos: David Alfaro Siqueiros, Raúl Anguiano, Roberto Montenegro, Fernando Leal, José Chávez Morado y Alfredo Zalce. En el verano de 1961, se imprimieron los primeros libros que reproducían en su portada la obra “La Patria”, que se convirtió en un emblema de la educación pública.

Cuando, casi un año después, el secretario Torres Bodet encargó una encuesta entre profesores, para enterarse qué impresión habían generado los libros en las comunidades escolares, abundaron las frases sobre la belleza gráfica de esos materiales.

Conscientes de que el país cambiaba y sus habitantes también, las autoridades educativas decidieron incluir a ilustradores menos formales, pero igualmente atractivos e, incluso, divertidos en la elaboración de libros de texto gratuitos. Así, además de los iconógrafos que trabajan seleccionando imágenes de numerosos acervos, muchas generaciones se han encontrado en sus libros ilustraciones de creadores como el yucateco Carlos Dzib, que fue muy popular en los años 70 y 80 del siglo pasado, el chileno Palomo, que no sólo intervino en los libros de texto sino en algunas otras publicaciones educativas, como libros de enseñanza básica para adultos, y quienes estudiaron la primaria en la última década del siglo XX, recordarán a Trino, sí, Trino, el del Rey Chiquito y las Fábulas de Policías y Ladrones, haciendo de las suyas en los libros de los primeros grados.

A cada generación le tocan sus referentes. A cada quien le nace un recuerdo. Estas imágenes de infancia trascienden, con frecuencia, el paso de los años.

Los cartonistas de los periódicos echan mano de ella con alguna frecuencia: la representan llorosa, ofendida, incluso, a veces maltratada. A nadie le queda duda de lo que se pretende con esta apropiación que, por duro que sea el cartón, siempre es respetuoso para con ella. En muchas escuelas públicas del país, se le reproduce, como casero y afectuoso retrato ampliado, en los muros del plantel. Es la Patria, guardiana de la bandera tricolor, compañera de un águila mexicana que la arropa con sus alas. Uno de los grandes símbolos del México del siglo XX.

Esa Patria es una mujer “empoderada”, mucho antes de que se pusiera de moda el término. Su actitud es de valentía, de fuerza; es una madre ideal. Tal vez de ahí viene el equívoco que no deja de ser afectuoso: muchos mexicanos se refieren a esta imagen como “La Madre Patria”.

La de González Camarena abarcaba por entero al espíritu nacional; iba más allá de la educación: “representa a la nación mexicana avanzando al impulso de su historia y con el triple empuje —cultural, agrícola, industrial— que le da el pueblo. Finalmente, Guzmán y Torres Bodet se decidieron “La Patria”.

La anécdota cuenta que David Servín, un jovencito de 16 años, mensajero al servicio de la Conaliteg, fue enviado a casa de González Camarena a recoger el cuadro, que aún tenía fresco el barniz.

Los primeros “libros de la Patria”, como muchos los llaman, se imprimieron en la segunda mitad de 1961, y llegaron a las manos de los alumnos de quinto y sexto año de primaria, que por primera vez tuvieron textos de Aritmética y Geometría y Estudio de la Naturaleza, y de Historia y Civismo.

En 1962, todos los alumnos de primaria tuvieron sus “libros de la Patria”, y así sería hasta 1972, cuando la reforma educativa del gobierno de Luis Echeverría transformó por completo los libros de texto gratuitos. Pero, para ese entonces, “la Patria” se había reproducido en 400 millones de libros: suficientes como para construir todo un símbolo nacional.

Victoria fue, sin lugar a dudas, la modelo preferida de Jorge González Camarena. No solo la pintó como la Patria; Victoria está, entre muchos otros sitios, en el mural Presencia de América Latina, pintado en Chile; es pareja del español vestido de armadura en La Pareja (1964), la retrató en 1979 como Malinalli y está en Las razas y la cultura, en el Museo Nacional de Antropología.

Nada se sabe del paradero de Victoria. Algunos han querido verla, aún trabajando de modelo, en instituciones de educación superior. Nada hay de cierto. Pero seguramente no importa mucho. En su pueblo, San Agustín Tlaxco, en Tlaxcala, hay una estatua que la representa. Una y otra vez ha regresado a las portadas de los libros de texto gratuitos, en la medida en que los hombres del poder y los secretarios de Educación pertenecen a esas generaciones que crecieron con ella.

En 1992, en unos libros de historia que solamente duraron un año, reapareció la Patria; en 2008, volvió a las aulas con los libros de formación cívica y ética que regresaron a la primaria, y en el pasado inmediato a todos los libros de primaria. Así de poderosa, así de inspiradora sigue siendo.

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